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Murmuración en los religiosos

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“El que anda murmurando divulga secretos, no te juntes con gente chismosa” (Prov. 20,19)

Tal vez uno de los enemigos más grandes y destructivos dentro de la Iglesia de Jesucristo son los pecados de la lengua.

Muchos cristianos caen en este mal que conduce a malos puertos. Y, lamentablemente, tenemos que decir que también estas prácticas son uno de los cánceres de la vida religiosa.

 El Apóstol Santiago nos dice: “Si alguno no cae al hablar, ése es un hombre perfecto, capaz de refrenar todo su cuerpo[1]”. De modo que podemos decir que pone en las antípodas los pecados de la lengua a la verdadera vida de santidad.

Nosotros, cuando nos hicimos religiosos tomamos la decisión de renunciar a muchas cosas; y en algunos casos se abandonaron cosas realmente grandes. Era la voluntad de Dios, la cual fue seguida con alegría y sacrificio.

Sin embargo, el demonio, enemigo mortal de nuestra humana naturaleza, no podía quedarse con los brazos cruzados, y buscó medios para que fuéramos perdiendo el centro. Así es que luego de aparecer a nuestra vista los defectos del prójimo, que puede ser mi compañero, súbdito o superior, procuró que esos defectos se mostraran más grandes de lo que realmente eran, y por detenernos en un árbol quedó oculto a nuestros ojos el bosque que silencioso crecía.

Nunca estará de más recordar que Dios detesta el chisme y la murmuración, y en la biblia hay grandes juicios y consecuencias para estos males. Citemos simplemente algunos pasajes:

  • 19,1: “Más vale ser pobre y honrado que necio de labios retorcidos”.
  • 18,2: “Al necio no le gusta la prudencia, sino manifestar su opinión”.
  • 19, 16: “No andes difamando entre los tuyos”.
  • 6, 16.-19: “Seis cosas detesta Yahvé, y siete aborrece con toda el alma: ojos altaneros, lengua mentirosa, manos manchadas de sangre inocente, corazón que trama planes perversos, pies ligeros para correr hacia el mal, testigo falso que levanta calumnias y EL QUE SIEMBRA DISCORDIA ENTRE LOS HERMANOS”.
  • 26:20: “Cuando falta la leña, se apaga el fuego, donde no hay chismosos se acaban las riñas”.

Sabemos que la murmuración y el chisme le quitan el lugar a la evangelización. Pues donde se habla de los hombres y de sus defectos no hay lugar para el mensaje de Cristo en toda su plenitud.

Es por esto, que en medio de estas ideas tal vez un poco desordenadas, es bueno recordar que vinimos a seguir a Jesucristo, y no a escandalizarnos de las obras de los otros. Incluso cuando nos tocase vivir entre religiosos que no se preocupan de su consagración no por eso debemos dejar de hacer lo que nos corresponde, que es nuestra propia santificación.

El religioso ignorante de los sucesos de su entorno, pero aplicado a su vida interior está ciertamente mucho más cerca del cielo que el metiche, quien sabe mucho, pero le sirve poco. Recordemos a San Ignacio: “No el mucho saber harta y satisface al ánima, mas el sentir y gustar de las cosas interiormente[2]”.

De aquí que es bueno tomar la costumbre de evadir chismes y murmuraciones, y al que las hace evitarlo como al mismo demonio. Pues no somos ignorantes de que en la misma Iglesia hay mucho mal, incluso cosas sumamente escandalosas, pero no es por eso por lo que vinimos a la vida religiosa, sino para configurarnos perfectamente con Jesucristo, y mediante eso ganarnos el cielo. De tal modo que la pregunta que debemos formularnos al saber algo real, probable o falso de otro es: ¿esto afecta a mi consagración? ¿Me impide ofrecerme a Dios como holocausto? Si la respuesta es no, dejar ese comentario allí como quien deja de camino la tierra del suelo que se pisa.

La Iglesia de Jesucristo no se propaga mediante la destrucción de otros, sino predicando el mensaje de salvación traído por el Maestro, es decir construyendo. ¡Seamos iglesia, rechacemos la maledicencia y dediquémonos a construir!

El demonio se ve más humillado cuando sus planes son rechazados y dejados de lado que cuando uno se asusta y escandaliza.

Que habrá cosas malas en la Iglesia, las habrá, pues lamentablemente los hombres fallamos mucho, pero eso no detendrá a la Iglesia. Quienes se quieran quedar en lo malo se secarán y serán cortados, como sucede con toda rama seca; los que no, crecerán, darán hojas, flores y frutos. Ellos acrecerán el cuerpo místico de Jesús.

Podemos terminar citando la Imitación de Cristo: “Hijo, no seas curioso, ni tengas preocupaciones inútiles, ¿qué te importa esto o aquello? TÚ SÍGUEME”[3].

 

[1] Sant. 3,2.

[2] San Ignacio de Loyola, Ejercicios Espirituales, anotación 2.

[3] Kempis, Imitación de Cristo, libro tercero, capítulo 24.

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