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La vida religiosa en los ejemplos de los santos

La vida religiosa en los ejemplos de los santos (5)

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Solemnidad de todos los Santos

Escrito por

Solemnidad de todos los Santos[1]

El punto de partida: desear ser santos

 

Di a la comunidad de los hijos de Israel: “Sed santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo” (Lv 19,2)

Introducción

Dicha conmemoración de todos los bienaventurados que para siempre gozan de Dios nos interpela a tener ¡una esperanza firme, confiante y audaz de que la santidad es posible y para todos! ¡Hombres y mujeres, niños y ancianos, laicos y consagrados, en fin, para todos! Y por tanto para nosotros también. ¿Si ellos pudieron por qué nosotros no? En realidad «la llamada a la santidad es algo perteneciente al Evangelio: Sed, pues, perfectos, como perfecto es vuestro Padre celestial (Mt 5, 48); [y por tanto, no es exclusivo de los religiosos], pues “todos los fieles deben esforzarse, según su propia condición, por llevar una vida santa, así como por incrementar la Iglesia y promover su continua santifica­ción”[2]»[3]. Por este motivo, hoy quiero tratar sobre el deseo de santidad que tuvieron todos los santos, segundo en lo que consiste la santidad y finalmente del deseo que nosotros debemos tener de alcanzarla. Porque como dice nuestro Directorio de Vida Consagrada: «No se exige, [por tanto] que el religioso sea santo, pero sí que aspire seriamente, con una voluntad verdaderamente dispuesta a alcan­zar la santidad. "Quien abrace el estado religioso no está obligado a poseer una caridad perfecta, sino a aspirar a ella y trabajar por alcanzarla"[4]. El fin es lo que da forma a lo que se realiza»[5]. Como decía Santa Teresa de Jesús [debemos tener] «una grande y muy determinada determinación de no parar hasta llegar a ella (la santidad), venga lo que viniere, suceda lo que sucediere, trabájese lo que se trabajare, murmure quien murmure, siquiera llegue allá, siquiera se muera en el camino o no tenga corazón para los trabajos que hay en él, siquiera se hunda el mundo...»[6].

1) El deseo que tuvieron todos los santos[7]

Una vez la hermana religiosa de Santo Tomás le escribió preguntándole qué cosas eran necesarias para llegar a la santidad. El santo de Aquino era ya un teólogo reconocido y, probablemente, su hermana esperaría una especie de pequeño tratado sobre la perfección –hay libros que surgieron como respuesta a una pregunta por el estilo–, pero él no le respondió con un tratado, tampoco con algunas páginas, ni siquiera con una frase, solo escribió una palabra: “¡querer!”.

“¡¡Quiero ser santo!!” Es lo que han dicho/pensado/escrito/rezado las almas que en todos los tiempos han llegado a la perfección. Siendo la santidad un llamado de Dios (el segundo llamado, luego del llamado a la vida), sólo se llega a ella respondiendo libremente a ese clamor divino; por eso es absolutísimamente imposible alcanzarla sin quererlo de verdad y con todas las fuerzas.

Tomás de Cory fue un franciscano que, luego de ser maestro de novicios, vio que en su orden se abría una rama más contemplativa. En 1684 pidió permiso y llamó a la puerta del convento con una carta personal de presentación, clara y escueta; rezumaba humildad: “Soy fray Tomás de Cori y vengo para hacerme santo”Ahora lo llamamos, justamente por eso, “santo” Tomás de Cori[8].

En abril del 2003 San Juan Pablo II beatificó a María Cristina Brando (1856-1906), fundadora de la Congregación de las Hermanas Víctimas Expiadoras de Jesús Sacramentado, religiosa napolitana que desde su infancia repetía: “Tengo que ser santa, quiero ser santa”.

El domingo 5 de septiembre de 2004, el mismo pontífice canonizaba al médico y sacerdote catalán Pere Tarrés i Claret, apóstol de los enfermos y de los más pobres, y en la homilía decía: “Se consagró con generosa intrepidez a las tareas del ministerio, permaneciendo fiel al compromiso asumido en vísperas de la ordenación: «Un solo propósito, Señor: sacerdote santo, cueste lo que cueste»”.

 “¡Quiero ser Santo!” Escribe Nando Frigeiro, joven italiano, al finalizar los Ejer­cicios, que han de ser los últimos de su corta, pero rica vida (vivió 23 años y murió en olor de santidad).

Con 23 años y movido por la llamada de Dios, San Gerardo Mayela pide al P. Cáfaro, misionero redentorista en su pueblo, que lo lleve con ellos. Pero no fue tan fácil… su madre lo encerró en su habitación para que no se marchase. ¿Quedarse allí con tal deseo?… Escapó por la ventana ayudado con unas sábanas y dejando escrito: “No piensen en mí; voy a hacerme santo”...

[Mi preferida] Es la anécdota –por todos conocida– que cuenta que Santa Teresa «no era más que una niña cuando arrastró a su hermano Rodrigo hacia tierra de moros con la esperanza de que los “descabezasen”[9]. Los dos fugitivos fueron encontrados por un tío suyo, que los devolvió a la casa paterna. Teresa, la más joven de los dos niños, pero jefe de la expedición, responde a sus padres inquietos, que se preguntaban por el motivo de la huida: “Me he marchado porque quiero ver a Dios, y para verle hay que morirse”. Expresión de niño que revela ya su alma (...) [¡y magnum desiderium! (gran deseo)][10]. Teresa quiere ver a Dios, y, para encontrarle, caminará hacia el heroísmo y lo desconocido»[11].

Dice nuestro Directorio de Espiritualidad: «Lo que importa es dar un paso, un paso más, siempre es el mismo paso que vuelve a comenzar»[12]. Hacia  dónde? ¡Verso l´alto! –gritaría Pier Giorgio Frassati– (fue su empeño vital por llegar a lo más alto) ¡hacia la santidad! ¿Y qué es la Santidad?

2) ¿Que es la santidad?

Se pregunta Royo Marin «ahora bien, ¿en qué consiste propiamente la santidad? ¿Qué significa ser santo? ¿Cuál es su constitutivo íntimo y esencial? Son varias las fórmulas en uso para contestar a estas preguntas, pero todas coinciden en lo substancial. Las principales son tres: la santidad consiste en nuestra plena configuración con Cristo, en la unión con Dios por el amor y en la perfecta conformidad con la voluntad divina»[13]. Se trata entonces de pasos, actos y etapas concretos. Se trata de una conquista que dura toda la vida por eso escribía Marcelito: «La santidad es trabajo de toda una vida»[14].

No pensemos entonces como los moralistas modernos que se trata de una “opción fundamental” en el sentido de una opción realizada de forma no consciente o subconsciente, en lo más profundo de la persona pero que no recae sobre ningún objeto particular. Esta posición, que es a sostenida por el progresismo moral-cristiano, es inadmisible y relativiza toda la vida moral[15].

El deseo por la santidad nada tiene que ver con esa concepción teológica, sin embargo «no hay duda de que la doctrina moral cristiana, en sus mismas raíces bíblicas, reconoce la específica importancia de una elección fundamental que califica la vida moral y que compromete la libertad a nivel radical ante Dios. Se trata de la elección de la fe, de la obediencia de la fe[16], por la que “el hombre se entrega entera y libremente a Dios, y le ofrece ‘el homenaje total de su entendimiento y voluntad’”[17]. Esta fe, que actúa por la caridad[18], proviene de lo más íntimo del hombre, de su “corazón” [19], y desde aquí viene llamada a fructificar en las obras[20]»[21]. Es decir, en el entender de nuestro Padre Espiritual “opción fundamental” es el acto y actitud de la verdadera conversión. Luego, si entendemos de este modo lo que ellos llaman “opción fundamental” entonces sí análogamente podemos decir que el deseo por la santidad debe ser o es la verdadera “opción fundamental” de todo hombre y que debe reflejarse en cada acto de nuestro día a día.

¿Qué implica este deseo? Entre otras virtudes y actitudes quisiera destacar estas que son esenciales: implica humildad que significa el verdadero conocimiento de nosotros mismos, y al mismo tiempo implica magnanimidad, porque no es poca cosa “querer ver a Dios” y para verlo hay que morir, y por eso también implica fortaleza y perseverancia, pues quien persevere hasta el final se salvará dice nuestro Señor[22]. En definitiva, implica el deseo de negarse a sí mismo, cargar con la Cruz y seguir a Jesucristo[23] así lo expresa nuestro derecho propio: «Esta es la idea: sacrificarse»[24] y «en una palabra, “ni Jesús sin la Cruz, ni la Cruz sin Jesús”[25]»[26].

3) El deseo que todos nosotros debemos tener

“¡Quiero ser Santo!” fue la convicción vital, el magnum desiderium (gran deseo) de todos los que hoy están en los altares pero que también debe ser el de todo aquel que tenga la eficaz pretensión de alcanzar la eterna felicidad. Por tanto, en tercer lugar, tratemos cómo debe darse esto en nosotros.

«“¡Quiero ver a Dios!”, exclamó Teresa; no se trata de un deseo pasajero, el suspiro de un momento de fervor, es la aspiración de toda su alma, la pasión de toda su vida, que impulsa todas sus actitudes espirituales –afirma el Beato María Eugenio del Niño Jesús–»[27]. Cabe aclar que no se trata de un voluntarismo, aunque siempre será verdad lo que dice San Agustín «El que te creó sin ti no te salvará sin tí»[28] y por otro lado lo que afirma la sana Teología al que hace lo que está de su parte Dios no le niega su gracia[29]. Sería un grave error, es decir una herejía. Ya lo decía Marcelo J. Morsella el único error sería confiar en nosotros mismos, escribe el Capitán Triunfante: «“Si por mis propias fuerzas humanas fuera, yo no haría ni media cuadra. El error sería para mí confiarme de mi fortaleza, porque además sé que, por experiencia, por ese lado no va la cosa”[30]»[31].

Sin embargo, jamás debemos desanimarnos, muy por el contrario, este deseo deber ser firme a pesar de vernos tan distintos de los santos; escribía Santa Teresita a su priora: “Usted, Madre, sabe bien que yo siempre he deseado ser santa. Pero, ¡ay!, cuando me comparo con los santos, siempre constato que entre ellos y yo existe la misma diferencia que entre una montaña cuya cumbre se pierde en el cielo y el oscuro grano que los caminantes pisan al andar. Pero en vez de desanimarme, me he dicho a mí misma: Dios no puede inspirar deseos irrealizables[32]. En la misma línea el beato José Allamano, Fundador de los Misioneros y de las Misioneras de la Consolata, en sus predicaciones, una y otra vez insistía en la importancia del “quiero” sincero y decidido: “Al Señor no le gusta esta poquedad de fe. Nos quiere confiados y decididos en decir: “Lo quiero”[33]. Es el “magis ignaciano”, ese buscar siempre “lo que más” a lo que el santo de Loyola nos impele en los Ejercicios Espirituales y se concretiza puntualmente en el deseo de santidad. Así lo entendió Marcelo J., «quien escribía en sus propósitos: “Con gran generosidad para dar a Dios todo lo que me pide. MÁS, SIEMPRE MÁS”»[34] y así lo debemos entender nosotros.

Por otra parte en razón de nuestra doble vocación: religiosa y sacerdotal debemos incansablemente alimentar este deseo, tal vez por este motivo en el rito de la profesión de los votos reza el Pontifical –más propiamente en la Oración de Consagración de los profesos–, «Mira ahora Padre, estos vuestros hijos que en vuestra providencia los llamaste e infúndeles el Espíritu de Santidad»[35] y también en la Oración Consecratoria (forma del sacramento) del Rito de Ordenación en su parte central: «Te pedimos, Padre Todopoderoso que instituyas a estos vuestros siervos en la dignidad de (…); renueva en sus corazones el Espíritu de santidad...»[36].

Por fin nuestro código de vida no vacila exhortándonos con graves palabras a buscar la Santidad, dice: «De modo tal que estemos firmemente resueltos a alcanzar la santidad. Un religioso que no esté dispuesto a pasar por la segunda y la tercera conversión, o que no haga nada en concreto para lograrlo, aunque esté con el cuerpo con nosotros no pertenece a nuestra familia espiritual»[37]. Y en el documento de Vida Consagrada: «Un religioso que no esté decidido a alcanzar la perfección y se esfuerce realmente a ello, es un religioso frustrado; su vida ha perdido todo sabor y entusiasmo; se le pueden aplicar con todo derecho las palabras de Nuestro Señor: Vosotros sois la sal de la tierra. Mas si la sal se desvirtúa, ¿con qué se la salará? Ya no sirve para nada... (Mt 5, 13)»[38].

Conclusión

Dice nuestro Directorio de Noviciado: «No puede ser novicio quien no manifieste un verdadero deseo de santidad o perfección»[39] «porque a la vida religiosa, estado de perfección, no se ingresa perfecto, sino para alcanzar la santidad»[40]. Así que «el temor de algunos de no llegar a la perfección entrando en la vida religiosa es irracional y refutado por el ejemplo de tantos otros. A estos decimos con San Agustín: “confías en ti mismo y por eso dudas. ¡Arrójate en Su seno! No temas que se aparte y caigas. Arrójate seguro; El te recibirá y te sanará”[41]»[42].

Escribía San Juan Pablo Magno: «María es signo luminoso y ejemplo preclaro de vida moral: “su vida es enseñanza para todos” –citando a san Ambrosio[43]–»[44]. Ella es Modelo y Molde de la Santidad Encarnada y por tanto nos enseña la sabiduría de la vida: salvar nuestra alma, ser santos. Ella es “Sede de la Sabiduría” y la «Sabiduría es Jesucristo mismo, el Verbo eterno de Dios, que revela y cumple perfectamente la voluntad del Padre[45]. [Por ello] María invita a todo ser humano a acoger esta Sabiduría. También nos dirige la orden dada a los sirvientes en Caná de Galilea durante el banquete de bodas: “Haced lo que él os diga” (Jn 2, 5)»[46] que es como decir: ‘sean santos’ ya que en definitiva como decía Léon Bloy: «La única tristeza en esta vida es la de no ser santos[47]», que la Reina y Madre de todos ellos nos libre de “esa tristeza” que puede frustrar nuestra existencia terrena y por tanto nuestra eternidad. “Porque está escrito: Seréis santos, porque yo soy santo” (1Pe 1,16).

 

[1] El origen de esta Solemnidad se remonta a la persecución de los cristianos por el emperador Diocleciano (244-311+), hubo tantas muertes que no se podían conmemorar todas una por una ni santo por santo; tras lo cual surgió la necesidad de organizar una fiesta común que pudiera rememorar a todos. Habría de esperar hasta principios del siglo VII para que todo ello tuviera lugar. Bonifacio III fue quien consiguió del emperador Focas un edicto por el cual concedió al patriarca de Constantinopla el título de “patriarca ecuménico” y reconociendo a Roma como cabeza de todas las Iglesias, no obstante en la disputa, Bonifacio III murió (12 de noviembre del año 607) a los nueve meses de pontificado, tras lo cual el 15 de agosto del 608 fue consagrado obispo de Roma un monje benedictino originario de los Abruzos, con el nombre de Bonifacio IV.

Con motivo de su elevación al solio pontificio, recibió un presente importante: el emperador Focas le regaló el Panteón (templo de planta circular, coronado por una impresionante cúpula construido en el año 27 antes de Jesucristo por Agripa en honor de todos los dioses). Bonifacio decidió al punto convertirlo en iglesia y, en el año 609, consagró el edificio a “Santa María de los Mártires”, en memoria de todos los que habían derramado su sangre por dar testimonio del único Dios. Se instituyó entonces la fiesta de Todos los Santos.

[2] CIC, c. 210.

[3] Directorio de Vida Consagrada, 22.

[4] S. Th., II-II, 186, 1, ad 3.

[5] Directorio de Vida Consagrada, 25.

[6] Santa Teresa de Jesús, Camino de Perfección, cap. 21, n. 2.

[7] Sigo libremente en este punto el precioso artículo “Quiero ser santo” del P. Gustavo Lombardo, IVE. Cf. http://verbo.ive.org/quiero-ser-santo/

[8] Canonizado por Juan Pablo II el 21 de noviembre de 1999.

[9] Vida 1, 5.

[10] Se puede comparar esta expresión de Teresa, a los siete años, con la pregunta hecha insistentemente por el joven Tomás de Aquino a los monjes de Monte Casino: «Qué es Dios?»

Estas dos almas infantiles tienden a Dios, pero la diferencia en sus deseos señala ya la diferencia de sus caminos, convergentes a pesar de todo: Tomás de Aquino quiere saber, qué es Dios, y pasará la vida, estudiando bajo la luz de la fe y de la razón: será el príncipe de la teología dogmática. Teresa quiere «ver» a Dios, comprenderle con todo el poder de captación, aunque sea en oscuridad, para unirse a él: será la maestra de los caminos interiores que conducen a la unión transformante.

[11] Beato María Eugenio del Niño Jesús, Quiero ver a Dios (Madrid - 20024) pp. 31-32.

[12] Directorio de Espiritualidad, 42.

[13] Royo Marin, A., Teología de la Perfección Cristiana (Madrid - 19624) p. 48.

[14] A Bert, San Rafael, 27 de agosto de 1984.

[15] Cf. Fuentes, M. Á., La búsqueda del bien, Principios morales para tiempos de confusión (San Rafael - 2017) pp. 505-510.

Sobre ellos dice San Juan Pablo II: «Según estos autores, la función clave en la vida moral habría que atribuirla a una opción fundamental, actuada por aquella libertad fundamental mediante la cual la persona decide globalmente sobre sí misma, no a través de una elección determinada y consciente a nivel reflejo, sino en forma transcendental atemática. Los actos particulares derivados de esta opción constituirían solamente unas tentativas parciales y nunca resolutivas para expresarla, serían solamente signos o síntomas de ella (…) El resultado al que se llega es el de reservar la calificación propiamente moral de la persona a la opción fundamental, sustrayéndola —o atenuándola— a la elección de los actos particulares y de los comportamientos concretos» Veritatis Splendor, 65.

[16] Cf. Rm 16, 26.

[17] Conc. Ecum. Vat. II, Const.dogm. sobre la divina revelación Dei Verbum, 5; cf. Conc. Ecum. Vat. I, Const. dogm. sobre la fe católica Dei Filius, cap. 3: DS, 3008.

[18] Cf. Gl 5, 6.

[19] Cf. Rm 10, 10.

[20] Cf. Mt 12, 33-35; Lc 6, 43-45; Rm 8, 5-8; Gl 5, 22.

[21] Veritatis Splendor, 66.

[22] Cf. Mt 24,13 “El que persevere hasta el final se salvará”.

[23] Cf. Mt 16,24 “Entonces dijo a los discípulos: ‘Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga’”.

[24] Directorio de Espiritualidad, 146.

[25] San Luis María Grignion de Montfort, El amor de la Sabiduría Eterna, cap. XIV, 1.

[26] Directorio de Espiritualidad, 144.

[27] Beato María Eugenio del Niño Jesús, Quiero ver a Dios (Madrid - 20024) pp. 177-178.

[28] San Agustín, Serm. 169,11,13: PL 38,923.

[29] Cf. San Agustín, Serm.169,11. PL: 38, 923.

[30] A su papá, Buenos Aires, 25 de mayo de 1983.

[31] Fuentes, M. A., Soy capitán triunfante de mi estrella, (San Rafale-2011 A 25 años del fallecimiento de Marcelo Edición corregida y aumentada) p. 35.

[32] Manuescritos autobiográficos, cap. X.

[33] Textos tomados de La vida espiritual, según las conversaciones ascéticas del (entonces) ‘siervo de Dios’ José Alammano.

[34] Buela, C. M., Servidoras I (Segni-Roma - 20042) p. 247.

[35] Pontifical Romano, 67.

[36] Pontifical Romano, 131.

[37] Directorio de Espiritualidad. 42.

[38] Directorio de Vida Consagrada, 25.

[39] Directorio de Noviciado, 33.

[40] Directorio de Noviciado, 71.

[41] Cf. Santo Tomás de Aquino, Contra la pestilencial doctrina, 89.

[42] Directorio de Vocaciones, 31.

[43] De Virginibus, lib. II, cap. II, 15: PL 16, 222.

[44] Veritatis Splendor, 120.

[45] Cf. Hb 10, 5-10.

[46] Veritatis Splendor, 120.

[47] Léon Bloy, La mujer pobre.

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Santa Rita y la voluntad de Dios

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Cuando se recuerda a un santo, hay ciertos elementos de su vida que deben ser resaltados, cosas que hacen que con el tiempo los identifiquemos con esos elementos, así por ejemplo, San Francisco de Asís es sinónimo de pobreza, Santo Tomás de Aquino sinónimo de ciencia católica fiel, San Francisco de Sales sinónimo de mansedumbre, etc. Santa Rita de Cascia no escapa a esta constante, y si quisiésemos identificarla con algo ejemplar de su vida, tal vez tendríamos que hacerlo con la perfecta conformidad de su voluntad a los deseos divinos.

Desde niña esta santa mostró una gran inclinación hacia las cosas de Dios, y ya en esa tierna edad el Señor le mostró que su deseo era que ella fuese religiosa. Mas no le aclaró inmediatamente que ese deseo no se realizaría hasta después de pasados muchos años. Es así que, habiendo ella decidido ser religiosa, sus padres arreglan que se case con un hombre llamado Pablo Fernando, quien no era exactamente un modelo de buen cristiano. Por el contrario, resultó ser una persona caprichosa y violenta (y sabemos que estas son dos de las características que más hacen sufrir a los que están cerca de estas personas). Sin embargo, Santa Rita aceptó este triste matrimonio como algo venido de la misma voluntad divina, y se santificó junto a este hombre tan poco virtuoso.

Para entender esta actitud de la Santa podríamos usar la siguiente imagen: Es como si hubiese decidido caminar sobre las pisadas de Dios fuera Él a donde fuera. Cuando uno camina por la arena, los pies quedan grabados en la arena. Santa Rita, en cada circunstancia que su vida le presentaba sabía mirar las pisadas divinas y se esforzaba por hacer que sus pies caminaran sobre las mismas huellas de Dios. Eso, ciertamente no es nada fácil, pues implica un renunciar a seguir otros miles de caminos posibles. También implica decidirse a continuar a pesar de la dificultad. Pensemos esto, si el que va adelante marcando las huellas es de paso corto, será cansador tener que multiplicar pasos, así también, si el que va adelante tiene tranco largo, será desgastante tener que estirarse de más para llegar a pisar justo en sus huellas. Esa es la sensación que podemos tener al caminar detrás de Cristo, por momentos nos puede parecer que podría avanzar más rápido y no lo hace, o por otro nos puede parecer que podría esperarnos respetando nuestro ritmo, y tampoco lo hace. Pues esos pensamientos son tentaciones, pues Dios da justo los pasos que necesitamos, ni muy largos ni muy cortos, sino exactos.

Con el paso del tiempo, naturalmente vinieron los frutos del matrimonio de Rita, naciendo hijos gemelos de la unión. Dios, por su parte, como premio a la obediencia a su voluntad de la Santa le concede la conversión de su esposo. Sin embargo, las secuelas de su vida pasada lo alcanzan y cae asesinado. Una vez más la pobre Rita debe bajar la cabeza y repetir al modo de la Santísima Virgen “hágase en mí según tu palabra”.

Los hijos de esta admirable mujer crecen sanos y fuertes, pero una idea empieza a manifestarse en ellos, es la sed de vengar la muerte de su padre. El corazón cristiano de esta madre tiembla ante esta posibilidad, por ello, una vez más se coloca frente al trono divino y hace un extraordinario pedido: “Señor, llévate a mis hijos, si es esa tu voluntad, pero no permitas que la sed de venganza manche sus almas y arruine sus vidas”. Y Dios la escuchó, muriendo prontamente ambos.

Siempre con una gran mirada de fe, Rita acepta la voluntad misteriosa del Señor, y queda viuda y sin hijos. Es entonces cuando los deseos del pasado vuelven a tomar cuerpo. Piensa una vez más en la vida religiosa, pero tendrá que afrontar grandes pruebas para llegar al convento en donde Dios la quería.

Con claridad entiende la santa que Dios la quiere monja, y es por eso que persevera solicitando ser admitida en tres ocasiones en el convento de las agustinas de Cascia, recibiendo siempre un no por respuesta. No obstante, la voluntad de quien la llama se manifestará esta vez de modo prodigioso para las monjas de ese convento en el hecho de que Rita es introducida en la casa religiosa de modo milagroso en una aparición en la que ve a San Juan Bautista, a San Agustín y a San Nicolás de Tolentino.

Cuarenta años vivirá esta viuda y madre de hijos muertos en el convento, profundizando cada vez más su deseo de hacer en todo la voluntad divina, lo cual, como siempre le pasó, le acarreó grandes penas y sufrimientos.

Su sed de hacer en todo lo que el Señor pidiera, unido al acto de fe que le hacía ver en los superiores al mismo Dios que mandaba, la llevó a obedecer sin protestas y con alegría, una orden aparentemente ridícula de su superiora, pues así hacen los santos, que le mandaba regar una rama seca cada día. Dios premió su fidelidad y nos dejó un ejemplo claro de cómo le agrada que obedezcamos así en el hecho de que la rama seca brotó.

Es conocido el milagro de la espina, por el cual la santa, luego de pedir a Dios que le conceda sufrir al menos algo del misterio de su Pasión, recibe en su frente una espina de la corona de espinas del Señor que se desprende del crucifijo frente al cual ella rezaba. Este portento, tan bello signo de amor para los siglos venideros, fue uno de los peores tormentos físicos de la santa, ya que el dolor desde ahí en más fue constante y cruel, agregándose el hecho de que la herida despedía un olor tan espantoso que las mismas monjas de la comunidad decidieron aislarla totalmente.

Fue tan sumisa en su vida a la voluntad de Dios, que llegado el momento final, Dios la premió sujetándose Él a sus deseos de moribunda. Es por esto que ante su anhelo de comer higos y tener rosas en pleno invierno el Señor permite que la higuera trabaje fuera de época dándole su precioso fruto a la débil enferma, y la corola de la rosa se abre para engalanar a la sierva del Señor. A su muerte un sublime aroma de rosas invadió la habitación de la que durante años había estado aislada por los malos olores de su frente, y las campanas de la iglesia repicaron solas de alegría, pues la que había seguido las pisadas de su Amado Dios había llegado a la morada eterna, Rita, por su obediencia perfecta a la voluntad divina, había entrado al Cielo.

Que ella, al igual que nuestra Madre la Virgen sean para nosotros estímulo a la hora de dejar que Dios nos marque el camino. Nos alcancen ambas la gracia de nunca cambiar los planes que el Señor ha trazado para nuestro bien, aunque nos parezcan misteriosos.

 

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El amor de los Santos Pedro y Pablo

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Celebramos ya en este día la Misa de la Vigilia de los Príncipes de los Apóstoles, San Pedro y San Pablo. Son ellos las cabezas de la Iglesia, las columnas. De hecho su nombre de príncipes significa eso: gente de principios, los primeros y también los principales.

El Evangelio de este día nos daba en la figura de San Pedro la clave de interpretación de estas dos vidas entregadas absolutamente en todo al servicio del Señor Jesús.

La triple pregunta de Cristo sobre el amor de Pedro encuentra una segura y humilde respuesta. Ya no es la respuesta segura y soberbia del Pedro de antes de la Pasión. Sino una respuesta firme, pero humilde. Como quien dice: “te amo, y quiero servirte en todo y hasta el final, aunque tengo bien en claro lo débil que soy.

Es el amor lo que nos permitirá entender a estos hombres. Ellos se han convertido en estrellas refulgentes para la Iglesia, cosa que brota de un amor ardiente a su Maestro. Así los que tan diferentes se mostraron en su vida se vieron unidos por un común amor. Pedro era de cuna humilde, de la despreciada Galilea, ciudad de incultos. Pablo era de buen pasar, de la esplendente Tarso, cuna de la cultura en su zona. Pedro estuvo con el Mesías el tiempo de su vida en la tierra, Pablo lo conoció sólo por la predicación de Esteban y Ananías. Pedro fue en su primera época un hombre impulsivo pero falluto, Pablo siempre buscó servir a Dios, aun cuando perseguía a los seguidores de Jesucristo. Pero, más allá de tantas diferencias, el común amor a Cristo los constituyó en jefes de la naciente Iglesia: uno en cuanto cabeza de la misma, otro en cuanto instrumento elegido por Dios para llevar la buena nueva a los gentiles.

Tanto se habla de amor en nuestros días a la vez que ese amor brilla por su real ausencia. Pedro entendió lo que significaba amar a alguien, y amó con todas sus fuerzas. Pablo, el hombre que no sabía de otra cosa que de amores apasionados al encontrar el amor de Dios permitió que ese amor lo desgarrase.

Tuvieron un amor auténtico, ese amor del que no se habla, sino que simplemente se lo vive. Ese amor que crea fuerzas para afrontar lo que venga, sin importar qué sea. Ese amor al que viéndolo de lejos se le teme, pues te hará sufrir necesariamente.

Basta mirar por arriba un poco sus vidas. Fueron hombres perseguidos, despreciados por su amor. Y ellos, en vez de acobardarse y dejar a su amado, más se fortalecían de día en día. A tal punto llegó ese amor que Pedro luego de ser azotado salía contento de haber sido hallado digno de sufrir algo por Cristo, y Pablo, no encontraba más gloria que en sus sufrimientos, en ser tenido, como él mismo decía, como desecho del mundo.

No podemos menos que admirarnos de amores tan apasionados. Amores verdaderos. Amores sin placeres. Amores de desgarramiento, ya que todo lo dieron por Cristo, todo: su fama, su salud, sus familias, su patria, su integridad física.

No cabía en sus cabezas otra cosa que el llegar a Cristo, poseerlo por la eternidad. Y corrían detrás de Él aun cuando Él aparentemente los hacía sufrir. Fueron hombres íntegros, sin doblez, enamorados, celosos de su Dios. A cada paso perdían algo, pero ellos se alegraban porque sabían que el premio del que todo lo deja por Cristo es la misma eternidad.

Un día Pedro arreglaba las redes de pesca en su barca, y lo invitaron a dejarlo todo por el Señor al que tanto el pueblo había esperado. Pedro no dudó. Pedro lo dejó todo por Cristo. Como se dice, quemó su barca para no tener ni siquiera la tentación de mirar atrás.

Pablo era un celoso de la gloria de Dios, y por ese celo galopaba hacia Damasco. Pero no se esperaba que Aquel a quien iba persiguiendo terminara capturándolo a Él. Cristo lo llamó, y él no se hizo rogar. Todo lo dejó Pablo por Cristo.

Son estos hombres ejemplos preclaros para aquellos que están en edad de elegir qué camino tomar. Pues no esperaron un segundo, vieron que era lo mejor y corrieron detrás de eso en una carrera que les duró toda la vida.

Son tan grandes sus ejemplos que hasta aparece la tentación de decir: “así se amaba antes”. Pero es una tentación, porque así también se debe amar ahora. Cristo sigue invitando. Él llama a cada corazón. Y a la mayoría los llama a un seguimiento total, como el de Pedro y Pablo, el problema es que la mayoría no sabe amar, y por ello tampoco sabe responder al Señor.

Hay tantos chicos y chicas que se preguntan una y otra vez por la vocación, creyendo que siendo algo muy sagrado tienen que tener una segura confirmación de ella. Pero no es así. La pregunta a la vocación en realidad es la siguiente: ¿cuánto estás dispuesto a dar por Cristo? Si tu amor es como el de Pedro y Pablo lo darás todo, y correrás detrás de Él aun cuando tengas que sufrir mucho por eso. Las almas grandes no se acobardarán ante tal invitación, y con sed de Dios, como los príncipes de los Apóstoles, lo dejarán todo, quemarán sus barcas y su ser, y vivirán una gran aventura que les durará toda la vida. Esa aventura se llama amor.

La Virgen María, quien se complacía viendo la creciente entrega que los Apóstoles hacían a Cristo pueda también complacerse de nuestra entrega. Dios quiera y ella interceda para que sea total.

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Si conocieras...

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SI CONOCIERAS...

(Jn 4, 10)

 

Un rato de intimidad

 

¿Quieres, sacerdote mío, que echemos un rato de conversación aquí en mi Sagrario? De corazón a corazón.

¡Nos hace tanta falta a los dos ese ratito! A tí, para fortalecerte, orientarte y hacerte más bueno; a mí, para endulzar mis horas de abandono, para gozarme en hacerte bien y por ti a muchos hijos tuyos y míos y a los dos para desahogarnos y consolarnos mutuamente...

Porque la verdad es que quien dice Corazón de Jesús o corazón de sacerdote, dice penas, ingratitudes muy negras, de espinas muy punzantes, de hieles muy amargas.

¡Mira que llueven dolores sobre nuestros corazones!

Yo desde mi sagrario y tú desde tus ministerios podemos todavía repetir la queja y la pregunta del profeta: O vos omnes qui transitis per viam, attendite et videte si est dolor sicut dolor meus. (Lam 1, 12).

 

Las penas de los dos amigos

 

En verdad que no hay en la tierra dolor como nuestro dolor.

Y, ¡qué! ¿hemos de ser hermanos en el padecer y no en el desahogarnos?

¿Nos han de unir las desolaciones y no los consuelos?

Y mi Corazón, a pesar de las hieles que lo inundan, ¡los tiene guardados tan ricos y suaves para sus sacerdotes!

Sí, sí, sacerdote mío, nos hace mucha falta a los dos el rato de de conversación a que te invitaba.

Tenemos que hablarnos los dos, ¡los dos!, ¿te enteras? Tú me hablas y yo seré todo oídos para escuharte, y cuando te hable, calla tú y manda callar todo lo que levante ruido en tu corazón.

Y hemos de hablarnos en mi Sagrario, ¡no faltaba más! ¡Si para eso he hecho el Sagrario! ¡Si para que en todo el orbe pudieran mis hijos hablar y estar conmigo he hecho tu sacerdocio! ¡Como que tu sacerdocio se ha creado para perpetuar mis sagrarios en la tierra!

De modo, ¡que en nuestro sagrario!

 

Una queja

 

Déjame que preceda a nuestra conversación una queja que tengo de muchos de mis sacerdotes.

¡Los veo muy poco por mis sagrarios!

Los veo en las bibliotecas y en las aulas aprendiéndome, en los púlpitos y en la propaganda enseñándome, los veo en diversidades de lugares haciendo mis veces, los veo también ¡qué pena! en los lugares en los que no tienen que aprenderme, ni hacer nada por Mí.... y, sin emabargo, por mis sagrarios, ¡los veo tan poco! y a ¡tan pocos!

¿Verdad que tengo motivos para quejarme?

 

¡Si conocieras...!

 

¡Si conocieras, sacerdote mío, lo que se aprende leyendo libros, estudiando cuestiones, esaminando dificultades a la luz de la lámpara de mi Sagrario!

¡Si supieras la diferencia que hay entre sabios de biblioteca y sabios de sagrarios!

¡Si supieras todo lo que un rato de sagrario de de luz a una inteligencia, de calor a un corazón, de aliento a un alma, de suavidad y fruto a una obra!

¡Si supieras tú y todos los sacerdotes el valor que para estar de pie junto a todas las cruces infunde ese rato de rodillas ante mi sagrario!

¡Ah! Si se supiera prácticamente todo esto, ¿cómo se verían mis sagrarios tan vacíos de sacerdotes y en cambio tan llenos los círculos de recreos, los paseos públicos, y alguna vez... hasta los cafés, los cines y teatros?

¡Si supieran! ¡Si supieran!

Los diez, catorce años de Seminario, ¿qué otro fin tenían sino enseñar por todos los medios y modos ese saber y sabor de lo que es mi sagrario? ¿Qué ha quedado de la formación eucarística del Seminario? ¿Qué lugar ocupa en tu alma el Sagrario de tu parroquia, de tu IGlesia, y que lugar ocupas tú en ese Sagrario? ¿El primero como debe ser?, ¿el de uno de tantos? ¿ninguno?

¡Qué buenas preguntas para tiempos de retiro!

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Responda cada uno como le sugiera el Espíritu Santo. Pudiera ser buena respuesta la recitación lenta y paleada del Salmo 41: Quemadmodum desiderat cervus ad fontes aquarum...

 

Obispo M. González. EL CORAZÓN DE JESÚS AL CORAZÓN DEL SACERDOTE.

Ediciones "El granito de arena" pág.5-8

Tomado de http://annussacerdotalis.blogspot.com/2009/08/beato-manuel-gonzalez-obispo-el-corazon.html 

 

 «Porque no está la falta, Dios mío,

en no nos querer tú hacer mercedes de nuevo,

sino en no emplear nosotros las recibidas sólo en tu servicio,

para obligarte a que nos las hagas de continuo».

(Noche oscura, canción II, l. 2, c. 19)

 

Juan de la Cruz es un santo «macizado»[1]. Los mil ribetes de que está hecha su personalidad se integran en él de modo jerárquico («concéntrico» dijera Kierkegaard[2]), como «material bien unido y apretado», fundados en la necesaria unicidad de la mejor parte: el amor en el seguimiento de Jesucristo (cf. Lc 10, 41-42).

Su aspecto más humano es ya de una calidad excepcional. Tenía una madurez de criterio adelantada a su edad («de niño, tuvo ser de viejo» dice uno de sus primeros biógrafos[3]) y un muy llamativo talento para las artes y oficios prácticos[4], y para el trato con los demás[5]. Santa Teresa Benedicta de la Cruz asegura de él que «poseía una naturaleza de artista»[6]: fue un virtuoso de la música y el canto, y podía cumplir aventajadamente tareas de entallado, imaginería y construcción. A vista de sus pocos dibujos (el Cristo escorzado, por ejemplo, o el dibujo del Monte), y con el aval de maestros como Sert y Dalí, afirman Efrén-Steggink que «estamos, sin duda, ante un artista creador, no inferior potencialmente a los mayores genios de la pintura»[7]... y fueron disciplinas en las que no se formó y que ejercía solamente de manera ocasional, por inspiración «artística».


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