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La vida religosa en el IVE

La vida religosa en el IVE (9)

Miércoles, 14 Marzo 2018 14:15

El ejemplo de seriedad de Marcello Morsella

Escrito por

“Porque queremos formar almas que maduren para el cielo” (1)

En varias ocasiones hemos evocado la persona de  Marcelo, pero especialmente hoy me parece más que oportuno, pues en el día que comenzamos formalmente el año lectivo él se nos presenta como un modelo acabado a seguir en nuestra formación integral, que no es otra cosa que la unión con Dios.

En el día que los restos mortales de este “capitán triunfante” descansaron en el suelo de la “La Finca” el P. Buela pronunció unas bellísimas palabras, que concluyó con una poseía dedicada a este primer hijo espiritual que nació para el cielo. Con el corazón en la mano, declamó:

«“Marcelito, ¡querido!;

¡mi dulce y querido y valiente, Marcelo!,

olor a tierra mojada,

perfume de azahares en espera,

trino alegre de juguetones pájaros,

acequia cargada de agua,

cosecha a punto,

trabajo bien hecho,

rosal en flor» (2).

Sin dudas que Marcelo -en palabras del propio P. Buela- fue “(Marcelito), ¡hijo de mi alma!” (3) de ahí que debamos buscar de imitarlo si queremos formarnos como auténticos hijos del Verbo Encarnado (IVE).

Sabemos que un signo de madurez es la responsabilidad, es decir “dar respuesta” de nuestros propios actos, nuestras responsabilidades, nuestro estado etc.  Marcelo en esto fue ejemplar, tal vez por eso su biógrafo también un día de Lectio brevis del 2016 decía «Marcelo fue, sobre todo, responsable. Responsable en sus relaciones familiares, en sus amistades, en su trabajo, en su estudio, en su apostolado, en su trabajo interior de la voluntad. Buscó hacer todo bien, porque ese es el único modo en que las cosas deben hacerse si se hacen por Dios» (4).

Cuando tuvo que retrasar un año su ingreso al seminario por razones familiares, pues debía trabajar para ayudar a sus padres, Marcelo hizo lo posible por vivir ese tiempo como si ya fuese seminarista con grandes deseos de ingresar, incluso empezando a estudiar por su cuenta algunas cosas, quizá para ir ganando tiempo o para que esto lo ayudara a ser fiel a la palabra empeñada a Dios. Escribía en ese tiempo: “También estoy estudiando un poquito de latín, que también es muy interesante” (5). He aquí alguien que no perdía el tiempo.

Destaca el P. Fuentes «Marcelo encaraba lo que hacía con un gran sentido de la responsabilidad. Como escribe en una notita de 1983: “la vida es un continuo tomar y dejar, partir y llegar. Y así será hasta la última Partida. Es fácil decir me voy, pero hay que hacerlo. Solamente pido a Dios, por medio de mi Madre, que me dé la fortaleza para hacer lo que tengo que hacer, aunque mucho me cueste” (6). Ojalá todos entendamos que hay que hacer lo que debemos hacer. Y punto».

Decíamos que Marcelo era responsable en todo por eso tomaba muy en serio su formación. Por ejemplo, consideraba el estudio algo fundamental para prepararse al sacerdocio. Y se refiere a algunas conferencias a las que pudo asistir en el primer año de seminario como “una gracia más que Dios nos hace” (7).

Sin embargo, tenía plena conciencia de que el estudio, siendo un aspecto fundamental de la formación, no era lo más importante; por encima estaba el trabajo de la gracia y la transformación de la voluntad para aspirar a la unión con Dios. Le escribía a su papá en 1984: “Aclaro que no es lo más importante el estudio, porque evidentemente se puede saber mucho y no ser bueno. Primero está la caridad, la fe, la esperanza” (8).

A uno de sus amigos le escribe a mediados de su primer año de seminario: “Yo sigo muy contento y constatando que el tiempo vuela, se te va de las manos. Pienso a veces, en lo que es el sacerdocio y me doy cuenta de que es algo tan grande que sobrepasa todo lo que uno pueda imaginar o la idea que uno pueda tener. Pero hay que confiar en Dios, uno no merece ni es digno pero es la voluntad de Dios. Te digo [esto] porque muchas veces me veo con defectos, pero los Apóstoles también los tenían: eran hombres y esto de los Apóstoles es un gran consuelo porque esos hombres rústicos y pecadores fueron después los más grandes santos que dieron la vida por Jesucristo. La santidad es trabajo de toda una vida…” (9).

 

 

 

 

 

 

 

1 Capitulo a las novicias SSVM dado en noviembre del 2016, San Pablo Brasil.

2 FUENTES, M. A., Soy capitán triunfante de mi estrella, (San Rafale-2011 A 25 años del fallecimiento de Marcelo

Edición corregida y aumentada) p. 137.

3 P. Buela citado en FUENTES, M. A., Soy capitán triunfante de mi estrella, (San Rafale-2011 A 25 años del fallecimiento de Marcelo Edición corregida y aumentada) p. 8.

4 FUENTES, M. Á., La madurez afectiva y espiritual de Marcelo Morsella -Lectio brevis- Seminario “María, Madre del Verbo Encarnado”, marzo de 2016.

5 A su papá, Buenos Aires, 24 de junio de 1983.

6 MORSELLA MARCELO, Soliloquio (manuscrito), 1983.

7 A Carlos, San Rafael, 6 de setiembre de 1984.

8 A su papá, San Rafael, 17 de abril de 1984.

9 A Bert, San Rafael, 27 de agosto de 1984

 

Jueves, 08 Febrero 2018 11:20

Como la gota en el cáliz

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El día de nuestra profesión religiosa entregamos nuestras vidas como ofrenda agradable al Padre para consagrarlas completamente a su servicio, convirtiéndose desde aquel instante en oblación y víctima de suave aroma   que sube hasta el cielo y perfuma eternidad… ¿Cómo describir esta siempre misteriosa y maravillosa consagración?; se me ocurre una figura tan profunda y tan significativa que no bastaría la brevedad de una página para describirla, pero en atención a la situación trataré de expresarme sucintamente.

La profesión de los votos me hace evocar inmediatamente aquella pequeña gota de agua que cada día, cada uno de nosotros, pone en el cáliz al prepararlo para que, dentro de unos instantes, pueda contener la siempre copiosa Sangre de Cristo, que no cesa de fluir hasta el fin de los tiempos en busca de las almas que desea empapar junto con ella de su infinita misericordia. Aquella pequeña gota se une como la humanidad al santo sacrificio, a una sangre que clama mejor que la de Abel  en favor de los hombres, a una sangre divina que ha venido a desposarse con la naturaleza humana para redimirla… la profesión de los votos nos hace de algún modo mezclarnos con la Sangre Redentora que fluye desde el madero hacia las almas.

Como la gota en el cáliz los sagrados votos nos hacen adentrarnos de tal manera en el designio divino que nos hacemos indisolublemente uno con la voluntad divina manifestada en el fiel cumplimiento de nuestras constituciones… al menos para eso los profesamos; la diferencia es que en el cáliz la pequeña gota una vez mezclada no puede salir más, en el religioso en cambio, sí, cada vez que su voluntad quiera arrebatarle a Dios sus derechos, pues conserva su libertad… pero no profesamos para eso sino para dejarnos confundir con la voluntad divina haciendo de la nuestra una sola con ella… entregar el alma a Dios ya en esta vida, eso son los votos, he aquí el gran don que se nos ha hecho.

Fue el mismo Dios quien tomó en sus manos nuestra entrega: Dios aceptó nuestro holocausto, Dios nos impregnó de su misericordia, Dios nos envía a combatir a cada uno desde un lugar estratégico en su iglesia… será distinto, será variado, será lejano, pero siempre será “nuestro lugar de combate”: a veces desde los ambones, otras a los pies del sagrario, algunas desde los confesionarios, otras en la penumbra de la noche o a la débil luz del alba con un rosario entre las manos, quién sabe, Dios sabe… donde sea y como sea, la pequeña gota en el cáliz estará mezclada con la sangre del Verbo eterno que aceptó gustoso nuestra entrega para llevarla Él mismo a buen término. La obra siempre es suya, nosotros sólo tenemos dos alternativas: contribuir con nuestra docilidad u obstaculizar con nuestra infidelidad.

María santísima sea el timón de nuestra barca y la Cruz el cáliz precioso que contenga la sangre del Cordero junto con la pequeña gota de nuestra profesión, que se ha dejado verter para nunca jamás separarse de ella.

Jueves, 09 Noviembre 2017 02:04

¡Cuidado Religiosos!

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La agitación en la que voluntariamente se ha sumergido nuestro mundo de hoy es una de las señales más claras de que algo no anda bien. El ser humano puede ser trabajador, pero la laboriosidad no tiene que quitarle la humanidad. El frenesí en el que viven tantos hombres de nuestros días nos habla de algo que no marcha por buena senda, de una parte de nosotros que se ha desequilibrado.

El religioso de nuestros días, hijo como todo hombre de su tiempo, tiene que lidiar con este movimiento vertiginoso que atenta contra el mismo ser de su consagración. Hoy es el ruido constante de aparatos electrónicos, de actividades apostólicas, y de lazos innecesarios lo que lo aleja en muchas ocasiones de lo que el Señor en el Evangelio llamó “lo verdaderamente importante”.

Sin embargo, aunque el hombre se haya llenado de nuevas ocupaciones importantes o no, Dios no ha cambiado. Él se mantiene inalterable, siendo todavía hoy el Dios que habla desde el silencio. De tal manera que en sus elecciones diarias todo religioso debe enfrentarse a una que es medular para todas las otras, o Dios o el torbellino de nada.

El Cardenal Robert Sarah, un apóstol de las verdades esenciales, en su magnífico libro “La fuerza del silencio” dice que « El silencio no es una ausencia; al contrario: se trata de la manifestación de una presencia, la presencia más intensa que existe. El descrédito que la sociedad moderna atribuye al silencio es el síntoma de una enfermedad grave e inquietante. En esta vida lo verdaderamente importante ocurre en silencio. La sangre corre por nuestras venas sin hacer ruido, y solo en el silencio somos capaces de escuchar los latidos del corazón»[1]. Y más adelante dirá: « El claustro materializa la fuga mundi, la huida del mundo para encontrar la soledad y el silencio. Representa el fin del tumulto, de la luz artificial, de las tristes drogas que son el ruido y la codicia de poseer cada vez más bienes, para mirar al cielo. El hombre que entra en un monasterio busca el silencio para encontrar a Dios»[2]; cosa que evidentemente se aplica a todo tipo de religioso, no sólo a los monjes.

Son estas verdades las que nos tienen que llevar a vivir manteniendo encendida la luz de alerta, pues el ambiente en el que como religiosos debemos estar insertos atacará lo esencial de nuestra consagración, que es el ser “lo hombres de Dios”. Cuidemos este don sagrado del “retiro o silencio religioso”, pues es el medio que nos conduce a Dios. No olvidemos que el fin de nuestra consagración es encontrar a Dios.

Es por todo esto que concluimos esta breve reflexión con un consejo tomado de aquel libro generador de santos llamado “Imitación de Cristo”: «Busca tiempos aptos para examinarte y piensa con frecuencia en los beneficios de Dios. Deja las curiosidades. Medita aquellos temas que te den compunción más que ocupación. Hallarás tiempo suficiente y oportuno para dedicarte a buenas meditaciones si te apartas de las charlas superfluas, de las pérdidas de tiempo, y del oír novedades y murmuraciones. Los santos evitaban en lo posible estar entre la gente y elegían servir a Dios en secreto»[3].

 

 

[1] Robert Sarah, La fuerza del silencio, Palabra, Madrid 2017, pág. 30.

[2] Idem, pág. 81.

[3] Tomás de Kempis, Imitación de Cristo, San Pablo, Buenos Aires 2007, pág. 49.

Sobre la “muerte y soledad del monje”

 Jason Jorquera M.

 

 “Toda la vida de los religiosos debe orde­narse a la contemplación[1]

como elemento constitutivo de la perfección cristiana;

sin embargo, “…es necesario que algunos fieles expresen

esta nota contemplativa de la Iglesia viviendo de modo peculiar,

recogiéndose realmente en la soledad…”[2].

Ésta ha sido la misión de los monjes,

quienes fueron y siguen siendo testigos de lo trascendente,

pues proclaman con su vocación y género de vida

que Dios es todo y que debe ser todo en todos[3].”

Directorio de Vida Contemplativa

 

      La vida contemplativa, al igual que cualquier otro estado de consagración, siempre guardará un aspecto de misterio. Y es que nunca se podrá explicar totalmente con palabras humanas aquel binomio divino-humano entre el “llamado de Dios” y el correspondiente “sí” de un alma a este estilo de vida del todo particular, cuya riqueza absoluta ha de ser el mismo Dios, a quien el monje dedica toda su existencia como “adelantándose” a la contemplación perenne del Paraíso celeste, aunque con las necesarias cruces de nuestra actual condición de viadores, las cuales abraza por amor al Crucificado que ha decidido seguir de cerca.

      Cuando hablamos de vida monástica, necesariamente hablamos de oración, pero también de silencio, soledad y muerte, todo lo cual tiene un profundo sentido espiritual que va como marcando el ritmo mismo de la oración, a la vez que de ella se nutre para poder profundizar así la unión con el Creador. Me explico: para rezar se necesita del silencio exterior en lo posible, pero siempre buscando el imprescindible silencio interior que permitirá al alma oír mejor la voz del Todopoderoso que lo invita a dialogar con Él; y lo mismo se diga respecto a la soledad, entendida como apartamiento de las disipaciones para tratar a solas con Dios, la cual también contribuye y se beneficia de la oración. Y finalmente la muerte, pero ¿qué muerte?, pues –llamémosla- una “muerte vívida”, es decir, activa, batalladora; en lenguaje espiritual un continuo morir a sí mismo, al egoísmo, el amor propio, a los defectos, al pecado, etc., lo cual es una condición necesaria para progresar en dicha contemplación con Dios.

           Morir, entonces, al mundo para vivir en soledad con Dios ha de ser la impronta propia del monje, que quiere imitar al Cristo orante, modelo perfecto del contemplativo; y que busca identificarse con las palabras que escribiera el apóstol de los gentiles: “Porque habéis muerto, y vuestra vida está oculta con Cristo en Dios.”

Porque habéis muerto…

           No hablamos aquí, obviamente, de la separación del cuerpo y el alma, sino de una nueva y amorosa disposición del alma que se entrega a Dios en la vida monástica para dar origen a un “nuevo existir”, es decir, como a un nuevo ser transformado a la luz de la gracia divina, fruto de la constante renuncia a sí mismo que ha de regir toda la ascesis del monje; porque la renuncia –que es este “morir”- implica el ineludible combate por sepultar al hombre viejo, al del mundo, para que el hombre nuevo, el que tiene sed de estar a solas con Dios, para contemplarlo e interceder ante Él por la humanidad entera, pueda comenzar a vivir libre de las ataduras del mundo, del cual ha huido considerándose como muerto para él para refugiarse así sólo en Dios. Y esta es la razón de que la vida contemplativa sea equiparada a la gloriosa muerte que implica el martirio: “Los mártires nacen al morir, su fin significa el principio; al matarlos se les dio la vida, y ahora brillan en el cielo, cuando se pensaba haberlos suprimido en la tierra”[4]. De la misma manera el monje, que renunció a su vida en el mundo para consagrarse a Dios, vive en sí mismo una especie de martirio que le anticipa la gloria reservada a los que dieron la propia sangre en valiente testimonio Cordero de Dios, que vino a ofrecer su vida por los pecadores; con la esperanza de alcanzar mediante esta entrega la vida perenne prometida a aquellos que lo dejaron todo por seguir al Salvador desde cerca, animados por la confianza inquebrantable de la que hablaba san Basilio: “…el único motivo de esperanza consiste en hacer morir todo lo tuyo y buscar la vida futura en Cristo”[5]; y aplicándose, a la vez, las exhortativas palabras de san Pablo: “…porque si viviereis según la carne, moriréis; mas si con el espíritu hacéis morir las obras o pasiones de la carne, viviréis, siendo cierto que los que se rigen por el Espíritu de Dios, esos son hijos de Dios.”[6]

          Obviamente que el “morir al espíritu del mundo” para dejarse guiar por el Espíritu de Dios[7] no implica la ausencia de las tentaciones, de las dificultades, en definitiva de la cruz; ya que la ascesis del monje es un trabajo de toda la vida, puesto que  dondequiera que vaya llevará siempre consigo la naturaleza herida por el pecado, como cualquier otro hombre, pero gracias a su muerte-renuncia mucho más radical al espíritu mundano, se arroga para sí el premio de “la parte mejor” que eligió María y que, al igual que ella, no le ha de ser quitada[8], porque a imitación de su arquetipo sublime, Jesucristo, ha elegido libremente entregar a Dios su vida para servirlo en la rica soledad del monasterio: “Nadie me la quita (la vida); yo la doy voluntariamente” (Jn 10,18). Y esa es justamente la actitud del consagrado, y en este caso del monje, entregarse, darse libremente en servicio de aquel que lo amó primero[9] para dedicarse a contemplarlo y buscar configurarse con aquel Cristo orante que pasaba las noches en oración ante el Padre[10], aquel Cristo de Getsemaní que rogaba al Padre que se realizara en Él su voluntad[11], aquel  Jesús de Nazaret que permaneció 30 años en el arcano de la casa de José y María preparando la misión que su Padre le había encomendado; en fin, aquel  Jesucristo, Hijo del Dios Altísimo, que en su infinita misericordia decidió quedarse con los hombres después de su bendita ascensión, hecho sacramento en el silencio del sagrario.

           El monje además ha muerto al mundo para fructificar para el cielo, porque si el grano de trigo muere  (entonces, y sólo entonces) da mucho fruto[12] y lo hace porque su muerte es voluntaria, es decir, aceptada al momento decirle  al llamado de Dios. El contemplativo vive, en definitiva, “una vida que es muerte y una muerte que da vida” pues la ha puesto totalmente en manos de aquel que lo llamó, tal como afirma nuestro Directorio: “Su finalidad será vivir sólo para Dios: éste es el enérgico resumen que proclama todo el deseo que Dios puso en el corazón de cada monje…”[13].

… y vuestra vida está oculta con Cristo en Dios

       Vivir “escondido junto a Dios”, quiere decir apartado del mundo para dedicarse a estar en lo posible, como hemos dicho antes, a solas con Él; es decir, refugiado en la oración porque nada puede hacerse sin la vida de oración. Un alma no puede llegar a la cima de la santidad si no ora. Dios no puede penetrar en el alma, si nosotros no tratamos de buscarlo (San Alberto Hurtado). Y el contemplativo ha de buscarlo durante toda su vida, siguiendo aquello de Dom Columba Marmion: “Buscar a Dios es permanecer unidos a Él por la fe, adherirnos a Él como objeto de nuestro amor. Ahora bien: es evidente que esta unión admite una variedad infinita de grados. Dios está presente en todas partes dice san Ambrosio, pero está más próximo a aquellos que le aman, estando en cambio alejado de aquellos que no le sirven.

     Cuando ya hemos encontrado a Dios podemos continuar aun buscándole, es decir, podemos buscarle más intensamente, acercarnos a Él por una fe más ardiente, por una caridad más exquisita, por una fidelidad más exacta en el cumplimiento de su voluntad: he aquí por qué podemos y debemos siempre buscar a Dios, hasta tanto que nos sea dado contemplarlo de una manera inamisible en todo el esplendor de su majestad, rodeado de luz eterna. Si no alcanzamos este fin, arrastraremos una vida inútil.”[14]

      Cuando dos personas que se aman están a solas experimentan gran alegría y deseos de permanecer juntos; es lo que pasa con los amigos, los esposos o los hermanos: quieren estar con aquel que aman y el sólo hecho de hacerlo les alegra el corazón. En el contemplativo esta dicha tiene que ser siempre sobrenatural: pese a las arideces, pese a las dificultades, pese a nuestras limitaciones Dios siempre está con nosotros, ¿cómo va a abandonar a quien lo dejó todo para estar con Él?; y más aún, este “estar con Dios” se va realizando en el alma misma, que es el lugar de encuentro con el Dios que suscitó en el monje el deseo de estar oculto con Él para buscar su gloria mediante la vida de oración y ocupar en la santa Iglesia el lugar que le corresponde: interceder por ella mediante oraciones y sacrificios: “El alma que le quiere encontrar ha de salir de todas las cosas con la afición y la voluntad, y entrar dentro de sí misma con sumo recogimiento. Las cosas han de ser para ella como si no existiesen. San Agustín habla con Dios en los Soliloquios y le dice: «No te hallaba, Señor, por fuera, porque mal te buscaba fuera, pues estabas dentro». Dios, pues, está escondido en el alma y ahí le ha de buscar con amor el buen contemplativo, diciendo: ¿A dónde te escondiste? ”.[15]

      El monje debe vivir oculto con Cristo en Dios, no porque quiera estar lejos de los hombres, no por estar harto del ruido, no porque sea un egoísta que intenta tener a Dios sólo para sí, nada de eso, simplemente lo hace porque así lo exige su vocación, o mejor dicho, porque en esto consiste su vocación: “Su finalidad será vivir sólo para Dios, […] “porque es más precioso delante de él y del alma un poquito de este puro amor y más provecho hace a la Iglesia, aunque parece que no hace nada, que todas esas obras (exteriores) juntas”[16]. Por tanto que todos los actos de su vida suban al Señor en suave olor de santidad, quemándose como el incienso en adora­ción al solo Santo, en acción de gracias por tanto bien reci­bi­do, “en todo amando y reconociendo.”[17][18]

 

[1] Cf. Santo Tomás de Aquino, Contra impugnantes Dei cultum et re­ligionem, cap. II, n 20,Ed. Marietti, Turín, 1972, p. 11.

[2] VS, 1.

[3] Cf. 1 Cor 15,28.

[4] San Pedro Crisólogo, sermón 108

[5] San Basilio, Homilía 20

[6] Rom 8,13-14

[7] Cfr. 1 Cor 2,12; Rom 8,1,; 2Cor 4,4; 1 Jn 4,5; etc.

[8] Cfr. Lc 10, 38-42

[9] Referencia a 1Jn 4,19

[10] Cfr. Lc 5,16

[11] Cfr. Mt. 26,36-46; Mc 14,32-42

[12] Jn 12,24

[13] Directorio de vida contemplativa, nº10

[14] Dom Columba Marmion, Jesucristo ideal del monje

[15] San Juan de la Cruz, Cántico espiritual, I, 6).

[16] San Juan de la Cruz, Cántico, 29, 1.

[17] EE [233]: “Interno conocimiento de todo bien recibido, para que enteramente reconociendo yo pueda amar y servir en todo a su Divina Majestad”.

[18] Directorio de Vida Contemplativa nº9

Martes, 07 Febrero 2017 15:37

Religiosos del IVE

Escrito por

Con una bocanada de espeso incienso,

embebiendo el ambiente en dulce perfume de rosas,

se eleva al cielo, lenta y graciosa,

la entrega total que hace el religioso.

 

La profesión religiosa es el mayor acto de libertad posible después del martirio, pues uno por deseo propio, usando la mayor de sus potencias, y en ella subordinadas todas las otras, se entrega a Dios, su Señor, alcanzando con esto, si la entrega es radical, el perfeccionamiento óptimo de sus potencias, lo cual representa la realización de la voluntad sublime de su Señor.

Hemos sido hechos para Dios, ¿y qué mejor modo de cumplir este precioso fin que el arrojarse en sus manos?, como el cordero que mansamente se acerca a las manos de su pastor, para ser llevado por Él a la perdida presencia de su madre. Pues es Él quien dirige nuestra barca a la patria celeste, que se encuentra allá, a lo lejos, después de las agitadas aguas de este mundo.

¡Somos religiosos, es decir, creaturas libres, en las manos de Dios por nuestra propia voluntad, nos hemos introducido en la senda angosta, que puede ser incómoda por momentos, pero que conduce directamente al Reino esperado!

¡Somos religiosos, mas no cualquier tipo de religiosos, pues nuestra esencia es ser los pobres, los castos y los obedientes del Verbo Encarnado, lo cual habla de una impronta, de algo que nos distingue, pues en el rebaño de Dios hay muchas ovejas, pero no todas son iguales!

¡Somos religiosos y por tanto ovejas que han comprometido todas sus fuerzas, hasta la última, a ejemplo de Cristo que todas las ofreció a Dios, incluso la postrera cuando parándose en el clavo que sujetaba sus pies al madero gritó: “En tus manos encomiendo mi espíritu”!

Somos ovejas que han comprometido todas sus fuerzas, pero no para cualquier cosa, sino para no ser esquivos a la aventura misionera, a la posibilidad de ser injuriados, despreciados, insultados, maltratados y hasta matados después de crueles tormentos de años. Para no ser esquivos a inculturar el evangelio en la diversidad de las culturas, pues no nos puede frenar la distinción de lenguas, si vamos con el Dios que creó esa distinción en Babel; ni la distinción de razas si llevamos la gracia que a todos nos hermana en Cristo, ni la condición social, si el Señor nos ha hecho todo en todos. Para prolongar la Encarnación del Verbo en todo hombre, todo el hombre y todas las manifestaciones del hombre, pues Dios se hizo hombre para que el hombre se hiciera Dios, comunicándonos su vida, ya que donde abundó el pecado sobreabundó la gracia, y como sobreabunda debemos compartirla con aquellos que aún no han tenido la misma suerte que nosotros, dado que si gratis hemos recibido, gratis debemos dar, y si por nosotros Cristo ha muerto, por los demás también nosotros tenemos que morir, pues el prójimo se identifica misteriosamente con Cristo. Para asumir todo lo auténticamente humano y elevarlo al plano sobrenatural y eterno. Para ser como otra humanidad de Cristo, de modo que en nuestro obrar y ser diario los demás lo encuentren a Él, pues no hemos venido a ser piedra angular, sino los brazos del edificio que lo señalan, de manera que viéndonos los hombres lo vean, y después se olviden de nosotros, pues sólo de Él es la gloria y el poder, pues sólo Él merece toda alabanza y fruto, por lo que nos conceda la gracia de no ver ese fruto, para no envanecernos creyendo que hacemos mucho, sin que nos conformemos con el lugar que nos corresponde, que es el de esclavos de amor, pues amor con amor se paga, y humildad del que es más alto con sometimiento del que es más bajo. Por todo esto fecundemos este mundo con la gracia de Dios, haciendo que el Verbo que ya se hizo carne y habitó entre nosotros habite también entre ellos, para que todos seamos verdaderos hombres con un único y vivo Señor, Jesucristo, la Sabiduría eterna y Encarnada.

Miércoles, 14 Diciembre 2016 15:08

El reflejo silencioso

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Esta sencilla reflexión surgió, efectivamente, a partir de un reflejo silencioso. Al referirme así, me parece mejor para ir desglosando paulatinamente el significado que tal impresión tiene para mí.

El reflejo silencioso no es nada extraño al sacerdote, al contrario, le resulta tan familiar como dar la bendición con el santísimo sacramento puesto en la custodia. Es justamente ahí, en el vidrio de la custodia que protege la Hostia Consagrada, que se produce este maravilloso reflejo silencioso en que el sacerdote puede verse impreso a la vez que observa atentamente a través del diáfano cristal al mismo Verbo Eterno convertido en sacramento.

 Bien digo que este reflejo silencioso sea “maravilloso”, pues de alguna manera podemos decir que el sacerdote se ve reflejado en la misma hostia que han consagrado sus manos, que le ha dado todo el sentido a su existencia y que es el alma de su sacerdocio pues sin Eucaristía no habría sacerdocio…ni viceversa.

Viernes, 29 Julio 2016 15:55

Mi vieja sotana

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Hay ocasiones en la vida en las que uno quiere reflexionar... Es como si los mismos sentimientos que se estorban por salir desde lo más secreto del corazón anhelaran escapar… El problema de estas explosiones es el desorden lógico que conllevan.

Posiblemente muchos al leer estas líneas queden perplejos por el tema abordado, y hasta consideren una soberana pérdida de tiempo cada uno de los presentes renglones. Y tal vez tengan razón…

Martes, 10 Mayo 2016 20:39

La fuerza del carisma

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La Fuerza del Carisma

El pasado 25 de marzo el Instituto del Verbo Encarnado ha cumplido 25 años de vida. Son tiempos para agradecer. Sin duda. Pero también son tiempos para maravillarse por la obra de Dios.

Uno puede percibir la desproporción que hay entre los instrumentos humanos de la evangelización y la obra que se emprende.

Por nuestro Seminario de San Rafael pasan permanentemente misioneros, la mayoría de los cuales ha estudiado en esta casa. Dan sus testimonios, cuentan sus luchas, sus ilusiones misioneras. Edifican a todos. Y varias veces me venía este pensamiento:

Viernes, 15 Abril 2016 19:42

El celo de tu casa me devora

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Cumplimos[1] 13 años de Ordenación[2] gracias a Dios y a Su Madre. Gracias a tantas almas buenas que desde sus lugares rezan, trabajan y ofrecen a Dios obras dignas que nos obtienen, por Su Misericordia, la gracia siempre inmerecida de la perseverancia.

Quiero referirme a lo que indico en el título "El celo de Tu Casa, Señor, me devora" (Sal 69, 10; Jn 2, 17). Bien entendido, en su sentido más preciso, el celo es un aspecto del verdadero amor, el celo busca el bien del amado y esto con tanta fuerza que devora el espíritu, enardece los afectos, consume el cuerpo.

El celo por la Casa de Dios, es el ansia de que esa Casa, lugar del Banquete eterno, donde habita el mismo Dios, esté lleno. Celo que mueve a querer, eficazmente, la salvación de todos.

En esto ocupamos nuestros días, en buscar almas para Él. En esto se nos va la vida, en tratar de cumplir Su Voluntad, pidiéndole noche y día que se salven todos. Esto no va contra el dogma católico. Sabemos que hay almas en el infierno y que, desdichadas, nunca podrán salir de allí, por libre elección de ellas mismas. Elección libre, eterna e invariable. Pero eso no obsta que, de ahora en adelante, nadie más caiga en el infierno. Es difícil, sí. Más aun, imposible para el ser humano. "Nadie puede salvarse ni dar a Dios un rescate". Es imposible para el hombre sin la ayuda eficaz de la gracia de Dios, pero no es imposible para Dios. Porque mientras hay tiempo, hay Esperanza y esta Esperanza nos exige esperar Dios de Dios. Es decir, esperar llegar al Cielo con el auxilio mismo de Dios y eso mismo esperamos para las almas que aun viven sobre esta Tierra: que lleguen a Dios con la ayuda de Dios.

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