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La despedida

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El Evangelio de hoy (Lc 21,5-11) nos habla de lo que sucederá antes de la Parusía de Nuestro Señor, la cual está marcada sin lugar a duda por su despedida. Ahora bien, algunos de ustedes también en breve deberán partir, deberán “despedirse” de su patria, familia, de esta provincia y de este seminario, por esto me parece muy oportuno tratar este asunto, de la “despedida”. No me cabe duda de que las mejores páginas a este respecto fueran escritas por el P. Buela en su libro: Sacerdotes para siempre, titula ese capítulo “Agonía y éxtasis”, todos las que deben partir deben leer ese escrito porque eso es lo que justamente sucede, ni más ni menos. De todos modos, siempre es bueno intentar abordar este argumento. Escribía Marcelo J. Morsella en una notita de 1983: “la vida es un continuo tomar y dejar, partir y llegar. Y así será hasta la última Partida. Es fácil decir me voy, pero hay que hacerlo. Solamente pido a Dios, por medio de mi Madre, que me dé la fortaleza para hacer lo que tengo que hacer, aunque mucho me cueste”.

Como la vida es un “continuo partir y llegar” creo que la despedida del principito de Saint-Exupéry puede servirnos para esta reflexión.

  1. El principito había venido de un asteroide, su casa, donde regaba y cuidaba una rosa, que había abandonado para recorrer astros diversos. Había caído en la tierra, en otro desierto, el desierto del Sahara, donde ahora volvía, luego de un año y luego de varias experiencias. Entonces se encuentra con nuestro autor que había tenido que aterrizar forzosamente y allí había quedado, solo en la desolación, hasta lograr arreglar su avión. Éste le da agua de un pozo, agua que saca con un balde que baja por una roldana enmohecida y chillona, con un chirrido que a ellos les parece clara melodía, anuncio del frescor del agua. El principito extraña la rosa que regaba y cuidaba en su asteroide, y piensa en irse y volver a su casa, dejando la tierra y a su amigo del desierto. Le preocupa la rosa de la que se siente responsable, pero… no es fácil volver, subir del desierto de la tierra a su estrella. Tiene que dejar el cuerpo, tiene que morir… Es lo que Saint-Exupéry nos cuenta
  2. Toda vida religiosa, o convento, o monasterio, puede llamarse desierto. Justamente en el Sahara, aunque un poco más hacia el Egipto, en la otra margen del Nilo, en la Tebaida, nació el monaquismo y con él la vida religiosa, con Pacomio, con Antonio. Y también en el desierto de Judá, con Teodosio, Sabas, Juan Damasceno. Hoy santos de la Iglesia, volados del desierto al cielo. Antes aún, al desierto se había ido Juan el Bautista, conmovido hasta los huesos por la Presencia del Emmanuel… que lo había hecho exultar de gozo en el seno de su madre. Siempre el desierto fue el lugar para huir del mundo y estar con Dios… Por eso de la cartuja, que está en un bosque frondoso en las montañas alpinas, se dice igual “el desierto de cartuja”.

Pues bien, muchas veces he pensado en la figura de este Saint-Exupéry, que se nos presenta, como cuenta, protagonista de su propio relato, con su avión caído en el desierto, y… con unos cuantos principitos a los que tener que dar agua del pozo,… con la roldana vieja y enmohecida de lo poco que uno puede, pero siempre sacando agua cantarina y pura del pozo del Evangelio, de la gracia, para los principitos. Porque aquí está la clave para entenderlo todo: cada religioso, es un principito que llegó al desierto… Nos encontramos con nuestros cofrades en la vida religiosa, como Saint-Exupéry con el principito, compañeros del desierto.

Cada uno, con una rosa por cuidar, el alma y el llamado de Dios, y la salvación de todas las almas y la Iglesia toda, en esa rosa pequeña que hace que el principito se sienta responsable. “Tú eres responsable de tu rosa”, le había dicho en la tierra su amigo el zorro. Responsabilidad por la que hay que partir y morir, con distintas clases de muerte. Cada uno con una estrella o un asteroide por ocupar (a algunos les cuadra más el asteroide), escondido a los ojos del mundo y de todos; cada uno, y así todos, y para todos, buscando a alguien que no se ve, pero que se lo busca con el corazón, esto es, con el amor de la voluntad llena de caridad: buscando a Dios, el único verdaderamente Importante.

Cada religioso tiene su cita con la noche y con la muerte, mística, física, la de cada día, la de cada desprendimiento y abnegación y de cada acto de obediencia, de castidad, de pobreza, con cada paso de purificación de la fe, de la esperanza y de la caridad. En un cierto sentido, la vida comunitaria hace que nos acompañemos unos a otros, dándonos el agua del pozo en el desierto, sosteniéndonos de la mano unos a otros, pero al mismo tiempo siempre como despidiéndonos, porque cada uno tiene su misión, y su cita con el misterio pascual, y con el “paso” al Cielo; lo dice San Pablo: “vosotros estáis muertos, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios” (Col. 3,3). Nos habíamos acostumbrado a las risas los unos de los otros, y a compartir el agua que sacábamos del pozo del agua viva,… mas hay que saber que, Primero Jesucristo, el Sumo y Eterno Sacerdote, el gran Príncipe, escondido a los ojos del mundo… en su despedida, a pesar de su partida nos recomendó que permaneciéramos en Él como Él en nosotros, como la vid y los sarmientos que de ella tienen vida, y nos dijo: “os he dicho estas cosas para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría sea plena” (Jn 15,11). Y ahí nos había dicho también: “No os dejaré huérfanos: volveré a vosotros. Dentro de poco el mundo ya no me verá, pero vosotros si me veréis, porque yo vivo y también vosotros viviréis. Aquel día comprenderéis que yo estoy en mi Padre y vosotros en mí y yo en vosotros” (Jn 14,18-20); “un poco y ya no me veréis, mas tornaré a vosotros”, y: “si me amarais, os alegraríais porque voy al Padre” (Jn 14,28); “si alguno me ama... guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él y en él haremos morada” (Jn 14,23)...  

Primero El, y entonces también cada uno de nosotros, con su propia Pascua, aunque ésta lo haya llevado a una estrella distante, a cuidar una rosa, o esté en el Sahara, cada uno se alegra al pensar y mirar las estrellas (¡se ven tantas y tan hermosas aquí en las noches!); cada uno se alegra por escuchar en el alma una multitud de cascabeles que ríen, que ríen con la alegría y el gozo de Dios... o el rumor fresco de  multitud de pozos de agua cristalina… aunque otros piensen que estamos locos. Y nos alegramos porque tenemos un gran Amigo más allá de las estrellas, la Causa de nuestra alegría; y tantos amigos, nuestros hermanos de vida religiosa, “muertos, con la vida escondida con Cristo en Dios”, cada uno muerto para habitar una estrella, misteriosa, para regar una rosa, para defenderla del mundo, mas cada uno y todos constituyendo la multitud de cascabeles que ríen, la multitud de pozos de agua cristalina y cantarina, la causa multiplicada de nuestra alegría, de una sabiduría... que es locura para el mundo... porque miramos en la noche hacia las estrellas... y reímos!

III. Pero además de este mutuo sabernos, en la distancia, cercanos con los que parten y se van de habitantes de otra estrella escondida a los ojos de todos, a cuidar la rosa que Dios le encomienda a cada uno; además del mutuo contracambiarnos el regalo de alegrarnos mirando las estrellas, y recordar, y reírnos con sonido de cascabeles, de rumor de agua cristalina; además... hay algo más, que me olvidaba de contar, en la despedida del Principito, quizás porque Saint-Exupéry también se olvidó allí de algo. Saint-Exupéry había dibujado para el Principito un cordero, y como el cordero había de irse con él a su estrella, y estaba la rosa que el Principito había de cuidar, le pidió que le dibujara también un bozal y una correa. Para que el cordero no se coma a la rosa. Mas he aquí lo que cuenta luego Saint-Exupéry:

Me olvidé de agregar la correa de cuero al bozal que dibujé para el principito. No habrá podido colocárselo nunca. Y me pregunto: “¿qué habrá pasado en el planeta? Quizás el cordero se comió la flor…”

A veces, me digo: “seguramente no! El principito encierra, todas las noches, la flor bajo un globo de vidrio y vigila bien a su cordero…” Entonces, me siento feliz. Y todas las estrellas ríen suavemente.

A veces, me digo: “De cuando en cuando, uno se distrae, ¡y es suficiente! Una noche, el principito olvidó el globo de vidrio o el cordero salió silenciosamente durante la noche…” ¡Entonces los cascabeles se convierten en lágrimas…!

Es un gran misterio. Para vosotros, que también amáis al principito, como para mí, nada en el universo sigue igual si en alguna parte, no se sabe dónde, un cordero que no conocemos ha comido, sí o no, a una rosa…

- Mirad al cielo. Preguntad: ¿el cordero, sí o no, ha comido a la flor? Y veréis cómo todo cambia… ¡Y ninguna persona mayor comprenderá jamás que tenga tanta importancia!

Así es. Como repite varias veces Saint-Exupéry, "lo importante es invisible a los ojos". Los que se han ido tras de lo único necesario, de lo verdaderamente importante, también con eso se han perdido de nuestra vista entre las estrellas. Nos queda no obstante la superior certeza, en la fe, de sabernos en estrellas distantes, pero que ríen, suenan a cascabeles, o son para nosotros pozos de agua viva…. Mas, hay algo más: también está la preocupación, y el compromiso de rezar unos por otros, para que un cordero que desconocemos, no se coma la rosa… porque en cada estrella, de cada lugar de misión, de cada celda religiosa, de cada monasterio, hay un principito, que tiene que cuidar una rosa, y que ríe y que suena en su canto como cascabeles, y que hace saltar de su alma el agua viva que brota y salta hasta la vida eterna, pero que también tiene que lidiar con un cordero, y que está siempre en peligro la rosa, que tiene que cuidar siempre… por eso nuestro compromiso de rezar siempre, de pedir por los que parten a sus estrellas, para que siempre venzan en sus luchas.

En sus luchas en las que, como Cristo, llevan a cuestas a la Iglesia, al Cuerpo místico todo. Es que también había escrito Saint-Exupéry que “cada uno es responsable de todos. Cada uno es único responsable. Cada uno es único responsable de todos” (Piloto de guerra); y también que “aquél que cuida modestamente algunos corderos bajo las estrellas, si toma conciencia de su rol, se descubre más que un servidor. Es un centinela. Y cada centinela es responsable de todo el Imperio” (Tierra de hombres).

Que nuestra Madre del cielo nos conceda la gracia de saber en nuestra vida “tomar y dejar, partir y llegar. Y así hasta la última Partida”.

 

 

[1] Buela, C. M., Sacerdotes para siempre, 827-833.

[2] Morsella Marcelo, Soliloquio (manuscrito), 1983.

[3] Sigo libremente algunas ideas del artículo de Ruiz Freites, A. A., “Despedida del Principito” Dialogo 44, p. 89-96.

[4] Cf. Directorio de Espiritualidad, 41«Eso es tener espíritu de príncipe, es orientar el alma a actos grandes... es preocuparse de las cosas grandes... es realizar obras grandes en toda virtud. Es ser noble. Y ¿Qué es ser noble? ...Eso se siente y no se dice. Es un hombre de corazón. Es un hombre que tiene algo para sí y para otros. Son los nacidos para mandar. Son los capaces de castigarse y castigar. Son los que en su conducta han puesto estilo. Son lo que no piden libertad sino jerarquía. Son los que se ponen leyes y las cumplen... Son los que sienten el honor como la vida. Los que por poseerse pueden darse. Son los que saben en cada instante las cosas por las cuales se debe morir. Los capaces de dar cosas que nadie obliga y abstenerse de cosas que nadie prohíbe. Son los que se tienen siempre por principiantes: tengámonos siempre por principiantes, sin cesar de aspirar nunca a una vida más santa y más perfecta, sin detenernos nunca».

 

 

 

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