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La vida religiosa en los ejemplos de los santos

La vida religiosa en los ejemplos de los santos (4)

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Santa Rita y la voluntad de Dios

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Cuando se recuerda a un santo, hay ciertos elementos de su vida que deben ser resaltados, cosas que hacen que con el tiempo los identifiquemos con esos elementos, así por ejemplo, San Francisco de Asís es sinónimo de pobreza, Santo Tomás de Aquino sinónimo de ciencia católica fiel, San Francisco de Sales sinónimo de mansedumbre, etc. Santa Rita de Cascia no escapa a esta constante, y si quisiésemos identificarla con algo ejemplar de su vida, tal vez tendríamos que hacerlo con la perfecta conformidad de su voluntad a los deseos divinos.

Desde niña esta santa mostró una gran inclinación hacia las cosas de Dios, y ya en esa tierna edad el Señor le mostró que su deseo era que ella fuese religiosa. Mas no le aclaró inmediatamente que ese deseo no se realizaría hasta después de pasados muchos años. Es así que, habiendo ella decidido ser religiosa, sus padres arreglan que se case con un hombre llamado Pablo Fernando, quien no era exactamente un modelo de buen cristiano. Por el contrario, resultó ser una persona caprichosa y violenta (y sabemos que estas son dos de las características que más hacen sufrir a los que están cerca de estas personas). Sin embargo, Santa Rita aceptó este triste matrimonio como algo venido de la misma voluntad divina, y se santificó junto a este hombre tan poco virtuoso.

Para entender esta actitud de la Santa podríamos usar la siguiente imagen: Es como si hubiese decidido caminar sobre las pisadas de Dios fuera Él a donde fuera. Cuando uno camina por la arena, los pies quedan grabados en la arena. Santa Rita, en cada circunstancia que su vida le presentaba sabía mirar las pisadas divinas y se esforzaba por hacer que sus pies caminaran sobre las mismas huellas de Dios. Eso, ciertamente no es nada fácil, pues implica un renunciar a seguir otros miles de caminos posibles. También implica decidirse a continuar a pesar de la dificultad. Pensemos esto, si el que va adelante marcando las huellas es de paso corto, será cansador tener que multiplicar pasos, así también, si el que va adelante tiene tranco largo, será desgastante tener que estirarse de más para llegar a pisar justo en sus huellas. Esa es la sensación que podemos tener al caminar detrás de Cristo, por momentos nos puede parecer que podría avanzar más rápido y no lo hace, o por otro nos puede parecer que podría esperarnos respetando nuestro ritmo, y tampoco lo hace. Pues esos pensamientos son tentaciones, pues Dios da justo los pasos que necesitamos, ni muy largos ni muy cortos, sino exactos.

Con el paso del tiempo, naturalmente vinieron los frutos del matrimonio de Rita, naciendo hijos gemelos de la unión. Dios, por su parte, como premio a la obediencia a su voluntad de la Santa le concede la conversión de su esposo. Sin embargo, las secuelas de su vida pasada lo alcanzan y cae asesinado. Una vez más la pobre Rita debe bajar la cabeza y repetir al modo de la Santísima Virgen “hágase en mí según tu palabra”.

Los hijos de esta admirable mujer crecen sanos y fuertes, pero una idea empieza a manifestarse en ellos, es la sed de vengar la muerte de su padre. El corazón cristiano de esta madre tiembla ante esta posibilidad, por ello, una vez más se coloca frente al trono divino y hace un extraordinario pedido: “Señor, llévate a mis hijos, si es esa tu voluntad, pero no permitas que la sed de venganza manche sus almas y arruine sus vidas”. Y Dios la escuchó, muriendo prontamente ambos.

Siempre con una gran mirada de fe, Rita acepta la voluntad misteriosa del Señor, y queda viuda y sin hijos. Es entonces cuando los deseos del pasado vuelven a tomar cuerpo. Piensa una vez más en la vida religiosa, pero tendrá que afrontar grandes pruebas para llegar al convento en donde Dios la quería.

Con claridad entiende la santa que Dios la quiere monja, y es por eso que persevera solicitando ser admitida en tres ocasiones en el convento de las agustinas de Cascia, recibiendo siempre un no por respuesta. No obstante, la voluntad de quien la llama se manifestará esta vez de modo prodigioso para las monjas de ese convento en el hecho de que Rita es introducida en la casa religiosa de modo milagroso en una aparición en la que ve a San Juan Bautista, a San Agustín y a San Nicolás de Tolentino.

Cuarenta años vivirá esta viuda y madre de hijos muertos en el convento, profundizando cada vez más su deseo de hacer en todo la voluntad divina, lo cual, como siempre le pasó, le acarreó grandes penas y sufrimientos.

Su sed de hacer en todo lo que el Señor pidiera, unido al acto de fe que le hacía ver en los superiores al mismo Dios que mandaba, la llevó a obedecer sin protestas y con alegría, una orden aparentemente ridícula de su superiora, pues así hacen los santos, que le mandaba regar una rama seca cada día. Dios premió su fidelidad y nos dejó un ejemplo claro de cómo le agrada que obedezcamos así en el hecho de que la rama seca brotó.

Es conocido el milagro de la espina, por el cual la santa, luego de pedir a Dios que le conceda sufrir al menos algo del misterio de su Pasión, recibe en su frente una espina de la corona de espinas del Señor que se desprende del crucifijo frente al cual ella rezaba. Este portento, tan bello signo de amor para los siglos venideros, fue uno de los peores tormentos físicos de la santa, ya que el dolor desde ahí en más fue constante y cruel, agregándose el hecho de que la herida despedía un olor tan espantoso que las mismas monjas de la comunidad decidieron aislarla totalmente.

Fue tan sumisa en su vida a la voluntad de Dios, que llegado el momento final, Dios la premió sujetándose Él a sus deseos de moribunda. Es por esto que ante su anhelo de comer higos y tener rosas en pleno invierno el Señor permite que la higuera trabaje fuera de época dándole su precioso fruto a la débil enferma, y la corola de la rosa se abre para engalanar a la sierva del Señor. A su muerte un sublime aroma de rosas invadió la habitación de la que durante años había estado aislada por los malos olores de su frente, y las campanas de la iglesia repicaron solas de alegría, pues la que había seguido las pisadas de su Amado Dios había llegado a la morada eterna, Rita, por su obediencia perfecta a la voluntad divina, había entrado al Cielo.

Que ella, al igual que nuestra Madre la Virgen sean para nosotros estímulo a la hora de dejar que Dios nos marque el camino. Nos alcancen ambas la gracia de nunca cambiar los planes que el Señor ha trazado para nuestro bien, aunque nos parezcan misteriosos.

 

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El amor de los Santos Pedro y Pablo

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Celebramos ya en este día la Misa de la Vigilia de los Príncipes de los Apóstoles, San Pedro y San Pablo. Son ellos las cabezas de la Iglesia, las columnas. De hecho su nombre de príncipes significa eso: gente de principios, los primeros y también los principales.

El Evangelio de este día nos daba en la figura de San Pedro la clave de interpretación de estas dos vidas entregadas absolutamente en todo al servicio del Señor Jesús.

La triple pregunta de Cristo sobre el amor de Pedro encuentra una segura y humilde respuesta. Ya no es la respuesta segura y soberbia del Pedro de antes de la Pasión. Sino una respuesta firme, pero humilde. Como quien dice: “te amo, y quiero servirte en todo y hasta el final, aunque tengo bien en claro lo débil que soy.

Es el amor lo que nos permitirá entender a estos hombres. Ellos se han convertido en estrellas refulgentes para la Iglesia, cosa que brota de un amor ardiente a su Maestro. Así los que tan diferentes se mostraron en su vida se vieron unidos por un común amor. Pedro era de cuna humilde, de la despreciada Galilea, ciudad de incultos. Pablo era de buen pasar, de la esplendente Tarso, cuna de la cultura en su zona. Pedro estuvo con el Mesías el tiempo de su vida en la tierra, Pablo lo conoció sólo por la predicación de Esteban y Ananías. Pedro fue en su primera época un hombre impulsivo pero falluto, Pablo siempre buscó servir a Dios, aun cuando perseguía a los seguidores de Jesucristo. Pero, más allá de tantas diferencias, el común amor a Cristo los constituyó en jefes de la naciente Iglesia: uno en cuanto cabeza de la misma, otro en cuanto instrumento elegido por Dios para llevar la buena nueva a los gentiles.

Tanto se habla de amor en nuestros días a la vez que ese amor brilla por su real ausencia. Pedro entendió lo que significaba amar a alguien, y amó con todas sus fuerzas. Pablo, el hombre que no sabía de otra cosa que de amores apasionados al encontrar el amor de Dios permitió que ese amor lo desgarrase.

Tuvieron un amor auténtico, ese amor del que no se habla, sino que simplemente se lo vive. Ese amor que crea fuerzas para afrontar lo que venga, sin importar qué sea. Ese amor al que viéndolo de lejos se le teme, pues te hará sufrir necesariamente.

Basta mirar por arriba un poco sus vidas. Fueron hombres perseguidos, despreciados por su amor. Y ellos, en vez de acobardarse y dejar a su amado, más se fortalecían de día en día. A tal punto llegó ese amor que Pedro luego de ser azotado salía contento de haber sido hallado digno de sufrir algo por Cristo, y Pablo, no encontraba más gloria que en sus sufrimientos, en ser tenido, como él mismo decía, como desecho del mundo.

No podemos menos que admirarnos de amores tan apasionados. Amores verdaderos. Amores sin placeres. Amores de desgarramiento, ya que todo lo dieron por Cristo, todo: su fama, su salud, sus familias, su patria, su integridad física.

No cabía en sus cabezas otra cosa que el llegar a Cristo, poseerlo por la eternidad. Y corrían detrás de Él aun cuando Él aparentemente los hacía sufrir. Fueron hombres íntegros, sin doblez, enamorados, celosos de su Dios. A cada paso perdían algo, pero ellos se alegraban porque sabían que el premio del que todo lo deja por Cristo es la misma eternidad.

Un día Pedro arreglaba las redes de pesca en su barca, y lo invitaron a dejarlo todo por el Señor al que tanto el pueblo había esperado. Pedro no dudó. Pedro lo dejó todo por Cristo. Como se dice, quemó su barca para no tener ni siquiera la tentación de mirar atrás.

Pablo era un celoso de la gloria de Dios, y por ese celo galopaba hacia Damasco. Pero no se esperaba que Aquel a quien iba persiguiendo terminara capturándolo a Él. Cristo lo llamó, y él no se hizo rogar. Todo lo dejó Pablo por Cristo.

Son estos hombres ejemplos preclaros para aquellos que están en edad de elegir qué camino tomar. Pues no esperaron un segundo, vieron que era lo mejor y corrieron detrás de eso en una carrera que les duró toda la vida.

Son tan grandes sus ejemplos que hasta aparece la tentación de decir: “así se amaba antes”. Pero es una tentación, porque así también se debe amar ahora. Cristo sigue invitando. Él llama a cada corazón. Y a la mayoría los llama a un seguimiento total, como el de Pedro y Pablo, el problema es que la mayoría no sabe amar, y por ello tampoco sabe responder al Señor.

Hay tantos chicos y chicas que se preguntan una y otra vez por la vocación, creyendo que siendo algo muy sagrado tienen que tener una segura confirmación de ella. Pero no es así. La pregunta a la vocación en realidad es la siguiente: ¿cuánto estás dispuesto a dar por Cristo? Si tu amor es como el de Pedro y Pablo lo darás todo, y correrás detrás de Él aun cuando tengas que sufrir mucho por eso. Las almas grandes no se acobardarán ante tal invitación, y con sed de Dios, como los príncipes de los Apóstoles, lo dejarán todo, quemarán sus barcas y su ser, y vivirán una gran aventura que les durará toda la vida. Esa aventura se llama amor.

La Virgen María, quien se complacía viendo la creciente entrega que los Apóstoles hacían a Cristo pueda también complacerse de nuestra entrega. Dios quiera y ella interceda para que sea total.

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Si conocieras...

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SI CONOCIERAS...

(Jn 4, 10)

 

Un rato de intimidad

 

¿Quieres, sacerdote mío, que echemos un rato de conversación aquí en mi Sagrario? De corazón a corazón.

¡Nos hace tanta falta a los dos ese ratito! A tí, para fortalecerte, orientarte y hacerte más bueno; a mí, para endulzar mis horas de abandono, para gozarme en hacerte bien y por ti a muchos hijos tuyos y míos y a los dos para desahogarnos y consolarnos mutuamente...

Porque la verdad es que quien dice Corazón de Jesús o corazón de sacerdote, dice penas, ingratitudes muy negras, de espinas muy punzantes, de hieles muy amargas.

¡Mira que llueven dolores sobre nuestros corazones!

Yo desde mi sagrario y tú desde tus ministerios podemos todavía repetir la queja y la pregunta del profeta: O vos omnes qui transitis per viam, attendite et videte si est dolor sicut dolor meus. (Lam 1, 12).

 

Las penas de los dos amigos

 

En verdad que no hay en la tierra dolor como nuestro dolor.

Y, ¡qué! ¿hemos de ser hermanos en el padecer y no en el desahogarnos?

¿Nos han de unir las desolaciones y no los consuelos?

Y mi Corazón, a pesar de las hieles que lo inundan, ¡los tiene guardados tan ricos y suaves para sus sacerdotes!

Sí, sí, sacerdote mío, nos hace mucha falta a los dos el rato de de conversación a que te invitaba.

Tenemos que hablarnos los dos, ¡los dos!, ¿te enteras? Tú me hablas y yo seré todo oídos para escuharte, y cuando te hable, calla tú y manda callar todo lo que levante ruido en tu corazón.

Y hemos de hablarnos en mi Sagrario, ¡no faltaba más! ¡Si para eso he hecho el Sagrario! ¡Si para que en todo el orbe pudieran mis hijos hablar y estar conmigo he hecho tu sacerdocio! ¡Como que tu sacerdocio se ha creado para perpetuar mis sagrarios en la tierra!

De modo, ¡que en nuestro sagrario!

 

Una queja

 

Déjame que preceda a nuestra conversación una queja que tengo de muchos de mis sacerdotes.

¡Los veo muy poco por mis sagrarios!

Los veo en las bibliotecas y en las aulas aprendiéndome, en los púlpitos y en la propaganda enseñándome, los veo en diversidades de lugares haciendo mis veces, los veo también ¡qué pena! en los lugares en los que no tienen que aprenderme, ni hacer nada por Mí.... y, sin emabargo, por mis sagrarios, ¡los veo tan poco! y a ¡tan pocos!

¿Verdad que tengo motivos para quejarme?

 

¡Si conocieras...!

 

¡Si conocieras, sacerdote mío, lo que se aprende leyendo libros, estudiando cuestiones, esaminando dificultades a la luz de la lámpara de mi Sagrario!

¡Si supieras la diferencia que hay entre sabios de biblioteca y sabios de sagrarios!

¡Si supieras todo lo que un rato de sagrario de de luz a una inteligencia, de calor a un corazón, de aliento a un alma, de suavidad y fruto a una obra!

¡Si supieras tú y todos los sacerdotes el valor que para estar de pie junto a todas las cruces infunde ese rato de rodillas ante mi sagrario!

¡Ah! Si se supiera prácticamente todo esto, ¿cómo se verían mis sagrarios tan vacíos de sacerdotes y en cambio tan llenos los círculos de recreos, los paseos públicos, y alguna vez... hasta los cafés, los cines y teatros?

¡Si supieran! ¡Si supieran!

Los diez, catorce años de Seminario, ¿qué otro fin tenían sino enseñar por todos los medios y modos ese saber y sabor de lo que es mi sagrario? ¿Qué ha quedado de la formación eucarística del Seminario? ¿Qué lugar ocupa en tu alma el Sagrario de tu parroquia, de tu IGlesia, y que lugar ocupas tú en ese Sagrario? ¿El primero como debe ser?, ¿el de uno de tantos? ¿ninguno?

¡Qué buenas preguntas para tiempos de retiro!

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Responda cada uno como le sugiera el Espíritu Santo. Pudiera ser buena respuesta la recitación lenta y paleada del Salmo 41: Quemadmodum desiderat cervus ad fontes aquarum...

 

Obispo M. González. EL CORAZÓN DE JESÚS AL CORAZÓN DEL SACERDOTE.

Ediciones "El granito de arena" pág.5-8

Tomado de http://annussacerdotalis.blogspot.com/2009/08/beato-manuel-gonzalez-obispo-el-corazon.html 

 

 «Porque no está la falta, Dios mío,

en no nos querer tú hacer mercedes de nuevo,

sino en no emplear nosotros las recibidas sólo en tu servicio,

para obligarte a que nos las hagas de continuo».

(Noche oscura, canción II, l. 2, c. 19)

 

Juan de la Cruz es un santo «macizado»[1]. Los mil ribetes de que está hecha su personalidad se integran en él de modo jerárquico («concéntrico» dijera Kierkegaard[2]), como «material bien unido y apretado», fundados en la necesaria unicidad de la mejor parte: el amor en el seguimiento de Jesucristo (cf. Lc 10, 41-42).

Su aspecto más humano es ya de una calidad excepcional. Tenía una madurez de criterio adelantada a su edad («de niño, tuvo ser de viejo» dice uno de sus primeros biógrafos[3]) y un muy llamativo talento para las artes y oficios prácticos[4], y para el trato con los demás[5]. Santa Teresa Benedicta de la Cruz asegura de él que «poseía una naturaleza de artista»[6]: fue un virtuoso de la música y el canto, y podía cumplir aventajadamente tareas de entallado, imaginería y construcción. A vista de sus pocos dibujos (el Cristo escorzado, por ejemplo, o el dibujo del Monte), y con el aval de maestros como Sert y Dalí, afirman Efrén-Steggink que «estamos, sin duda, ante un artista creador, no inferior potencialmente a los mayores genios de la pintura»[7]... y fueron disciplinas en las que no se formó y que ejercía solamente de manera ocasional, por inspiración «artística».


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