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El Seminario es la Misa, es Sacrificio

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Introducción

El P. Buela el domingo 5 de mayo de 1998, Domingo del Buen Pastor predicó una hermosa homilía a los seminaristas titulada: “El seminario es la Misa”. Se preguntaba en aquella ocasión: «¿Quiénes son los principales formadores de los sacerdotes? Son el Padre, y el Hijo, y el Espíritu Santo. ¿Cuál es la cátedra desde la que enseña la Santísima Trinidad? Su cátedra diaria es la santa Misa. Quiero expresar la idea con una frase rotunda y que golpee: El Seminario es la Misa y nada más»[1].

  1. ¿Qué es la Santa Misa?

Según el Catecismo, la Santa Misa es sacrificio en un sentido propio y singular, “nuevo” respecto a los sacrificios de las religiones naturales y a los sacrificios rituales del Antiguo Testamento: es sacrificio porque la Santa Misa re-presenta (= hace presente), en el hoy de la celebración litúrgica de la Iglesia, el único sacrificio de nuestra redención, el sacrificio de la Pascua del Señor, porque es su memorial y aplica su fruto[2].

Entonces si la Santa Misa es Sacrificio, lo es también el seminario. ¡Es sacrificio como la Santa Misa es el verdadero y autentico sacrificio de Cristo en la cruz por nuestros pecados! De ahí que todos los días los seminaristas deben trabajar, rezar, estudiar para la mayor gloria de Dios, para ofrecerse a sí mismos, morir a sí mismos, para la salvación de las almas.

El seminario es la Misa (= sacrificio) porque ahora comienza el sacrificio, ahora el momento de decir el “Sí” a Dios como María Santísima para dar frutos de vida eterna y salvación de las almas. En una idea: ¡sacrificarse![3].

Dice el Padre refiriéndose a una servidora[4] que entendió que el Seminario (Estudiantado) es la Misa, o sea sacrificio: «¡Muere en acto de servicio, muere como misionera, es decir, como la persona que se hace vocero de Cristo para llevar la luz de Cristo y la santidad de Cristo a los hermanos!»[5] Es la paradoja evangélica, encontró la vida verdadera muriendo, no me refiero a la muerte física que fue el acto definitivo, sino al cumplimiento de la voluntad de Dios, que muchas veces es morir, allí encontró la vida y la vida verdadera. Dice Pemán (lo coloca en boca del Cardenal Cisneros):

 «El que no sabe morir

mientras vive es vano y loco;

morir cada hora su poco

es el modo de vivir

(…) igual que el sol hay que ser

que con su llama encendida,

va acabando y renaciendo,

de tantas muertes tejiendo

la corona de su vida

por eso busco el sufrir,

para como el sol decir

que de la muerte recibo

nueva vida, y que si vivo,

vivo de tanto morir»[6].

  1. Lo que nos enseñan los Divinos Formadores[7]

La Santísima Trinidad es la que nos hace crecer en la Misa en la fe, la esperanza y la caridad. Es el misterio de la fe, prenda de nuestra futura resurrección y vínculo de caridad, con Dios y con todos los hermanos.

«Podemos apropiar al Padre el hacernos crecer en confianza, el abandonarnos a su Providencia que nos da el pan de cada día, la fidelidad a sus designios, el asombro ante la creación continua de quien dice siempre: “Hagámoslo de nuevo” como se ve en la Misa.

Al Hijo podemos atribuir el enseñarnos en la Misa a sacrificarnos por los otros, a servirlos como hizo Él en el Cenáculo, a entregarnos hasta morir como el grano de trigo, a anonadarnos como Él que lo hace bajo la apariencia de pan y de vino, a ser hacedores de comunión, a ser firmes como Él que es el Amén de Dios.

El Espíritu Santo nos enseña a amar la belleza, a no desmayar en alcanzar la santidad a pesar de toda la realidad de nuestros pecados en contrario, a gozar de las cosas de Dios, a penetrarlas sabrosamente, a dejarnos llevar por sus santos dones. Y miles de cosas más»[8].

«Sí, allí en el rescoldo de la Misa, Dios se va preparando sus futuros sacerdotes. Allí en el torno de la Misa, Dios modela a su alter Christus. Es la forja de corazones valientes. Es la fragua donde se funden los corazones del Sumo Sacerdote y los de sus ministros. El yunque donde los labra. La palestra donde nos enseña a luchar. El regazo donde nos acoge. La casa que nos protege. Jardín donde nos deleita. Patio en el que nos alegra. Escuela donde nos enseña. Libro en el que aprendemos. Locutorio donde dialogamos. Hoguera que nos incendia. ¡Y néctar, polen, perfume, flor, fiesta, banquete, comunión, diálogo, avanzada, agoné... y Fuego... y Viento!»[9].

Conclusión

Me gustaría concluir con la convicción expresada por nuestro Padre Fundador en uno de sus mayores escritos: «Estoy convencido que la felicidad sacerdotal -y la felicidad del seminarista- está en ese “gastarse y desgastarse”[10]. Esa es la mística del trabajo sacerdotal. Y, ¿cuál es la medida del “gastarse y desgastarse”? Estimo que es la regla que señala San Ignacio para la penitencia: “cuanto más y más, mayor y mejor, sólo que no se corrompa el subiecto, ni se siga enfermedad notable[11]. Debemos prepararnos, incluso, para trabajar también en el cielo, como dijo Santa Teresita: «Mi cielo será seguir haciendo el bien en la tierra[12]. María nos enseñe siempre a gastarnos y a desgastarnos por la salvación de los hermanos y hermanas, y que lleguemos a entender que, pastoralmente, no hay nada más eficaz que la muerte total al propio yo»[13] y que el Seminario es la Misa, es sacrificio.

 

 

 

[1] Homilía predicada por el p. Carlos Miguel Buela, VE, a los seminaristas del Instituto del Verbo Encarnado, el domingo 5 de mayo de 1998, «Domingo del Buen Pastor» http://www.padrebuela.org/el-seminario-es-la-misa/.

[2] Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 1362-1367.

[3] Cf. Directorio de Espiritualidad, 146.

[4] Hna. María de Jesús Nazareno López, SSVM. 09/08/1965 – †02/01/1996. Ingresó al Convento el 18/08/1994.

[5] Buela, C. M., Servidoras III, (Segni – 2010) p. 123.

[6] J. M. Pemán, Cisneros, Acto III.

[7] Cf. Homilía predicada por el p. Carlos Miguel Buela, VE, a los seminaristas del Instituto del Verbo Encarnado, el domingo 5 de mayo de 1998, «Domingo del Buen Pastor» http://www.padrebuela.org/el-seminario-es-la-misa/.

[8] Ibidem

[9] Ibidem.

[10] Cf. 2Co 12,15.

[11] Ejercicios Espirituales, [83].

[12] Santa Teresita, Novissima Verba.

[13] Buela, C. M., Sacerdotes para Siempre (New York – 2011) p. 819.

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