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Votos Perpetuos

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‘La Profesión de los votos como el combate final’

 

«Hijo, si te acercas a servir al Señor, | prepárate para la prueba» (Sir 2,1)

«Me ceñiste de valor para la lucha» (Sl 18, 39)

«Nosotros tenemos que ser “comandos eclesiales”» P. Buela

 

La profesión perpetua de los consejos evangélicos de estos cuatro hermanos nuestros expresa la entrega total de sus vidas al servicio de Dios, en lo cual está la perfección del hombre, y consiste principalmente en el cumplimiento de los tres votos de castidad, pobreza y obediencia, impulsados por la caridad[2]. De ahora en más serán sagrados, con-sagrados, destinado al culto divino y propiedad de Dios[3], no del mundo, lo afirma contundentemente Nuestro Señor: “Si fuerais del mundo, el mundo os amaría como cosa suya, pero como no sois del mundo, sino que yo os he escogido sacándoos del mundo, por eso el mundo os odia” (Jn 15,19)[4]. ‘El mundo’ nos odia porque ustedes se comprometen a vivir el ‘radicalismo evangélico’. «El radicalismo del seguimiento de Jesús; el radicalismo de la no-pretensión; El radicalismo de la no-posesión; El radicalismo del amor»[5]. Decía el P. Buela: «Los votos que [hoy] harán muchos miembros de nuestra Familia Religiosa son una señal de que queremos vivir estos radicalismos. Allí está el secreto de lo que estamos viviendo en estos tiempos fundacionales»[6]. Se trata por tanto de trabar un decidido combate contra los enemigos del alma: el demonio, el mundo y la carne. En este sentido la Profesión de los votos perpetuos son como el combate final o definitivo de la vida de todo religioso, y sobre esto trataremos en esta ocasión.

  1. El Bautismo y los votos

Sabemos que «el santo Bautismo es el fundamento de toda la vida cristiana, el pórtico de la vida en el espíritu (vitae spiritualis ianua) y la puerta que abre el acceso a los otros sacramentos. [Además] por el Bautismo somos liberados del pecado y regenerados como hijos de Dios, llegamos a ser miembros de Cristo y somos incorporados a la Iglesia y hechos partícipes de su misión[7]Baptismus est sacramentum regenerationis per aquam in verbo (“El bautismo es el sacramento del nuevo nacimiento por el agua y la palabra”: Catecismo Romano 2,2,5)»[8].

Por su parte, la vida religiosa es como un nuevo Bautismo, en realidad para ser más exactos «extrae de la gracia bautismal su fruto más copioso, pues el religioso se libera así de los impedimentos que podrían apartarlo del fervor de la caridad y de la perfección del culto divino, consagrándose más íntimamente al servicio de Dios[9]. [Por tanto] la consagración con los tres votos hunde sus raíces en la consagración bautismal, de la cual es la expresión más perfecta, pues quien así se entrega a Dios lleva a su máxima perfección las exigencias bautismales: con Él hemos sido sepultados por el bautismo para participar en su muerte (Rm 6,4)»[10].

Entonces, de ahora en más el fundamento de sus vidas será este ‘nuevo Bautismo’, que es una ‘hidalguía mejor’. Hoy como ayer es muy oportuno recordar lo que argumentó el Rebelde San Roberto a su padre Teodorico cuando le dijo que no sería armado caballero para el siglo sino para Dios y que por tanto quería ingresar al monasterio porque descubrió una ‘hidalguía mejor’. Dejemos que el mismo Raymond nos narre la escena siguiente: «Teodorico se volvió y, colocando la mano en el hombro de su hijo, le dijo con dulzura: —Hijo mío, tu madre me ha convencido y, tú, también. Por último, me doy por vencido. Puedes ir a Saint Pierre y puedes ir este año. —Roberto trató de interrumpirle—. Pero, hijo mío —continuó el padre, con diferente tono—. ¡Si vas, quédate! ¡Si vas a ser monje, sé un verdadero monje! Sé firme. Sé sincero. Inspira siempre confianza. ¡Dices que quieres ser caballero de Dios; entonces sélo!

Puso su otra mano en el hombro de Roberto y lo hizo girar para mirarlo de frente. —Hijo mío, considera tu entrada en la vida religiosa como si desenvainaras tu espada por la causa de Dios. —Hubo una pausa. Luego, con más solemnidad y fiereza—: Roberto de Troyes, hijo de mi corazón, yo te ordeno: ¡Nunca envaines esta espada! ¿Oyes? ¡Nunca envaines esta espada! —Y Teodorico subrayó cada palabra con un fuerte sacudón en los hombros de su hijo. Después de echarle una profunda y ardiente mirada, preguntó con más calma—: ¿Entiendes, muchacho?

—Entiendo, señor —respondió Roberto asombrado de lo difícil que le resultaba hablar»[11].

En este glorioso día cuatro de los nuestros desenvainaron sus espadas para siempre y fueron armados caballeros de Cristo, y delante de tales hechos no podemos sino repetirles a cada uno en particular las palabras del Heraldo de Jesucristo: “Combate el buen combate de la fe, conquista la vida eterna, a la que fuiste llamado y que tú profesaste noblemente delante de muchos testigos” (1Tim 6,12)

  1. La unción del Bautismo y de los votos

En segundo lugar, así como por el bautismo somos incorporados a Cristo y su Iglesia, que es su cuerpo también por este ‘segundo bautismo’ somos incorporados a “este nuevo cuerpo que es el IVE”, incorporados a sus filas y a su combate, en otras palabras, se tornaron soldados, y no simples sodados sino lo que hoy conocemos y llamamos como un ‘comando’. Justamente eso -dice el Padre Buela- «es una de las tres características que pensaba yo que debían tener nuestros religiosos» y lo declaraba firmemente: «nosotros tenemos que ser “comandos eclesiales[12]”».

De hecho, en el Bautismos somos ungidos con «la unción con el santo crisma, óleo perfumado y consagrado por el obispo, significa el don del Espíritu Santo al nuevo bautizado. Ha llegado a ser un cristiano, es decir, “ungido” por el Espíritu Santo, incorporado a Cristo, que es ungido sacerdote, profeta y rey (cf. Ritual del Bautismo de niños, 62)»[13]. Pero además dice el Catecismo: «la unción, en el simbolismo bíblico y antiguo, posee numerosas significaciones: el aceite es signo de abundancia (cf Dt 11,14, etc.) y de alegría (cf Sal 23,5; 104,15); purifica (unción antes y después del baño) y da agilidad (la unción de los atletas y de los luchadores); es signo de curación, pues suaviza las contusiones y las heridas (cf Is 1,6; Lc 10,34) y el ungido irradia belleza, santidad y fuerza»[14]. La unción designa e imprime: el sello espiritual, así también de manera semejante hoy ustedes con la profesión de sus votos perpetuos y con la consiguiente firma sobre el altar ratificaron aquella unción (del Bautismo) una vez más para siempre. De hecho, en el rito de la profesión fueron nuevamente ungidos por el Espíritu Santo con la Oración de Consagración de los profesos y fueron ungidos para combatir el buen combate[15], es decir conquistar la santidad, reza la oración del Pontifical «Mira ahora Padre, estos vuestros hijos que en vuestra providencia los llamaste e infúndeles el Espíritu de Santidad»[16].

De modo tal modo deben estar firmemente resueltos a alcanzar la santidad que, de lo contrario, aunque estén con el cuerpo con nosotros no pertenecerán a nuestra familia espiritual. [Por eso deben] tener “una grande y muy determinada determinación de no parar hasta llegar a ella (la santidad), venga lo que viniere, suceda lo que sucediere, trabájese lo que se trabajare, murmure quien murmure, siquiera llegue allá, siquiera se muera en el camino o no tenga corazón para los trabajos que hay en él, siquiera se hunda el mundo...”[17]. ‘Lo que importa es dar un paso, un paso más, siempre es el mismo paso que vuelve a comenzar’[18]. Eso es ser un ‘comando’, «eso es tener espíritu de príncipe[19], es orientar el alma a actos grandes... es preocuparse de las cosas grandes... es realizar obras grandes en toda virtud. Es ser noble. Y ¿Qué es ser noble? ...Eso se siente y no se dice. Es un hombre de corazón. Es un hombre que tiene algo para sí y para otros. Son los nacidos para mandar. Son los capaces de castigarse y castigar. Son los que en su conducta han puesto estilo. Son lo que no piden libertad sino jerarquía. Son los que se ponen leyes y las cumplen... Son los que sienten el honor como la vida. Los que por poseerse pueden darse. Son los que saben en cada instante las cosas por las cuales se debe morir. Los capaces de dar cosas que nadie obliga y abstenerse de cosas que nadie prohíbe. Son los que se tienen siempre por principiantes: tengámonos siempre por principiantes, sin cesar de aspirar nunca a una vida más santa y más perfecta, sin detenernos nunca»[20].

Hoy nos parece estar nuevamente en la Roma Aeterna y ver a cuatro gladiatores ingresar no ya a la arena del Anfiteatrum Flavium (Coliseo) ni tampoco ante el Imperator sino ante la Majestad Divina del Padre, el Trono del Cordero y la Munificencia del Espíritu Santo, en fin, delante de la Corte Celeste y pronunciar el mayor acto de libertad, la entrega total de sí mismos: morituri te salutant (los que van a morir te saludan) decían los gladiadores paganos mientras que los de Cristo y del IVE entonan: «Yo N.N., libremente, hago a Dios oblación de todo mi ser»[21]. Realmente “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos[22].

Hoy también cada uno de los recién armados ‘Caballeros de Cristo’ pueden hacer suyas las palabras del Rey David: “Dios me ciñe de valor | y me enseña un camino perfecto;

él me da pies de ciervo, | y me coloca en las alturas;

él adiestra mis manos para la guerra, | y mis brazos para tensar la ballesta.

Me dejaste tu escudo protector, | tu diestra me sostuvo, | multiplicaste tus cuidados conmigo.

Ensanchaste el camino a mis pasos, | y no flaquearon mis tobillos.

Yo perseguía al enemigo hasta alcanzarlo, | y no me volvía sin haberlo aniquilado:

los derroté, y no pudieron rehacerse, | cayeron bajo mis pies.”

Me ceñiste de valor para la lucha, | doblegaste a los que me resistían.

Hiciste volver la espalda a mis enemigos, | rechazaste a mis adversarios”[23].

Suyas deberán ser esas palabras y deberán recordarlas a lo largo de sus vidas que es como un único combate, pues “¿No es acaso milicia la vida del hombre sobre la tierra?[24]”. De ahí que el Eclesiástico diga: “Hijo, si te acercas a servir al Señor, | prepárate para la prueba. Endereza tu corazón, mantente firme | y no te angusties en tiempo de adversidad. Pégate a él y no te separes, | para que al final seas enaltecido. Todo lo que te sobrevenga, acéptalo, | y sé paciente en la adversidad y en la humillación. Porque en el fuego se prueba el oro, | y los que agradan a Dios en el horno de la humillación. | En las enfermedades y en la pobreza pon tu confianza en él. Confía en él y él te ayudará, | endereza tus caminos y espera en él”[25].

Una vez más es oportuna la exhortación del Apóstol: “Por lo demás, buscad vuestra fuerza en el Señor y en su invencible poder. Poneos las armas de Dios, para poder afrontar las asechanzas del diablo, porque nuestra lucha no es contra hombres de carne y hueso sino contra los principados, contra las potestades, contra los dominadores de este mundo de tinieblas, contra los espíritus malignos del aire. Por eso, tomad las armas de Dios para poder resistir en el día malo y manteneros firmes después de haber superado todas las pruebas. Estad firmes; ceñid la cintura con la verdad, y revestid la coraza de la justicia; calzad los pies con la prontitud para el evangelio de la paz. Embrazad el escudo de la fe, donde se apagarán las flechas incendiarias del maligno. Poneos el casco de la salvación y empuñad la espada del Espíritu que es la palabra de Dios. Siempre en oración y súplica, orad en toda ocasión en el Espíritu, velando juntos con constancia, y suplicando por todos los santos”[26].

Jesucristo, Rex Regnum parece decirles: “Tú, en cambio, hombre de Dios, huye de estas cosas. Busca la justicia, la piedad, la fe, el amor, la paciencia, la mansedumbre. Combate el buen combate de la fe, conquista la vida eterna, a la que fuiste llamado y que tú profesaste noblemente delante de muchos testigos. Delante de Dios, que da vida a todas las cosas, y de Cristo Jesús, que proclamó tan noble profesión de fe ante Poncio Pilato, te ordeno que guardes el mandamiento sin mancha ni reproche hasta la manifestación de nuestro Señor Jesucristo, que, en el tiempo apropiado, mostrará el bienaventurado y único Soberano, Rey de los reyes y Señor de los señores, el único que posee la inmortalidad, que habita una luz inaccesible, a quien ningún hombre ha visto ni puede ver. A él honor y poder eterno. Amén”[27].

Queridos neo-profesos perpetuos entiendan como lo hicieron los grandes varones del Sumo y Eterno Capitán, que nunca jamás se debe envainar la espada desenvainada por Dios sólo y su causa, así lo hicieron San Roberto, San Ignacio (al fundar la Compañía de Jesús) y el P. Buela al pedirnos que seamos ‘comandos eclesiales’. Que nuestra Señora de Luján, Reina “de los celestiales y de los mortales”[28], Capitana y Generala de quien indignamente nos honramos de ser sus esclavos de amor in aeternum los acompañe, proteja y reine “con maternal corazón”[29] hasta llevar a cabo lo que su Divino Hijo hoy ha comenzado[30]. Que vuestro último canto sea:

“Virgen María, Reina del Cielo,

Dulce Consuelo dígnate dar,

cuando en la lucha tu fiel soldado

caiga abrazado con su ideal.

¿Y qué ideal? Por Tí mi Reina, la sangre dar”[31].

 

 

[1] Con motivo de los Votos Perpetuos de los seminaristas: Jonas Magno de Oliveira, Paulo Henrique Klein Colombiano, Rodrigo Soares Maia y Valdinei Oliveira Santos, el día 12 de octubre de 2019, Solemnidad de Nuestra Señora Aparecida. San Pablo - Brasil.

[2] Cf. Constituciones, 48.

[3] Cf. Constituciones, 52.

[4] Sg 4,4 “¿no sabéis que la amistad con el mundo es enemistad con Dios? Por tanto, si alguno quiere ser amigo del mundo, se constituye en enemigo de Dios”.

[5] Buela, C. M., Servidoras I (Segni - 2007) 261.

[6] Buela, C. M., Servidoras I (Segni - 2007) 266.

[7] Cf. Concilio de Florencia: DS 1314; CIC, can 204,1; 849; CCEO 675,1.

[8] Catecismo de la Iglesia Católica, 1213.

[9] Cf. Lumen Gentium, 44.

[10] Constituciones, 49.

[11] Raymond, M., Tres Monjes Rebeldes.

[12] Éste es el título de unas Buenas Noches publicada en el boletín Ave María, en el número 3, en el mes de abril de 1989. En la misma, el P. Carlos Miguel Buela se refirió a las características que deben tener los religiosos del Instituto del Verbo Encarnado.

[13] Catecismo de la Iglesia Católica, 1241.

[14] Catecismo de la Iglesia Católica, 1293.

[15] Cf. 1Tim 6,12.

[16] Pontifical Romano, 67.

[17] Santa Teresa de Jesús, Camino de Perfección, cap. 21, n. 2.

[18] Directorio de Espiritualidad, 42.

[19] Cf. Sal 50,14, en la versión de la Vulgata.

[20] Directorio de Espiritualidad, 41.

[21] Constituciones, 256. Parte de la fórmula de la profesión de los votos.

[22] Jn 15,13.

[23] Sl 18, 32-40.

[24] Jo 7,1.

[25] Sir 2,1-6.

[26] Ef 6,10-18.

[27] 1Tim 6,11-16.

[28] Ad Caeli Reginam, 22.

[29] Ad Caeli Reginam, 1.

[30] Cf. Fl 1,6 “Firmemente convencido de que, quien inició en vosotros la buena obra, la irá consumando hasta el Día de Cristo Jesús”.

[31] Himno «Jesús ya sabes», cantado por el seminario mártir de Barbastro al entregar sus vidas como testimonio de su fe en Cristo en Barbastro, España el 12 de agosto de 1936.

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