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Ejemplo religioso de San Juan de la Cruz

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 «Porque no está la falta, Dios mío,

en no nos querer tú hacer mercedes de nuevo,

sino en no emplear nosotros las recibidas sólo en tu servicio,

para obligarte a que nos las hagas de continuo».

(Noche oscura, canción II, l. 2, c. 19)

 

Juan de la Cruz es un santo «macizado»[1]. Los mil ribetes de que está hecha su personalidad se integran en él de modo jerárquico («concéntrico» dijera Kierkegaard[2]), como «material bien unido y apretado», fundados en la necesaria unicidad de la mejor parte: el amor en el seguimiento de Jesucristo (cf. Lc 10, 41-42).

Su aspecto más humano es ya de una calidad excepcional. Tenía una madurez de criterio adelantada a su edad («de niño, tuvo ser de viejo» dice uno de sus primeros biógrafos[3]) y un muy llamativo talento para las artes y oficios prácticos[4], y para el trato con los demás[5]. Santa Teresa Benedicta de la Cruz asegura de él que «poseía una naturaleza de artista»[6]: fue un virtuoso de la música y el canto, y podía cumplir aventajadamente tareas de entallado, imaginería y construcción. A vista de sus pocos dibujos (el Cristo escorzado, por ejemplo, o el dibujo del Monte), y con el aval de maestros como Sert y Dalí, afirman Efrén-Steggink que «estamos, sin duda, ante un artista creador, no inferior potencialmente a los mayores genios de la pintura»[7]... y fueron disciplinas en las que no se formó y que ejercía solamente de manera ocasional, por inspiración «artística».

 

En cambio en el campo de la palabra –y especialmente de la palabra poética–, que ejercía por inspiración, digamos, «mística», y en el cual recibió una sólida formación, formal y doctrinal, clásica y cristiana; ha llegado a la cumbre, porque no ha habido jamás, dirá un crítico insigne, «un místico que uniera a la más alta contemplación la más alta intuición artística, como se unen en san Juan de la Cruz»[8]. Elocuente desde el púlpito («tenía suspensos e incansables a cuantos le oían»[9]) y notable por su prosa («lisa, llana, perfecta, precisa y exacta»[10]), se alzó soberanamente sobre todo modo de expresión en el recurso al verso lírico, del cual es el mayor exponente en lengua castellana (y quizás también a nivel universal, si exceptuamos las composiciones poéticas de la Escritura).

Y si a fuer de su talento y don natural (ejercitado y fructificado sobrenaturalmente) es ya digno de admiración y estudio, no lo es menos por su presencia y accionar históricos, y por su providencial misión magisterial y doctrinaria. Como maestro espiritual de la Reforma del Carmelo fue Juan de la Cruz actor principal en la historia de la construcción de la Cristiandad española en el Siglo de oro[11]; y como «doctor de la perfecta abnegación» fue «santo y maestro de la santidad»[12], y santo altísimo y altísimo maestro, de doctrina espiritual irrecusable y canonizada por la Autoridad de la Iglesia, al punto de aseverar el p. Lucinio del Santísimo Sacramento que, en «todas las contingencias de la vida espiritual es necesario su magisterio para los directores y para los dirigidos»[13].

Son todas diversas facetas. Son como laderas, cada una con su cima, o con sus filos enriscados, a partir de las cuales se puede atacar la altura mayor, integral, de ese ser personal elevado por la gracia y por la santidad a la Unión más íntima con su Hacedor. Juan de la Cruz es todas ellas: es un hombre cabal, un esteta, un maestro de oración y abnegación; psicólogo, filósofo, teólogo y místico; fundador y reformador; y un santo, por sobre todo un santo, y forjador de santidad. Y todas estas facetas llevadas a la excelencia y no disparadas hacia fuera sino hacia dentro, y hacia arriba, devueltas a su Señor, ordenadas por una vida de entrega total, de oblación y de deseo. Porque en medio de esas tantas labores tuvo una labor principal, y una preocupación única, que constituía su modo concreto de vivirlas todas, y de hallar por su medio el camino del propio y unitivo holocausto: su consagración como religioso en el Carmen Descalzo.

 

*  *  *

 

Fray Juan de la Cruz «vivió su vocación religiosa en plenitud; y la vivió aspirando a la unión con Dios, a una siempre mayor unión con Dios, “núcleo” y “centro más profundo” de su existencia personal y de todo su magisterio oral y escrito»[14]. Esa fue su preocupación y vocación esencial: la perfección como religioso y la perfección de la vida religiosa en su Orden. Fue el fin al que ordenó todo su talento y dote particular. Fue la vía que se fijó para andar a zaga de la huella[15] de «este gran Dios nuestro humillado y crucificado», porque había entendido «que esta vida, si no es para imitarle, no es buena»[16].

De su vida entera se transfunde a la doctrina de sus escritos esta intención inicial de configurarse con Jesucristo en su consagración. Para el p. José Vicente Rodríguez «la vida religiosa es el tema pleno de sus enseñanzas»[17]. Todas sus obras son, en sustancia, manuales de vida religiosa: las escribió para religiosos («los cuales, como ya están bien desnudos de las cosas temporales de este siglo, entenderán mejor la doctrina de la desnudez del espíritu»[18]),  y en ellas se encuentra cabal su modo de entender cada elemento de esta vida y su ideal completo, que es la abnegación de Cristo, revivida y expresada en nuestra conformación con Él[19]. Para quien no se ha consagrado en religión es también el camino, el de las nadas y las noches, único por el que va al encuentro más puro con Dios; pero para el religioso es más: es una obligación que tiene, por el compromiso de tendencia impostergable a la perfección asumido al profesar[20], y es su modo propio de santidad, porque es el modo propio de «Jesús, el Consagrado por excelencia»[21].

Tomados como guías específicos para la práctica de la vida religiosa cotidiana, los textos sanjuanistas adquieren una fuerza mucho mayor. La desnudez de espíritu y abnegación que en ellos se escribe se torna en buena hora, para quien se ha obligado a ello, «palabra aterradora», como bien lo dice el p. Alfonso Torres, pues es «cierto que quienes queremos andar por los caminos del espíritu tenemos miedo a un despojo tan radical»[22]. Pero hay necesidad de ello, y por eso este recurso al santo, a la «doctrina sustancial y sólida»[23] salida de su pluma, y al ejemplo de su vida, unificada en un empeño religioso ininterrumpido y sin miramientos, que podía cantar con toda limpieza:

«Mi alma se ha empleado,

y todo mi caudal en su servicio;

ya no guardo ganado,

ni ya tengo otro oficio,

que ya solo en amar es mi ejercicio»[24].

 *  *  *

 Vocación

Royo Marín resume el sistema místico de san Juan de la Cruz con un principio fundamental y único, tan sencillo como elocuente en su interpelación, que es el siguiente: Dios es Todo; la criatura, nada. De aquí siguen «dos grandes consecuencias»: que hay que desprenderse absolutamente de lo que es nada, y que hay que unirse íntimamente al que es el Todo[25].

Este esquema se aplica de modo especial a la doctrina sanjuanista sobre la vida religiosa, e implica una doble consideración: la prioridad absoluta de la Voluntad de Dios en la vocación personal y la necesidad de una cooperación propia por medio de un seguimiento que ha de ser fundamentalmente crucificado.

De joven tenía Juan de Yepes «pasión por lo heroico»[26], que es una natural inclinación (roborada en la escuela familiar y en especial por el ejemplo de su madre) a dar más y a darse más, a «dedicarse» en la atención del prójimo y en el servicio de Dios. Pero no fue esta aptitud para la entrega y prestación de sí la que lo decidió al ingreso en religión[27]. Tampoco puede atribuirse esta decisión, en última instancia, a la formación religiosa que había recibido como niño de la Doctrina y en su juventud con los jesuitas de Medina del Campo, con los cuales es muy probable que haya practicado los Ejercicios Espirituales de san Ignacio. Ni al entorno familiar (su hermano estaba muy cristianamente casado allí mismo, en Medina, por consejo de su madre[28]) ni humano (su protector Alonso Álvarez de Toledo, fundador del Hospital en el que Juan trabajaba como enfermero, lo quería para cura capellán[29]).

Todos estos factores fomentaron en él un deseo de mayor perfección, pero el motivo determinante fue el convencimiento de que era esta la Voluntad de Dios, manifestada en la oración. Había aprendido que es Su Divina Majestad el único que puede elegir y recibir en la «tal vida y estado»[30] y se lo pidió: «Rogaba con ansias al Señor fuese servido de encaminarle al estado de vida que más le hubiese de agradar»[31]. Y tuvo la respuesta también en la oración: «Andando el Siervo del Señor con continuos deseos de perfeccionar cada día más sus ejercicios en el servicio de Dios, absorto un día en la oración pidiéndole a Dios le encaminase en su servicio, oyó en su alma esta voz del Señor: habiendo tú abrazado la vida monástica, levantarás una nueva perfección»[32].

«Juan, por temperamento, era incapaz de tomar decisiones mediocres ni calculadas por razones oportunistas. En él era todo absoluto y llevado hasta sus últimas consecuencias»[33]. Una vez vio con claridad que Dios le tenía preparada la vida religiosa en el Carmen, la abrazó sin demoras ni lenitivos. Y en esa inmediatez del seguimiento de Cristo mostraba su primera convicción sobre la vocación: era la obra de Dios en él.

Todo el ejercicio de vida consagrada de san Juan de la Cruz hay que verlo con esta perspectiva: el santo es consciente de estar cooperando con el plan divino[34]. Esta afirmación puede parecer trillada si se la mira superficialmente, pero considerada en profundidad es apta para forzar en el alma del religioso un empeño radical. Porque lo hace ver que Dios trabaja por él no solamente al llamarlo e inspirarle su separación del mundo, sino también aparejándole una religión concreta, y las dificultades y las gracias concretas que en ella ha de encontrar, y los compañeros, y superiores, y destinos, y oficios, y todo lo que haga a su vida desde el momento de abrazarla resueltamente. Todo está pensado por Dios para la santificación personal del religioso, y para el cumplimiento de su misión en el mundo y en la Iglesia, al punto de poder decir de algún modo que el estado religioso ha sido creado para él, para que él se salve y santifique, y la tal orden y la tal comunidad han sido creadas también para él. Y en este sentido nadie puede arrancarle de lo prometido, por fuerzas que preste: «No me quitarás, Dios mío, lo que una vez me diste en tu único Hijo Jesucristo, en que me diste todo lo que quiero [...] Míos son los cielos y mía es la tierra; mías son las gentes, los justos son míos y míos los pecadores...»[35].

Todo es del religioso, para Juan de la Cruz, porque suya es la obra de Dios, puesta a su disposición. Solamente él (el consagrado), con sus infidelidades, puede aparatársela, y esto no sólo rehuyendo a la entrega, sino sobre todo tomando lo que entregó una vez hecha esta. Así se frustra el plan eterno, y se echan en balde las esmeradas preocupaciones de Su Divina Majestad. Este texto es muy claro al respecto: «... acaecerá que anda Dios ungiendo algunas almas con ungüentos de santos deseos y motivos de dejar el mundo y mudar la vida o estilo y servir a Dios, despreciando el siglo (lo cual tiene Dios en mucho haber acabado con ellas de llegarlas hasta esto, porque las cosas del siglo no son voluntad de Dios), y ellos allá con unas razones humanas o respetos harto contrarios a la doctrina de Cristo y su humildad y desprecio de todas las cosas, estribando en su propio interés o gusto, o por temer donde no hay que temer, o se lo dificultan, o se lo dilatan, o, lo que es peor, por quitárselo de su corazón trabajan»[36].

Es notable, y lo destaca un comentarista, la entidad que da Juan de la Cruz a los desvelos de Dios por sus almas predilectas, las elegidas, a las cuales esfuerza y anima con un desinterés estremecedor, y para las cuales como que se deshace en delicadezas de cruces y desasimientos, por medio de los que las configura con Sí en toda desnudez: «anda el Señor predicando actualmente a esas almas el evangelio de su seguimiento»[37].

Esta presentación, pues, de la vocación del religioso «como trabajo de Dios, estorbado y estropeado, insensatamente, por el hombre falto de sentido de Dios y de su espíritu iluminador y discernidor»[38], nos pone ya en la senda de una interpretación global de la vida religiosa como crucifixión y como misterio oblativo[39]. Porque la obra de Dios en el religioso consiste principalmente en ayudarle a morir (que es la obra que hizo Dios en Cristo, cuando estaba en Él, «reconciliando al mundo consigo y no imputándole sus delitos» -2Cor 5, 19): «De lo dicho tenemos figura en el libro de los Jueces (2, 3), donde se dice que vino el ángel a los hijos de Israel y les dijo que, porque no habían acabado con aquella gente contraria, sino antes se habían confederado con algunos de ellos, por eso se los había de dejar entre ellos por enemigos, para que les fuesen ocasión de caída y perdición. Y, justamente, hace Dios esto con algunas almas, a las cuales, habiéndolas Él sacado del mundo, y muértoles los gigantes de sus pecados, y acabado la multitud de sus enemigos, que son las ocasiones que en el mundo tenían (solo porque ellos entraran con más libertad en esta tierra de promisión de la unión divina) y ellos todavía traban amistad y alianza con la gente menuda de imperfecciones, no acabándolas de mortificar, por eso, enojado Nuestro Señor, les deja ir cayendo en sus apetitos de peor en peor»[40].

Dios se desvive, en conclusión, por el religioso al que llama, trabaja por él desinteresadamente[41]. Lo regala con una vocación que supera en obsequio a la misma creación desde la nada, porque poniéndolo en ella le pone en un ambiente sobrenatural[42]. Pero le pide una colaboración, que es como cortar un hilo, o un pelo. Esta es su grandísima cruz: «un hilo y un pelo», «pero, por fácil que es, si no lo quiebra, no volará»[43].

La lógica nacida, entonces, de aquella convicción de que es Dios el director y libretista de toda la vida consagrada, lleva de manera implacable a san Juan de la Cruz a reconocer en todas las situaciones que hacen diariamente a su vida religiosa, ese hilo y pelo que se debe quebrar irremediablemente para volar. Aplicación concreta hay, por ejemplo, en el documento titulado Avisos a un religioso para alcanzar la perfección[44], verdadera carta magna del ejercicio de la vida consagrada; allí da cuatro consejos, sobre los que habrá que volver: resignación, mortificación, ejercicio de las virtudes y soledad. Cuando recomienda la mortificación señala una inferencia manifiesta de lo dicho hasta aquí (y está puesto como mortificación bien propia del religioso): «... le conviene muy de veras poner en su corazón esta verdad, y es que no ha venido al convento sino para que le labren y ejerciten en la virtud, y que es como la piedra que la han de pulir y labrar antes de que la asienten en el edificio [...] ha de entender que todos los que están en el convento no son más que oficiales que tiene Dios allí puestos para que solamente le labren y pulan en mortificación, y que unos le han de labrar con la palabra, diciéndole lo que no quisiera oír; otros con la obra, haciendo contra él lo que no quisiera sufrir; otros con la condición, siéndole molestos y pesados en sí y en su manera de proceder; otros con los pensamientos, sintiendo en ellos o pensando en ellos que no le estiman ni aman»[45]. Un texto paralelo encontramos en las Cautelas contra los enemigos del alma (otra joya de la espiritualidad religiosa)[46]; con algunos nuevos matices: «... para librarte de todas las turbaciones e imperfecciones que se te pueden ofrecer acerca de las condiciones y trato de los religiosos y sacar provecho de todo acaecimiento, conviene que pienses que todos son oficiales que están en el convento para ejercitarte, como a la verdad lo son, y que unos te han de labrar de palabra, otros de obra, otros de pensamientos contra ti, y que en todo esto tú has de estar sujeto, como la imagen lo está ya al que la labra, ya al que la pinta, ya al que la dora»[47].

La palabra «labrar», en español, tiene el significado de «trabajar una materia reduciéndola al estado o forma conveniente para usarla»[48]. En este trabajo de labranza Dios es el artífice principal («es Dios el obrero de todo» dice en otro sitio[49]), y el religioso es la materia que ha de ser dispuesta por Él para el uso o misión conveniente, no según las propias miras sino atendiendo a las más altas intenciones de Quien lo labra. Juan de la Cruz entiende que todos los bienes que ha recibido y tiene (talentos personales, formación, virtudes y aptitudes naturales, gracias sobrenaturales, gracias gratis datæ, etc.) son parte de ese plan para el que ha sido llamado y a esa disposición los pone. Y entiende también que son parte de este «trabajo» que hace Dios sobre sí todas las contrariedades y objeciones, incomodidades, defectos, incomprensiones y malos tratos de parte de los más cercanos (como se demostrará más adelante), los ataques del demonio, los aparentes abandonos y sequedades en que lo deja Dios, etc.

Quienes entienden de este modo la acción divina en sí, no pueden responder más que con una fidelidad incondicional, de frente al bien que se les hace, y sobre todo de frente a los males que reciben, poniendo y ordenando todo al servicio de Dios, como «frailes de espera en Dios más que de trazas y provisiones»[50], con la conciencia de que todo lo que no es Él –lo quiera o no– «obedece a su potestad» y «está desnudo y abierto ante sus ojos»[51], y que por tanto «aunque la batería sea grande y de muchas maneras, todo se volverá en corona»[52] para los que perseveren fieles[53].

Para quienes, al contrario, no entiendan de este modo la vocación, «no había para qué venir a la Religión, sino estarse en el mundo buscando su consuelo, honra y crédito y sus anchuras»[54].

 *  *  *

 El Carmen o la Cartuja

De entre los jóvenes egresados del Colegio de la Compañía en Medina del Campo el año 1563, ocho eligieron la vida religiosa, cuatro en la Orden de Predicadores, 1 para la Orden de Frailes Menores y tres en el Carmen, de entre los cuales Juan de Yepes, que contaba 21 años (23 según Efrén-Steggink), y recibió en la Orden el nombre de Juan de Santo Matías[55].

Crisógono califica de «pura leyenda» algunas hablillas según las cuales Dios le habría revelado a Juan que ingresase en la Orden «más caída de observancia», para reformarla. Tampoco acepta «detalles milagrosos» en su elección, ni revelaciones expresas[56]. No tienen fundamento: «ni hubo revelación ni entra en el Carmen con propósitos reformadores». Los testimonios contemporáneos al santo apuntan, por otra parte, una motivación mucho más sencilla (y hasta más propia del modo que tiene Dios de mostrar su Voluntad[57]): el amor que el joven sentía por la Santísima Virgen, que dos veces le había liberado en persona de la muerte: «... la elección de la Orden de la Virgen del Carmen fue por pura devoción personal a la Sma. Virgen, una vez sabido que tenía que ser religioso»[58]; «se determinó a dedicarse todo al servicio de su Criador y de esta Señora, para gastar su vida sirviendo a la que se le mostraba tan Madre y dos veces le había conservado tan milagrosamente»[59].

Así se determinó, y él mismo dio testimonio de ello en muchas ocasiones. Pero su hermano Francisco añade que también le atrajo al Carmelo su deseo de «apartarse más y apretarse más»[60], es decir, que vio allí oportunidad de dar al servicio de Nuestro Señor y de su Madre toda su persona.

En el «ideal» carmelitano encontró un modo de llevar adelante sus aspiraciones interiores y sobrenaturales. Lo conocía, pero lo profundizó, siendo novicio, en la lectura y meditación de un volumen llamado Speculum ordinis, dentro del cual se incluía la Institución de los primeros monjes (Institutio), donde se consignaba el auténtico espíritu del Carmelo y el modo de vivirlo de los antiguos ermitaños de la Orden[61].

El presentado en estas obras era un ideal eremítico-contemplativo, presente en la Regla primitiva del Patriarca Alberto de Jerusalén, según las costumbres de los solitarios del Carmelo y el ejemplo de Elías y Eliseo (Cf. 2Re 6), aprobado en última instancia por el Papa Inocencio IV, que le había introducido algunos elementos cenobíticos. Estos textos primitivos habían caído en desuso tras la promulgación de una adaptación mitigada de la Regla, dada por el Papa Eugenio IV. Pero el ideal permanecía intacto, y no eran poco los carmelitas que aspiraban a la vida primitiva sin lenitivos. Por otra parte, la «mitigación» no dejaba de ser exigente y la Orden, bajo la segunda Regla, no sólo no se arruinaba, sino que se fortalecía y daba frutos[62].

A Juan, empero, le había tocado el corazón aquel primer ideal, que hizo suyo. Cuando años más tarde, en 1581, dirija la redacción de las Constituciones de la descalcez, quedará claro el modo en que había asimilado aquella primitiva observancia rezada en el Speculum, desde la indicación fundamental de vacar día y noche en «conversación celestial y sancta penitencia», hasta los detalles más sencillos, referentes a modo de vestir y de trabajar, a los momentos y lugares de soledad, al orden litúrgico (según el rito jerosolimitano), a la abstinencia perpetua, etc.

Al completar su año de Noviciado y profesar, fue trasladado para su formación teológica al Colegio de San Andrés que los carmelitas tenían en Salamanca, donde asistían a las clases de la Universidad. Por aquellos años, y quizás ya desde Medina, Juan obtenía permiso personal para ejercitarse en la observancia primera, sin dejar de formar parte de la comunidad, que se ejercitaba según la «mitigación». Cuenta el p. Jerónimo de San José que, por entonces, «le dieron licencia para que ajustado a la exterior vivienda de la Comunidad, siguiese y ejercitase en lo demás las observancias primitivas [...] Con esta licencia comenzó fray Juan a entablar y disponer su vida en tal forma, que, siendo en el hábito y ejercicios regulares de comunidad igual y semejante a todos, era en la perfección y rigor de ellos singularísimo y parecido a ninguno [...] Donde principalmente puso la mira y el cuidado fue en aquel capítulo de Regla en que se manda orar día y noche recogidos en la celda, y lo asentó en lo íntimo de su corazón, donde echó desde entonces tan hondas raíces, que vino a producir soberanos frutos de altísima contemplación»[63]. Sabemos también que esta elevada práctica de vida religiosa dio frutos inmediatos entre los que vivían con él: «sólo mirarla componía a otros, que se guardaban de hacer delante de él imperfecciones, viéndose como reprendidos de aquella imagen viva de modestia religiosa; y si desde lejos le veían que venía a pasar por junto a ellos, se mesuraban hasta que él pasaba»[64].

Tenemos pues que Juan de la Cruz –según aquellos que lo biografiaron– no hizo ingreso en los carmelitas con pretensiones de establecer una Reforma en cuanto tal y tampoco tomó escándalo de la generalizada mitigación de los miembros de la Orden; antes se enamoró de tal modo de la perfección a que lo alentaba el ideal en ella presentado (el espíritu del Carmelo), que buscó vivirlo de manera radical, para redimirlo en sí y redimir por medio de su fidelidad a sus compañeros de profesión: «no hay fraile que no diga bien de él» –afirmaba Teresa de Jesús refiriéndose a este tiempo– «porque ha sido su vida de gran penitencia»[65].

En este contexto hay que entender el suceso que relata la misma santa Teresa, acaecido en Medina del Campo en septiembre del año 1567: «Poco después acertó a venir allí un padre de poca edad, que estaba estudiando en Salamanca, y él fue con otro por compañero, el cual me dijo grandes cosas de la vida que este padre hacía. Llámase Fray Juan de la Cruz. Yo alabé a Nuestro Señor, y hablándole, contentóme mucho y supe de él como se quería también ir a los cartujos. Yo le dije lo que pretendía y le rogué mucho esperase hasta que el Señor nos diese monasterio, y el gran bien que sería, si había de mejorarse, ser en su misma Orden y cuanto más serviría al Señor. El me dio la palabra de hacerlo con que no se tardase mucho»[66].

El encuentro tuvo lugar en los días posteriores a la Primera Misa de san Juan de la Cruz en Medina, después de ser ordenado sacerdote en Salamanca y haber hecho profesión solemne para el Carmen. Teresa de Jesús estaba allí comenzando la segunda fundación de su Reforma de descalzas, que había dado inicio con la inauguración del Convento de San José, en Ávila, el 24 de agosto de 1562. Tras la reciente visita a España del Superior General de la Orden, fray Juan Bautista Rubeo, había obtenido de él permisos para fundar tantos monasterios de monjas reformadas «cuantos pelos tenía en la cabeza»[67]. Pero más le preocupaba iniciar reforma de los frailes y a mucho porfiar, e incluso siendo el p. Rubeo partidario, a su modo, del retorno a la observancia primera, alcanzó licencias para solos dos conventos, y sujetos a los Provinciales «calzados». Necesitaba ahora casa y monjes, y en esas estaba cuando Dios le preparó este encuentro decisivo[68].

Diferente era la situación de Juan[69]. Acababa de ser ordenado sacerdote carmelita, con el convencimiento pleno de estar obrando el plan divino para él. Ha vivido en Salamanca una vida de mayor austeridad y oración que la de sus pares, con la debida autorización, y esto le ha dado como rédito humano un notable ascendiente (antes de ser ordenado ya había sido nombrado Prefecto de los estudiantes, tarea de gran responsabilidad religiosa e intelectual). Pero halla que sus deseos de recogimiento no se pueden ver del todo satisfechos de continuarse así su vida. Al menos duda de eso, y no descarta, entonces, un futuro paso a la cartuja: «Anhela vida más retirada de la que ofrece el Carmen. Espíritu contemplativo, busca el retiro del mundo para entregarse a Dios en una vida de penitencia, oración y místico recogimiento»[70]. En el Carmen vive según el espíritu desnudo del Carmen, pero constituye una excepción, y está sujetado por la voluntad de quien debe autorizarlo.

Por Constitución apostólica del Papa Martín V, dada el 29 de julio de 1418, los trámites de paso desde cualquier Orden mendicante a la Cartuja estaban facilitados al máximo; solamente bastaba el deseo explícito del religioso y el convenio de los respectivos superiores. Muchos recorrían este camino en busca de mayor estado de perfección.

Esta realidad estaba tan a su vista como la verdad enseñada por santo Tomás de Aquino de que en ciertos casos «puede ser loable el paso de una religión a otra»[71]. Porque para él estaba claro que el ideal del Carmelo era, vivido en plenitud, tan esforzado como el de la Cartuja[72]; pero tenía ante sus ojos la defección a nivel general de aquel espíritu primero, oficializada por una nueva Regla, mitigada, aplicada a todos los miembros, de la cual había que «exceptuarse» para vivir en todo rigor las exigencias contemplativas que presentaban el Speculum y la Institutio.

Creo se trata de una purificación de su vocación. Ciertamente no era una decisión tomada, porque de lo contrario no se explica que esté matriculado ya en octubre para un nuevo curso en la Universidad, y tampoco sería propio suyo el no haber comunicado con sus superiores lo que luego dijo de primeras a santa Teresa. Efrén-Steggink hablan de sus inquietudes en base a la precariedad de la permisión personal que recibe para el ejercicio de la vida eremítica carmelitana: buscaba una solución más radical y no particular, y no descubría la posibilidad de hallarla tal cual estaba el Carmen convertido casi en una Orden mendicante. Pero, por otra parte, Dios no se manifestaba de otra manera; no le indicaba de ningún modo el paso que barruntaba dar como solución a sus desasosiegos. «Fr. Juan pensaba y pensaba, se angustiaba y lo encomendaba a Dios, que no pide imposibles, y si aquella era su vocación tenía que realizarse. No lo podía dudar en fe. Pero aquello, por entonces, parecía de todo punto imposible, según razón y según ley»[73].

El paso al desierto cartujano aparecía, pues, como la salida natural, pero se topaba con el escollo de su compromiso carmelita, y en el fondo con la prioridad del plan de Dios y la llamada de María Santísima: «... aquella solución facilona era imposible, le sonaba como a traición, se había consagrado muy a sabiendas a la Sma. Virgen en su Orden, y estaba marcado con aquel ideal. Era carmelita hasta los tuétanos, y todas sus actitudes, desde la toma de hábito, eran pasos hacia la meta final, revestirse definitivamente de la “forma de la Virgen María” y llegar a ser como ella, “que no tuvo en su alma impresa forma de alguna criatura ni por ella se movió, sino siempre su moción fue por el Espíritu Santo”. Es una frivolidad comparar su caso con el de la mayoría, que sólo aspiraba a un cambio de actitudes canónicas, sin la profundidad teológica que atañe al ser: los espíritus triviales podían cambiar de hábito o de Regla, como se cambia de camisa, porque “el hábito –decían– no hace al monje”. Para Fr. Juan aquel cambio era como si un escultor que ha esculpido una imagen de San Antonio Abad tiene que hacer de ella un Niño Jesús de cuna. Algo así, pero más aún»[74].

Visto así se comprende que este santo de decisiones tan meditadas y personalísimas haya pasado en un instante del deseo de «ir a los cartujos» a la confirmación de su persona para dar inicio a la reforma de los carmelitas descalzos. El conocimiento de los propósitos de santa Teresa (ya comenzados a poner en obra en las monjas) y la sorpresa de las patentes con licencia para dos conventos de «carmelitas contemplativos» (así los denominaba el p. Rubeo), hicieron lo suyo, como señales del austro eterno, que le recordaba los amores de su profesión inmutable. Pero más hizo su perseverancia en medio de la desazón y la unicidad irrompible de su amor y fe. Dios le había probado [«el que no ha sido tentado, ¿qué sabe?» (Sir 34, 9)], y en la experiencia del cierzo muerto de la inquietud y el abandono, de esa angustia espiritual en que se debatía por su ideal contemplativo, había encontrado un criterio superior.

Y es que la voluntad de Dios seguía siendo su único motivo, pero pasada la prueba se le clarificaba en una visión totalmente sobrenatural, y soberanamente realista (y tomista) de sí y de cualquier circunstancia que le pudiera atañer. Ahora se veía y veía todo desde Dios, con la mirada de Dios, asumiendo místicamente la verdad que en las aulas había aprendido en el plano especulativo: que «Dios ve todo simultáneamente, porque lo ve todo en uno, que es su propia Esencia»[75]. «La pureza de la sabiduría divina hace que, viéndose una, se vean otras muchas cosas en ella»[76].

Como explica santa Teresa Benedicta de la Cruz, el «espíritu humano, en cuanto espíritu, está hecho conforme al modelo de un ser imperecedero, inmutable» y manifestación se ve de esto «en la inmutabilidad que atribuye a sus propios estados anímicos», lo cual no deja de ser «una ilusión, puesto que el espíritu en su existencia temporal se halla sujeto a mudanzas»[77]. Del mismo modo tiende el hombre a considerar inmutables y eternos sus propios criterios, y las decisiones que toma. Y cuando la realidad de sus propios límites lo desencanta de esa ilusión de ser necesario, la tendencia entonces es a aplicar a Dios su propia volubilidad, para convencerse de que quien cambie es Él y no tener que aceptar la propia contingencia: «muchos de éstos querrían que quisiese Dios lo que ellos quieren, y se entristecen de querer lo que quiere Dios, con repugnancia de acomodar su voluntad a la de Dios. de donde les nace que, muchas veces, en lo que ellos no hallan su voluntad y gusto, piensen que no es voluntad de Dios; y por el contrario, cuando ellos se satisfacen, crean que Dios se satisface, midiendo a Dios consigo, y no a sí mismos con Dios, siendo muy al contrario lo que él mismo enseñó en el Evangelio (Mt 16, 25), diciendo que el que perdiese su voluntad por él, ese la ganaría, el que la quisiese ganar, ése la perdería»[78].

Cuando el alma del religioso logra purificarse (con la ayuda de Dios) de estos criterios naturales, hechos de razones y juicios tan razonablemente humanos, y adquiere la visión o criterio sobrenatural de toda su vida, «entonces verá claro cómo, aunque le parecía que acá se movía Dios en ella, en sí mismo no se mueve»[79]. Y verá que puede no moverse, siempre y cuando se enraíce en Dios [y echar raíz debería ser toda profesión religiosa] y sea fiel, con Su favor: «Quien busca radicalmente el bien, es decir, el que está dispuesto a hacerlo en todo momento, ha tomado ya su partido y ha depositado su voluntad en la voluntad divina»[80].

Juan de la Cruz era consciente de que su estado religioso en el Carmelo lo había «prometido a Dios» y no a los hombres[81], y por tanto no había manera de abandonarlo por las imperfecciones o pecados de los demás hombres, ni por los propios, y no había dolo ni engaño que valiese, porque «Dios no se mueve»[82] y nadie ni nada podía quitarle ni su vocación trascendente ni la capacidad de su entrega sin reserva, porque todas las cosas (incluidas imperfecciones, relajaciones, malos tratos, pecados y manifiestas injusticias), juzgadas desde Dios, y según el sentir de Dios, espiritualmente (cf. 1Cor 2, 15), no son peso suficiente para hacer mudanza en quien estaba convencido «de que todo lo que por él pasare, próspero o adverso, viene de Dios»[83] y se mide con Dios, dado que «los bienes no van del hombre a Dios, sino vienen de Dios al hombre»[84].

Quien siendo religioso no comprenda que su vocación es perdurable, porque al profesar manifestó una voluntad inmutable de estarse en el servicio de Jesucristo, con su ayuda y gracia, sin defeccionar del carisma y lugar particular que Él le ha pensado de antes de los siglos, para ese tal «no había para qué venir a la Religión, sino estarse en el mundo buscando su consuelo, honra y crédito y sus anchuras»[85].

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 III. El Magisterio espiritual de la Reforma

Con justicia se considera a san Juan de la Cruz junto con santa Teresa de Jesús como reformadores de la Orden del Carmen. De todas formas, no puede decirse que sean reformadores en el mismo sentido, o al menos no son reformadores iguales; sí encabezan una reforma «conjunta», con papeles personales y diversos. Teresa es la fundadora, la que recibe la moción o carisma para la inauguración y el espíritu de la descalcez; y Juan es –además del primero de los frailes incorporados oficialmente a ella– quien cumple el «oficio de maestro espiritual de la Reforma»[86], el dueño de «las primicias, las riquezas y el valor del espíritu carmelitano».

Para la santa era un «padre», y en verdad lo fue de ella y de todo el movimiento de retorno al primer ideal, que era también el suyo[87]. «En Juan de la Cruz pudieron contemplar la imagen viva del carmelita descalzo cuantos y cuantas de la Orden le conocieron y trataron de cerca»[88].

Del punto de vista jerárquico jamás ocupó el primer puesto de la Orden reformada, aunque sí tuvo diferentes cargos de autoridad a lo largo de 23 años, desde que se descalzase en noviembre de 1568, hasta su muerte en diciembre de 1591: fue el primer Maestro de novicios en Duruelo y Mancera, y luego en Pastrana, Rector de los colegios de Alcalá de Henares y Baeza (éste último el único Convento directamente fundado por él), Vicario del Convento del Calvario en Jaén, Prior del Convento de los Mártires en Granada y luego del Convento de Segovia, Vicario provincial por algún tiempo de Andalucía, y al establecer el p. Nicolás Doria el gobierno de la Consulta, Presidente de ésta en ausencia del Superior General. Pocos meses antes de morir, el Capítulo de Madrid lo despojó de todo cargo y lo destinó a Nueva España (Méjico), a donde no pudo partir por su ya debilitada salud, siendo trasladado primero a La Peñuela, en Jaén, y luego al Convento de Úbeda, en el que murió. Fue además, en muchas ocasiones, capellán y director espiritual de los conventos de monjas reformadas.

Cumplió pues una misión directriz pero no principalmente gubernativa, sino más ejemplar y magisterial, por medio de la renovación de los principios y tradición del Carmelo en los monasterios y casas en que estuvo, y por la educación de los carmelitas a su cargo en el auténtico ideal contemplativo y crucificado de la Orden.

Relata el p. Crisógono un periodo que en sí cifra toda la actividad de Juan de la Cruz como formador espiritual de los descalzos[89]. Es el año 1570. Un año antes había fundado santa Teresa en Pastrana el segundo Convento de descalzos, en el cual había colocado a dos ermitaños italianos, fray Ambrosio Mariano de San Benito y fray Juan de la Miseria, a quienes los príncipes de Éboli habían donado una ermita que transformaron en Carmelo, incorporándose a la Reforma encabezada por la santa. La cercanía de este eremitorio con Alcalá, ciudad universitaria, floreciente entonces y llena de juventud animada, hizo que pronto se multiplicasen las vocaciones. Se transformó Pastrana en un Noviciado mayor que el de Mancera de Abajo, a donde se había trasladado la primitiva comunidad de Duruelo, y donde en octubre de aquel 1570 habían profesado ya los dos primeros novicios de la descalcez, en manos de su Maestro, que firma el acta, fray Juan de la Cruz. Pero Teresa de Jesús teme que los fervores de los nuevos ermitaños puedan «desfigurar la vida descalza» y considera «necesaria una dirección auténticamente carmelitana» (110), que los encauce. «La madre Teresa estima urgente la presencia de fray Juan de la Cruz, gran reformador de espíritus, poseedor del secreto de la auténtica vida carmelitana descalza» (111); así lo comunica al p. Antonio de Jesús, superior de Mancera, y éste hace poner en camino al santo, que se llega a Pastrana y «organiza el Noviciado al estilo del de Duruelo y Mancera. Da normas, establece prácticas de mortificación común y deja de viva voz documentos de perfección espiritual» (113).

Pasado un mes, retorna a su Convento pero pronto es nombrado Rector del primer Colegio de descalzos, en Alcalá de Henares, «que promete ser de gran trascendencia para la descalcez» (114). Es abril de 1571. Su rectorado da frutos a poco comenzar; él da ejemplo y «gana muchos estudiantes para la Reforma». A los que están a su cargo les imprime un lema: «Religioso y estudiante, religioso delante», con el cual busca enseñarles que los años de estudio no son vacaciones de la vida religiosa y carmelita. «Y les encarga que, aunque mueran en el empeño, sigan armonizando el estudio con aquellos fervores monásticos» (118). Sus súbditos extasían a todo Alcalá pero al mismo tiempo, y enardecido por la afluencia grande de vocaciones, un novel Maestro de novicios, en Pastrana, está produciendo un descalabro: penitencias extraordinarias y extenuantes, apostolados multiplicados inopinadamente y que hacen que los novicios «no paren en el convento» (119) y un ambiente de misticismo que rayana lo ridículo hacen que corra peligro el modelo de la Reforma (implantado poco ha por fray Juan y querido por santa Teresa) y que muchos de los jóvenes se sientan intranquilos y en su docilidad y humildad crean que han elegido el camino equivocado. Entonces nuevamente se llega fray Juan, esta vez por su cuenta propia, seguramente a primeros de 1572, e interviene moderando salidas, penitencias y ejercicios de prematuro celo. El maestro de novicios escribe entonces a santa Teresa, criticando este proceder del santo, y la santa envía su carta al dominico p. Domingo Báñez, cuya respuesta fue «la más cálida y rotunda confirmación de los procedimientos de fray Juan de la Cruz»; allí escribe Báñez: «El fraile y monje no tiene necesidad de buscar ejercicios ajenos; siga su profesión y calle, que sin que el mundo vea sus mortificaciones será santo...» y más adelante, refiriéndose a fray Ángel, el imprudente Maestro: «Muy resuelto está para ser, como dice, tan nuevo y sin experiencia. Si busca mortificación, ésta lo es de veras: creer que se engaña» (120-121). No nos llegó lo que por entonces dijo Juan en Pastrana, pero su doctrina no era diferente que la del dominico Báñez. Es la misma doctrina que utiliza para deshacer una vez más el entuerto y regresar a su puesto: «El fervor, el retiro, las penitencias razonables, las santas costumbres establecidas por fray Juan de la Cruz, hacen de aquel Noviciado el gran plantel de la Reforma» (121).

Con detenimiento seguimos este proceso de casi dos años por lo iluminador y en parte paradigmático del caso, y por ser de los inicios, donde se fragua mucho del espíritu de las realidades carismáticas que el Espíritu sopla en la Iglesia. Fray Juan de la Cruz forjaba entonces a los descalzos en su propio «estilo», que es el espíritu (carisma) aplicado y vivido, y luego transmitido como particular y propio, y que implica una tensión particular y propia y una distensión también particular y propia, que no son la misma tensión y distensión que se viven y aplican en otras realidades carismáticas distintas. Por esa razón había querido santa Teresa que en 1568, antes de fundar los frailes, viajase fray Juan con ella y con las monjas que fueron a fundar en Valladolid, «para que llevase bien entendidas todas las cosas, ansí de mortificación como del estilo de hermandad y recreación que tenemos»[90]. Porque sabía la Madre que una vez aprendido por fray Juan ese estilo de «tanta moderación», «históricamente arraigado en la tradición de la Iglesia»[91], cobraba por el vigor del alma de aquel monje una tendencia a lo máximo que la misma letra de la Regla no podía mostrar mejor: él era «para los demás, como Regla viva»[92], y una Regla exigente, por cierto.

En todos sus años como superior y director espiritual de religiosos y religiosas carmelitas se entregó a continuar la promoción de este mismo espíritu, que informaba todos los actos de su observancia, y que antes que con la palabra promovía con su propia vida[93]. Según oficio y situaciones su intento fue siempre que quienes vivían con él, y súbditos y dirigidos, se informasen del mismo modo de ese espíritu, seguro de que en ello iba más fruto que en tantas otras prácticas personales y privadas[94].

Habría que utilizar muchas más páginas para describir acabadamente toda su obra en el gobierno material y espiritual de los monjes: basta con decir que su acción abarca desde los oficios más humildes, en los que se implicaba con toda naturalidad, trabajando incluso en la edificación y adorno de las iglesias y Conventos[95], hasta las alturas a que remontaba a los suyos con instrucciones casi diarias, en pláticas espirituales, sermones, correcciones personales, y consejos ocasionales[96]. En cada acto era el primero, y exigía que se le siguiese el paso según la Regla[97]. Para recibir nuevos candidatos prestaba mucha atención a su capacidad de humillación, probando a algunos de manera aparentemente irracional, pero obteniendo siempre buenos frutos, con la convicción de que no había carmelita si no aprendía tenerse en nada, y a servir él a la Orden y no a servirse de ella[98]. Sabía, de todas maneras, cuando no ceder y cuando sí, y se mostraba muy paternal con quienes atravesaban dificultades, y eran interior o exteriormente probados: no ahorraba gastos para regalar a los enfermos y él mismo se ponía a su servicio[99]; no tenía tampoco problema en sacar a pasear a un fraile que veía estaba triste, para conocerle el alma, y lo mismo hacía periódicamente con toda la comunidad, «para evitar que, si les deja mucho en el Convento, tengan ganas de salir de él»[100]; sabía en sus conversaciones enseñar y distraer y traía a los religiosos en torno de sí siempre[101].

Fue un verdadero padre, que «gobernaba con toda su persona, viviendo de lleno lo que componía su vocación»[102], y por eso fue también un verdadero maestro. Dijimos que el tema pleno de sus obras escritas es la vida religiosa, porque este era el tema pleno de toda su vida. Los destinatarios de sus obras eran los religiosos, porque eran su máxima preocupación. Los ejemplos en su obra se aplican a religiosos (apego a libros, celdas, modos de devoción y penitencias, tipos de amistades, etc.[103]) y se destaca que son ellos los que están puestos en este camino, por su propio género de vida y la obligación de su estado de perfección. La génesis de sus escritos delata lo mismo, pues se originaron en la instrucción religiosa que hacía a carmelitas frailes y monjas. Hasta el Dibujo del Monte fue hecho con este fin.

Naturalmente su adoctrinamiento oral no ha quedado del todo registrado, aunque sí hay testimonios de haber sido siempre el mismo, conciso, espiritualmente recio, y completo desde el inicio[104]: fundado en el desasimiento de todo lo que no es Dios con el único objeto de unirnos a Él. Este es también el eje y mensaje único de todas sus obras escritas, que nacían de esas explicaciones y canciones orales: la unión, el matrimonio con Dios, por medio de las nadas. No otro es el compromiso irrecusable del carmelita, y de todo religioso, en definitiva: dejarse redimir hasta el más profundo centro del alma, dejarse desposar. Este era su magisterio cotidiano, con el que formó el espíritu de la Descalcez, un magisterio vivo, siempre haciéndose desde el mismo punto de partida y con el mismo punto de arribo, digamos que profundizándose y casi accidentalmente detenido en un papel.

Para explicar la esencia de ese magisterio sanjuanista podemos recaer en el ya citado opúsculo titulado Avisos a un religioso, que contiene una visión general del santo sobre el estado religioso, y un muy filoso concepto de la perfección a que debe levantarse quien lo profesa. «Cualquiera de sus cuatro Avisos contiene virtualmente toda su doctrina» dicen Efrén-Steggink[105]. En ellos está concentrada la sustancia de la respuesta que ha de dar el religioso a Dios que lo llama y que le depara todo un modo de vida en el cual santificarse, según el ejemplo y manera de Jesucristo. Son implicancias de la vocación, o avisos de fidelidad, a ejercitar «con grandísimo cuidado» (n. 1)[106].

El primero es resignación (2), o «santa indiferencia», como le llama el p. J. V. Rodríguez[107]. Propiamente es indiferencia santa respecto de lo que sucede por la libertad de los demás miembros de la propia Religión, o el propio Convento, al punto de estar «como si otra persona en él no viviese». En la segunda y tercera de las Cautelas contra el mundo, cuyo tema general es el desasimiento, recoge la misma argumentación, y alerta: «jamás te escandalices ni maravilles de cosas que veas ni entiendas, procurando tú guardar tu alma en el olvido de todo aquello»[108]. La resignación consiste fundamentalmente en la actitud interior de no juzgar a la comunidad ni a religioso en particular, si no se tiene el oficio para ello; y no proferir el propio juicio «ni con color de celo ni de remedio, sino a quien de derecho conviene, decirlo a su tiempo»[109]. Su fruto es «el sosiego y quietud del alma, con mucho aprovechamiento delante de Dios y de los hombres» (2), y la prevención de muchas caídas. El silencio interior (y también exterior) sirve como termómetro de la práctica de este consejo.

El segundo de los Avisos ya se comentó arriba, y es el que hace referencia a la mortificación propia de la vida consagrada que es el dejarse labrar por Dios y sus oficiales, que en definitiva son todas aquellas cosas que nos mortifican, y que están permitidas y en cierto sentido queridas por Dios para nuestra penitencia interior, que es la más valiosa. Se manifiesta en la serenidad y alegría («quietud interior y gozo en el Espíritu Santo») con que se vive toda situación en cada día. «Por no entender muchos religiosos que vinieron a esto, sufren mal a los otros; los cuales al tiempo de la cuenta se hallarán muy confusos y burlados» (4).

El tercero de los Avisos es ejercicio de virtudes, que consiste en la perseverancia y fidelidad en cada una de las acciones del consagrado, sin poner «ojos en el gusto o disgusto que se le ofrece en la obra para hacerla o dejarla de hacer, sino la razón que hay de hacerla por Dios» (5). Procede de la conciencia que se tiene de haber inmolado la propiedad de todas sus obras en el acto de profesar y en este sentido abre a la posibilidad de una inmolación siempre mayor, no sólo aceptando sino queriendo «más a lo dificultoso que a lo fácil, a lo áspero que a lo suave, y a lo penoso de la obra y desabrido que a lo sabroso y gustosos de ella, y no andar escogiendo lo que es menos cruz, pues es carga liviana (Mt 11, 30); y cuanto más carga, más leve es, llevada por Dios» (6)[110].

En cuarto lugar señala el santo la obligación de la soledad que nace en el desasimiento total «de las cosas de allá fuera, pues Dios te ha ya sacado y descuidado de ellas» (8), y en el olvido de todo lo que no sea Dios mismo, porque es Dios quien se ha elegido y separado al religioso para sí, para que sus obras las haga no para ser visto sino por Él «y se las ha de pedir todas el día de su cuenta» (8). La continuidad y el progreso en la oración son la muestra del camino de la soledad, que siempre es necesaria a quien quiera vacar en Dios, aun en medio de muchas ocupaciones que le imponga la obediencia (9), en todas las cuales no buscará «saber cosa, sino sólo cómo servirá más a Dios y guardará mejor las cosas de su Instituto» (9). La primera acepción de «guardar» es «tener cuidado de algo o de alguien, vigilarlo y defenderlo».

Juan de la Cruz sabía que guardaba a su Instituto con estos consejos y con la doctrina que en él vivía y en ellos enseñaba, porque más hace por su propia casa quien se santifica en obediencia que quien quiere encaramarla con el ejercicio de sus dones por propia voluntad y por propio bien. A éste tal mejor le era no «venir a la Religión, sino estarse en el mundo buscando su consuelo, honra y crédito y sus anchuras»[111].

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 El ejercicio de la cruz

Entresacando de diversos elementos ya señalados podemos decir que para san Juan de la Cruz la vida espiritual de cada cristiano consiste en un proceso de unión del alma y Dios. Esta unión la compara el santo a un desposorio, en el cual intiman la Voluntad salvífica de Dios, y específicamente de Jesucristo, y la cooperación del hombre (que aún es don), basada en la renuncia de todo lo que no sea Él. La unión mística es el fin pleno de la redención, y el ejercicio de la cruz el medio privilegiado en el cual y por el cual el matrimonio transformante se realiza.

La vida religiosa, en la mente del santo, no se diferencia de este camino, pero constituye el modo limpio de transitarlo, por la renuncia incluso práctica («actual» en vocabulario ignaciano) de los obstáculos para ella; y el modo privilegiado, por lo total del compromiso que se adquiere sobre todo en relación con la persona de Cristo, el gran actuante de la redención que es unión personal por medio de la cruz[112]: «Si redimir es desposar, profesar la vida religiosa es dar a la redención una plenitud dentro de las dimensiones del misterio de Cristo, que, en su realidad eclesial es un misterio nupcial»[113]. De aquí que se le llame, como en promesa, «estado de perfección, que consiste en perfecto amor de Dios y desprecio de sí»[114].

El religioso tiende irrecusablemente a este estado de ser perfecto y por esto debe afrontar las noches activas y pasivas como momentos propios de su vida consagrada. En este sentido la cruz, y el ejemplo de Cristo puesto en ella, resumen la doctrina de los Avisos: en cada uno de ellos se contiene potencialmente «todo» Juan de la Cruz, porque en todos ellos se contiene la cruz, y la cruz es el Aviso, por excelencia, de la enseñanza sanjuanista. La vida religiosa es para él un ejercicio in voto de la cruz, como la Encarnación lo fue para Jesucristo (cf. Heb 10, 7-9). Que sea un medio de unión querido por Dios (se entiende así la expresión vocación) pone a la vida religiosa en contacto íntimo con la práctica purificadora de las virtudes teologales. Y el hecho de ser un ejercicio de crucifixión le ubica en ambiente de combate sobrenatural, contra los tres enemigos del alma, que quieren atarla y quitarle su propósito unitivo; en el documento titulado Cautelas refiere el santo tres advertencias contra estos tres enemigos: al mundo opone el desasimiento de la pobreza, al demonio el sacrificio de la obediencia y a la carne la mortificación de sí y de su sensualidad[115]. José Vicente Rodríguez esquematiza de esta manera: «El cumplimiento de los votos y de todas las demás obligaciones a través y en función de las virtudes teologales hace de la vida religiosa el camino más expedito, derecho y breve que lleva a la cima de la perfección, unión, comunicación, comunión con Dios, y hace posible la victoria sobre todos los enemigos. Las relaciones son éstas: fe-obediencia-demonio; esperanza-pobreza-mundo; caridad-castidad-carne»[116].

Para Juan de la Cruz las virtudes teologales son oscuras y en su oscuridad purifican las potencias, matándolas en su obrar natural. Dios las usa a este fin, para purgar en la noche al alma, después de que, en cierta manera, «ella misma se aniquile y deshaga, según está ennaturalizada»[117], hasta en su mismo centro, «dejando a oscuras el entendimiento, y la voluntad a secas, y vacía la memoria, y las afecciones del alma en suma aflicción, amargura y aprieto, privándola del sentido y gusto que antes sentía» y así «se introduzca y una en él la forma espiritual del espíritu, que es la unión de amor»[118]. La fe, la esperanza y la caridad son camino de unión, pero lo son en la medida en que se viven a oscuras, que es decir crucificadamente, en «pobreza, desamparo y desarrimo de todas las aprensiones de mi alma, esto es, en oscuridad de mi entendimiento y aprieto de mi voluntad, en afición y angustia acerca de la memoria, dejándome a oscuras en pura fe»[119].

Siendo la vida religiosa una práctica cualificada de la vida teologal, se comprende que en ella se deba vivir de un modo especial la crucifixión que allí se implica.

Al comentar la canción del Cántico que dice:

«Buscando mis amores,

iré por esos montes y riberas;

ni cogeré las flores,

ni temeré las fieras,

y pasaré los fuertes y fronteras»[120];

explica el santo que Dios se da a quien lo busca esforzadamente y «por la obra, por no se quedar sin hallarle, como muchos que no querrían que le costase Dios más que hablar, y aun eso mal; y por Él no quieren hacer casi cosa que les cueste algo»[121]. E incluye como parte fundamental de esa «obra» que ha de hacerse en la búsqueda de Dios, el enfrentamiento contra fieras, fuertes y fronteras, que son imágenes de los enemigos del alma, y están ahí «haciéndole amenazas y fieros» para dificultarle el camino[122].

La vida de los votos es para el religioso un elemento de purificación subordinado a la vida teologal, y su arma en el combate espiritual. Por eso su cumplimiento es holocausto y martirio. No solamente porque «mudar costumbre es muerte»[123], sino en un sentido místico, porque la práctica de los votos coloca al religioso en ambiente sobrenatural y le obliga a vivir en la libertad radical del criterio sobrenatural, que es el criterio de la cruz y de la noche como camino de unión.

Hay ejemplos de sobra en la vida de san Juan de la Cruz.

Uno de sus súbditos en el Convento del Calvario relató una anécdota que nos pinta nítidamente todo su sentido de la pobreza. Era su primer priorato y no contaba aun 40 años: «Algunas veces, cuando iban a comer, no habían qué. Una particularmente, entrando la comunidad en refectorio, no había en las mesas pan alguno. Preguntó el padre fray Juan de la Cruz por qué no se ponía pan, y respondiéndole que porque no lo había, mandó que se buscase algún mendrugo de pan, y hallaron uno, y puesto, se bendijeron las mesas, y en lugar de la comida les hizo el padre fray Juan de la Cruz una plática de gran espíritu, animándolos a llevar con hacimiento de gracias aquella pobreza, pues era lo que habíamos venido a buscar para la imitación de Cristo. Y con esto se fueron cada uno a su celda. A eso de las dos llegó a la portería un hombre con una cabalgadura, y dio al hermano fray Brocardo una carta para el padre fray Juan de la Cruz, el cual se la llevó, y en comenzándola a leer el padre, se le comenzaron a caer las lágrimas de los ojos, y preguntándole el hermano qué nuevas le había traído aquella carta, que le causaba aquel sentimiento, respondió: “Lloro, hermano, que nos tiene el Señor por tan ruines que no podemos llevar por mucho tiempo la abstinencia deste día, pues ya nos envía la comida”. Porque en la carta le decían que le enviaban una fanega de pan cocido y otra de harina. El mismo día, a la tarde, vino de Úbeda un esclavo de doña Felipa, madre del padre fray Fernando, con dos cabalgaduras cargadas de bastimento, que lo enviaba esta señora para los religiosos de Calvario»[124].

Siendo confesor de las monjas de la Encarnación en Ávila demostró también una probada castidad, y aquella no fue la única vez. Vivía entonces el santo junto a un compañero en una casita al lado del Convento, y estando un día solo, después de su cena frugal, se presentó a él «una doncella de buen parecer y bien nacida y en la opinión común virtuosa» que tenía su casa vecina a la de los frailes: «saltó la tapia y se le puso delante, estando él bien descuidado de tal suceso. Comenzó con palabras también modestas a quejarse de la violencia de su afición, pues la había traído a aquel estado de saltar paredes para procurar o su deshonra o su muerte; porque estaba tan resuelta a no salir de allí sino deshonrada, o para echarse con desesperación en un pozo, y por camino de piedad trabajaba por moverle al pecado. Fue terrible batería ésta, a no estar tan defendido de virtudes y de auxilios divinos; porque la hora, el lugar, el buen parecer de la mujer, la buena fama que tenía, con que se aseguraba el secreto, la modestia con que representaba su pasión y la desesperación que mostraba si no hallaba satisfacción de ella, y otras buenas cualidades que tenía, estaba todo junto haciendo en favor de su tentación contra la pureza del combatido»[125]. Pero con el socorro de la gracia evitó caer y liberó también de tentación a aquella alma, que acabó diciendo luego: «Ningún tiro es bastante, según Dios tiene fuerte esta roca, a batirla»[126].

Señalados estos ejemplos como muestras, debemos decir con toda seguridad que es en el campo de la obediencia donde dio Juan cuenta del concepto decidido que tenía del ser religioso. Para él obedecer es cruz, pero cruz meritoria como ninguna, y cruz particular e irremplazable del estado abrazado en profesión.

En el pasaje del Cántico que se refirió recién, señala Juan de la Cruz que a los demonios se los llama allí fuertes por la grande fuerza que emplean contra el alma «y porque también sus tentaciones y astucias son más fuertes y duras de vencer y más dificultosas de entender que las del mundo y carne», y da como remedios, aludiendo citas de la Escritura, la oración y la cruz, en la cual está la humildad y mortificación, porque «el alma que hubiere de vencer su fortaleza no podrá sin oración, ni sus engaños podrá entender sin mortificación y sin humildad»[127]. En las Cautelas profundiza la idea al declarar, en una línea claramente ignaciana, que «entre las muchas astucias de que el demonio usa para engañar a los espirituales, la más ordinaria es engañarlos debajo de especie de bien y no debajo de especie de mal; porque sabe que el mal conocido apenas lo tomarán»[128]. Este opúsculo está dirigido directamente a los religiosos y por eso apunta tentaciones más sutiles, pero cuyo engaño no se resuelve sino con las mismas armas: mortificación y humildad, que en el caso particular del consagrado se traducen en obediencia (santo Tomás dice que la obediencia es el «modo de la humillación y el signo de la humildad»[129]), y de hecho a la obediencia refieren las advertencias contra el demonio: «siempre te has de recelar de lo que parece bueno, mayormente cuando no interviene obediencia [...] jamás, fuera de lo que de orden estás obligado, te muevas a cosa, por buena que parezca y llena de caridad, ahora para ti, ahora para otro cualquiera de dentro y fuera de casa, sin orden de obediencia [...] pues Dios más quiere obediencia que sacrificios (1Re 15, 22), y las acciones del religiosos no son suyas, sino de la obediencia, y si las sacare de ellas se las pedirán como perdidas»[130].

El gran engaño que el demonio teje al religioso es el de hacerle creer que mayor será el bien que haga de sí y de las almas si obra por sí y no por la autoridad de su superior, sea este quien sea, loco o perverso, mientras no le mande pecar: «jamás mires al prelado con menos ojos que a Dios, sea el prelado que fuere, pues le tienes en su lugar; y advierte que el demonio mete mucho aquí la mano [...] Si esto no haces con fuerza, de manera que vengas a que no se te dé más que sea prelado uno que otro, por lo que a tu particular sentimiento toca, en ninguna manera podrás ser espiritual ni guardar bien tus votos»[131].

Es notorio como san Juan de la Cruz da a la práctica de la obediencia religiosa un valor insustituible respecto de los engaños del enemigo, es decir, de las maneras en que él intenta hacerle creer al alma que es bueno lo malo y malo lo bueno, o más bueno lo menos bueno y menos lo más. Para el santo la obediencia ilumina la obra, no en su consideración objetiva pero sí en su valoración moral. Por eso el p. Rodríguez la relaciona directamente con la fe. Porque en cuanto objeto la obra se reconoce naturalmente y tiene una valoración natural, pero para unirse a Dios hay que morir al conocimiento natural y adquirir una consciencia sobrenatural, para valorar las acciones sobrenaturalmente, según la fe oscura: «... la fe es el camino a través de la noche hacia la meta de la unión con Dios, en ella se gesta el nuevo nacimiento doloroso del espíritu, su transformación de ser natural en sobrenatural [...] La fe exige la renuncia de la actividad natural del espíritu. En esta renuncia consiste la noche activa de la fe, el seguimiento activo y personal de la cruz [...] Por otra parte, la fe prueba, con su propia existencia, la posibilidad de un ser espiritual y una actividad que supera la natural [...] Ante una mirada superficial puede parecer como una contradicción y una incoherencia. En realidad se trata de una necesidad objetiva»[132].

Se sigue de aquí que el santo no valore las obras propias tanto por lo que valen en sí sino más por el sometimiento de razón en que se obran. Hablando de los golosos espirituales marca esta diferencia y da una definición precisa de lo que es la obediencia máxima (y más difícil), la del entendimiento o juicio: «atraídos [los que caen en este vicio espiritual de la gula] del gusto que hallan, algunos se matan a penitencias, y otros se debilitan con ayunos, haciendo más de lo que su flaqueza sufre, sin orden y consejo; antes procuran hurtar el cuerpo a quien deben obedecer en lo tal; y aun algunos se atreven a hacerlo aunque les han mandado lo contrario» –lo que aquí se dice de la mortificación puede aplicarse a las demás prácticas: apostolados, estudios, trabajos, etc.– «Estos son imperfectísimos, gente sin razón, que posponen la sujeción y obediencia, que es penitencia de razón y discreción [= buen juicio], y por eso es para Dios más acepto y gustoso sacrificio que todos los demás, a la penitencia corporal, que, dejada estotra parte, no es más que penitencia de bestias, a que también como bestias se mueven por el apetito y gusto que allí hallan»[133].

Al considerarla penitencia de razón y discreción, y en relación con la fe, san Juan de la Cruz pone a la obediencia en un plano superior que el humano (natural). La coloca como criterio sobrenatural, de una nueva vida, incapaz de ser comprendido por aquel que no se dispone a educar su voluntad y entendimiento y a desasirse de la actividad de éstos en el plano natural, mundano, en el que se mueven a sus anchas. El impulso es de Dios, que conduce a entrar en la noche por la fe, pero requiere la colaboración activa del hombre. La obediencia se ubica espiritualmente en este punto, en dependencia de la purificación que obra la fe, para librar el alma del propio gusto y del propio juicio, y abrirla a la obra de la verdadera libertad, la de la gloria de los hijos de Dios (cf. Rom 8, 21)[134].

La obediencia de juicio, por tanto, no destruye la inteligencia, pero mata su uso meramente humano: «La destrucción del entendimiento natural es profunda, horrible y dolorosa» –dice E. Stein[135]; es penitencia de la razón. A su vez es discreción, porque lo eleva a un criterio superior, del que participa por fe. El acto de obediencia es psicológicamente igual al acto de fe, y solamente adquiere valor ex fide, en el contexto de la fe. Por este acto de obediencia el religioso sustituye sus valoraciones humanas y sus criterios y puntos de vista humanos, no en sí, sino como directores de sus operaciones, por un criterio único, más seguro pero de otro ámbito, que le excede y al cual debe saltar ciegamente (penitencia, y discreción: discreción ganada con penitencia de la razón): ese criterio es que la voluntad del superior manifestada, mientras no constituya pecado, es la Voluntad de Dios para mí[136]. Y hacer la voluntad de Dios es siempre más razonable que hacer la propia... razonable sobrenaturalmente, porque para el mundo es locura, la locura de la cruz.

La fe exige, por ser vida del espíritu, no sólo un convencimiento sobrenatural sino también una entrega confiada. Recién ahí el obrar se hace realmente sobrenatural y es la fe el criterio; «como consecuencia práctica, también se realiza el abandono de la propia voluntad en la divina, y la regulación de las acciones y pasiones de la propia voluntad se conforma con la divina. Supone, también, una mayor elevación del espíritu sobre las condiciones naturales de su ser»[137]. «Por ello debemos dejar tras nosotros todas las criaturas y todas las potencias con las que captamos y comprendemos a las criaturas, para elevarnos por la fe a Dios, el inaprensible e incomprensible. Para ello no sirven ni los sentidos, ni el entendimiento, si por ello entendemos la facultad de pensamiento conceptual. En la entrega confiada al Dios incomprensible, somos puro espíritu, desligados de imágenes y conceptos –por ello a oscuras, porque el mundo de nuestro conocimiento ordinario está edificado sobre imágenes y conceptos–, desligados también del múltiple mecanismo de las diversas potencias, unidos y simples en una vida, en la que el conocer, el recordar y el amar están en uno [...] Juan habla también en este contexto de la sustancia del alma»[138].

Es la sustancia del alma la sede de la unión con Dios, y es en ella donde se actúa la libertad radical. Allí la conciencia se sobrenaturaliza con cada acto de fe y también con cada acto de obediencia, porque actualiza su entrega de las potencias espirituales, que es el sacrificio más agradable que se puede dar a Dios según san Juan de la Cruz y según santo Tomás: «nada mejor puede darle el hombre a Dios que el sometimiento de su voluntad a la voluntad de otro por Él»[139]. El p. Carlos Pereira, en un trabajo titulado La virtud de la obediencia en santo Tomás: su naturaleza volitiva e intelectual señala cómo la voluntad es señora también de la inteligencia y desempeña un rol fundamental sobre su juicio práctico, tanto en la fe como en la obediencia[140]. La obediencia de voluntad es de la voluntad en su acto formal, dependiente del juicio, en cambio la obediencia del entendimiento es mayor, porque corresponde a la voluntad en su función existencial, en su querer-querer previo al ejercicio de todas las potencias, en su libertad más plena y más trascendente, en lo más propio que tiene que es su propio movimiento: «La posibilidad de “moverse” en sí misma se funda en la “posibilidad de formación del Yo” del alma. El yo es en el alma aquello por lo que ella se posee a sí misma y lo que en ella se mueve como en su propio “campo”. El punto más profundo es al mismo tiempo el lugar de su libertad: el lugar, donde puede concentrar todo ser y puede decidir. Decisiones libres de menor importancia podrán, en cierto modo, ser tomadas desde un punto situado “mucho más al exterior”; pero serán decisiones “superficiales”; será pura “casualidad” el que una decisión así sea la adecuada, porque únicamente partiendo desde el centro más profundo se tiene la posibilidad de medir todo con la regla última; y, tampoco ser finalmente una decisión libre, porque el que no es dueño absoluto de sí mismo, no puede disponer con verdadera libertad, sino que “se deja determinar”» [141]. Al fin la propia entrega es el ejercicio supremo de la libertad.

Y esta es la paradoja, que el que se deja determinar por la voluntad de otro en razón del amor de Dios es totalmente libre en sí, aunque se deje matar, porque es dueño de lo suyo, y de su Yo, y de su vida, para darse y para darla, con todas sus potencias y todas sus virtualidades; pero el que quiere hacerse independiente, y estima que es inconsciencia abandonar de antemano sus puntos de vista o sus propios criterios, ése al fin es superficial y determinado, por sus propias inclinaciones, su propio gusto y su propio juicio; para éste tal «no había para qué venir a la Religión, sino estarse en el mundo buscando su consuelo, honra y crédito y sus anchuras»[142].

 *  *  *

 Hasta la muerte

A los filipenses dice san Pablo que Jesucristo «se humilló, hecho obediente», y lo hizo «hasta la muerte, y muerte de cruz» (2, 8), y fundado en este ejemplo les avisa: «como siempre habéis obedecido [...] con temor y temblor trabajad por vuestra salud, pues Dios es el que obra en vosotros el querer y el obrar según su beneplácito» (v. 12-13). Del comentario lúcido de santo Tomás rescato algunas sentencias iluminadoras[143]: «El modo de la humillación y el signo de la humildad es la obediencia, porque es propio de los soberbios seguir su propia voluntad [...] la obediencia es contraria a la soberbia [...] queriendo mostrar la perfección de la humildad y de la pasión de Cristo, dice se hizo obediente, porque si hubiese padecido no por obediencia, no sería tan de alabar, porque la obediencia da mérito a nuestros trabajos y padecimientos [...] la obediencia es más grande cuando se sigue el mandato de otro contra el propio movimiento. El movimiento de la voluntad humana tiende a dos cosas: a la vida y al honor; mas Cristo no rehusó morir [... y] no huyó de la ignominia, por lo que se dice muerte de cruz, que es la más ignominiosa [...] por la obediencia se entiende toda virtud: puesto que el hombre es justo, porque cumple los mandatos de Dios [...] todo bien, más allá de lo bueno que sea por sí, se vuelve mejor, por la obediencia [...] la obediencia, es la más grande entre las otras cosas. Pues ofrecer algo de las cosas exteriores es grande, pero mayor es si se trata del cuerpo y máximo si se trata del alma y de su voluntad, lo cual se dona por la obediencia».

La obediencia llevó a morir a Jesucristo y a muchos otros valientes a su zaga. Tiene, por tanto, aptitud para enseñarle al hombre la muerte, y de hecho fue la obediencia la que le enseñó a morir a Jesucristo, tal como se dice a los hebreos, que «aunque era el Hijo, aprendió por medio de sus padecimientos lo que significa la obediencia» (5, 8). Para Kierkegaard «solamente el sufrimiento nos forma para la eternidad; porque la eternidad es en la fe, y la fe en la obediencia y la obediencia en el sufrimiento; y no hay obediencia fuera del sufrimiento, ni fe fuera de la obediencia, ni eternidad sin fe», de donde se concluye que «la obediencia es obediencia en el sufrimiento, y la fe es fe en la obediencia, y la eternidad es eternidad en la fe»[144].

Entendido el estado religioso como una escuela del bien morir, cada uno de los sufrimientos que regala la obediencia al consagrado adquiere un valor eterno y sobrenatural, que no sólo redunda en el mayor bien propio sino en el mayor bien de toda la Iglesia. San Juan de la Cruz tenía bien en claro que la obediencia es penitencia, como se vio, y lo hacía valer, porque más en claro tenía que no había modo de redimirse fuera de ella. Tenemos un ejemplo de su etapa de Rector del Colegio de Baeza. Implica el suceso al padre Gaspar de San Pedro, Vicerrector de aquel Colegio e insigne predicador, muy solicitado «en las villas y pueblos de la comarca. Ha predicado en Úbeda con tanto aplauso que le ofrecen en el acto un nuevo sermón. Fray Gaspar lo acepta absolutamente, sin contar con el Prelado. Cuando regresa a Baeza y se entera fray Juan del compromiso adquirido sin autorización de la obediencia, le niega el permiso y envía a otro religioso que le supla. A los pocos días, Rector y Vicerrector van juntos a Beas [al Carmelo de las monjas]. Mientras fray Juan confiesa, el padre Gaspar comenta ante las monjitas que le acompañan en el locutorio el sentimiento que le ha producido el episodio del sermón de Úbeda. Las monjas se lo refieren después a fray Juan, y éste les dice: “Mejor es que no predique quien predica con propia voluntad, que más provecho le hará la mortificación aunque lo sienta. Y cuando el padre u otro les tratare de semejantes cosas, díganles de la suerte que se usa por acá el mortificarlas, para que unos a otros nos facilitemos el trato de verdadera mortificación que entre nosotros ha de haber”»[145].

Claro que fray Juan, siendo superior, podía utilizar la obediencia como instrumento de mortificación, porque él mismo se había dejado matar en ella, y así lo haría hasta la muerte, como Cristo. En uno de los últimos fragmentos que se conservan de sus cartas, de muy poco tiempo antes de morir (ya quizás desde el lecho de su muerte), le dice a fray Juan de Santa Ana, que lo prevenía en una letra suya de los propósitos que se traían de quitarle el hábito de su Orden: «no le dé pena eso, porque el hábito no me lo pueden quitar sino por incorregible o inobediente, y yo estoy muy aparejado para enmendarme de todo lo que hubiere errado y para obedecer en cualquier penitencia que me dieren»[146]. Una disposición así de libre no podía ser efecto sino de una vida de sacrificios y de obediencia y humildad vividas en grados heroicos. Además era un premio que recibía de parte de Jesucristo a su deseo de imitarlo incluso en ser despreciado, y siendo bueno ser tenido por malo, incluso de parte de los buenos, e incluso de parte de aquellos a quienes había hecho el bien y que por ser parte de su Orden reformada bien podían considerarse hijos suyos: «el varón del Señor vino a quedar en sus persecuciones sin sus amigos e hijos, como Cristo nuestro Señor sin sus discípulos, para que en todo fuese verdadero retrato suyo»[147].

Realmente hay que tener coraje para pedirle a Dios ser despreciado y perseguido por su amor. Y coraje hay que tener para íntimamente desearlo. Hay que haber aprendido a morir. El p. Matías del Niño Jesús comenta el «gran deseo que tenía el Santo de padecer el martirio por la fe»[148]. Y el propio Juan de la Cruz explica de alguna manera cómo se iba a cumplir en él ese deseo supremo: «Está un alma con grandes deseos de ser mártir. Acaecerá que Dios le responda diciendo: “Tú serás mártir”, y le dé interiormente gran consuelo y confianza que lo ha de ser. Y, con todo, acaecerá que no muera mártir, y será la promesa verdadera. Pues, ¿cómo no se cumplió así? Porque se cumplirá y podrá cumplir lo principal y esencial de ella, que será dándole el amor y premio de mártir esencialmente; y así le da verdaderamente al alma lo que ella formalmente deseaba y lo que él la prometió. Porque el deseo formal del alma era, no aquella manera de muerte, sino hacer a Dios aquel servicio de mártir y ejercitar el amor por él como mártir. Porque aquella manera de morir, por sí no vale nada sin este amor, el cual amor y ejercicio y premio de mártir le da por otros medios muy perfectamente»[149].

En su anhelo del martirio estaba su deseo de servir a Jesucristo hasta la muerte, y en la muerte, y hasta morirse de ese deseo. Así fue su aprendizaje. Fue el de la muerte diaria que prepara el paso definitivo. Fue el de tomar cada sufrimiento como un regalo que le hacía Dios para quitarle el amor de sí y darle el amor de los mártires: «¿por qué me han privado, padre, de mi merecimiento?» –le dijo a fray Juan de Santa María, su nuevo carcelero en Toledo, el día que éste consiguió por primera vez en meses que le liberaran de la disciplina comunitaria que se le daba en aquel convento hasta tres veces por semana. Esa prisión es imagen de su vida, de su noche y del canto de su espíritu. Se escapó de ella, sí, porque Dios le mostró en la oración que era su deber, y en aquellas circunstancias no había más medio que ése para conocer su Voluntad. Pero incluso entonces no mudaba su disposición martirial y le pedía a Dios «que si era su Voluntad, que allí acabase la vida, que él abrazaría aquel cáliz de buena gana, y que si de otra cosa se sirviese, se lo enseñase»[150].

Hizo como Cristo, que supo cuando pedir al Padre se apartase el cáliz de la muerte, pero en plena disposición de cumplir su Querer. Porque los hijos saben cuándo hablar, se los enseña el amor a la cruz y se los enseña la misma obediencia: «Padre mío, si es posible, pase de mí este cáliz; sin embargo, no se haga como yo quiero, sino como quieres tú» (Mt 26, 39). Para Kierkegaard «el haber dicho estas palabras es el primer acto de obediencia, y el segundo es haber luego apurado el cáliz y toda su amargura; y la obediencia de Cristo no hubiese sido perfecta de no haberlas dicho, porque para la obediencia perfecta se exige la súplica y la oración: el reclamo por conocer la Voluntad del Padre, y si acaso no podrá hacerse de otro modo»[151].

San Juan de la Cruz, el obediente hasta la muerte como Cristo, sabía cuándo y cómo hablar y cuándo y cómo callar. En los primeros capítulos de la Orden reformada insistía en la no-reelección de los prelados, y aunque era escuchado con unción, luego las motivaciones dispares hacían olvidar su consejo, después de lo cual era él mismo reelegido como superior (en el Capítulo de Alcalá en 1581 fue reelegido para Baeza; en Almodóvar, en 1583, fue confirmado como Prior de Granada) y volvía a su tarea como el primer día. El año 1590 convoca el p. Nicolás Doria un Capítulo General extraordinario en Madrid con el fin de discutir algunas innovaciones y decisiones importantes. El santo, presidente-consiliario de la Consulta permanente, «tan sumiso a la autoridad cuando se trata de obedecer, pero tan independiente de criterio cuando llega el momento de opinar, ha adoptado últimamente una actitud de respetuosa pero franca y decidida oposición a ciertas apreciaciones del Vicario general [Doria, autoridad máxima de la Descalcez]»[152]. Y lo manifiesta en las reuniones, especialmente cuando se tratan los temas del gobierno de las religiosas y del destino del p. Gracián. Muchos otros piensan como él pero no se atreven a decirlo, «delante de Doria celebraban sus decretos, pero afuera los murmuraban»[153]. Juan, consumido por sus achaques y ya iniciada su enfermedad, mantiene su obediencia sin tacha pero al mismo tiempo defiende cuando corresponde su mejor visión de la vida religiosa y carmelitana en el Capítulo de 1591. Y esto le vale finalmente ser dejado sin cargo y enviado como misionero de las Indias. Vistas las dificultades, volvió a hablar y «propuso, al fin del Capítulo, a los Prelados y Capitulares su corta salud y fuerzas para una jornada tan larga como era la de las Indias, y que “le importaba practicar la vida de súbdito descalzo, la cual del todo nunca había gustado”»[154]. Atendido su reclamo, fue destinado a La Peñuela, y allí fue ya casi para morir.

Y de allí tuvo que emprender un último viaje, a Úbeda, para estar más a mano de servicios médicos, que no tenía en la soledad de La Peñuela. Y podía elegir Baeza pero allí se creía demasiado conocido, y prefirió morir en su ley, eligiendo el desprecio del Prior de Úbeda, Francisco Crisóstomo, que junto con fray Diego Evangelista se encargaban de juntar material de declaraciones y testimonios contra él, haciendo por quitarle el hábito descalzo[155]. Pero él estaba aparejado, y era ya «piedra labrada para edificio tan santo»[156]. Jamás consentía se hablase mal de sus perseguidores, y decía sentir más se le diga mal de aquellos padres que cuantas informaciones ni persecuciones le pudiesen venir[157]. Las últimas palabras que se registran escritas por él las dirigió en carta a una religiosa, a la que dice: «ame mucho a los que la contradicen y no la aman, porque en eso se engendra amor en el pecho donde no le hay; como hace Dios con nosotros, que nos ama para que le amemos mediante el amor que nos tiene»[158].

Era el modo que había elegido para morir, y para ser juzgado, y aunque todo mudase, él no mudaba, porque no tenía otro interés o necesidad que aquellos a que sujetaba su corazón, que eran el amor de Dios y el bien de las almas. En él se cumplió aquello que decía de las almas amantes en el colmo de su unión personal: que su muerte «es muy suave y muy dulce, más que les fue la vida espiritual toda su vida; pues que mueren con más subidos ímpetus y encuentros sabrosos de amor, siendo ellos como el cisne, que canta más suavemente cuando se muere»[159].

Y fue juzgado según su amor, que había probado y cantado de mil maneras en el «via crucis» triunfal de su vida consagrada. Fue medido como un mártir, y como mártires corresponde medirse a todos los que hacen gala de una consagración religiosa. Porque el que profese votos en Religión y no tenga el deseo de morir a sí y a todo ejercicio que no sea el del amor obediente y crucificado de Jesucristo, ése tal no tenía «para qué venir a la Religión, sino estarse en el mundo buscando su consuelo, honra y crédito y sus anchuras»[160].

 

[1] Lucinio del Santísimo Sacramento, «Prólogo» en Aa. Vv., Vida y obras de san Juan de la Cruz, BAC (Madrid 1955), XXII. En las páginas 1-472 de este volumen se encuentra la «Vida de San Juan de la Cruz», obra póstuma de Crisógono de Jesús, premiada por el Ministerio de Educación de la Nación española con ocasión de los 400 años del nacimiento del santo (1942). Es, a mi entender, la mejor de las biografías, por el enfoque general (sobrenatural y realista, ni aparatoso ni racionalista) y por la inmensa cantidad de información de primera mano que maneja el autor. Algunos puntos de vista históricos o documentales han sido superados posteriormente, pero en contextos en parte heterodoxos.

[2] Cf. Fabro, C., «I caratteri dell’amore cristiano secondo Sören Kierkegaard» en Momenti dello spirito, vol. II, Ed. Sala francescana de cultura «P. Antonio Giorgi» (Asís 1988), 387.

[3] Alonso de la Madre de Dios, Vida, virtudes y milagros del santo Padre Fray Juan de la Cruz, EDE (Madrid 1989), 49. La edición es moderna (del P. Fortunato Antolín) pero el texto es de 1625; su autor era entonces el postulador de la Causa de canonización de san Juan de la Cruz, a quien conoció personalmente en Segovia.

[4] Efrén de la Madre de Dios-Steggink, Otger, Tiempo y vida de San Juan de la Cruz, BAC (Madrid 1992), 70. La obra de estos autores es probablemente la más completa desde el punto de vista histórico y documental, sobre la base de la del p. Crisógono, con algunas correcciones y complementos. De todas maneras, creo conviene atender a ciertos puntos doctrinales, y especialmente ante determinadas disquisiciones psicológicas que se intercalan como explicación de algunos hechos y enseñanzas del santo.

[5] Cf. Efrén-Steggink, Tiempo y vida..., 104-105: «A nuestro Juan de Yepes, a lo largo de su vida –con ser hombre retraído, como si no mirase dentro de sí–, se le iban los ojos hacia toda necesidad que pidiese remedio [...] Tan embebido como andaba siempre en Dios, a la primera ocasión de hacer caridad se volcaba como si se desdoblase y fuese otro».

[6] Stein, Edith, Ciencia de la Cruz, Monte Carmelo (Burgos 20115), 50.

[7] Efrén-Steggink, Tiempo y vida..., 94. Ya en 1641 decía al respecto el p. Jerónimo de San José (Historia del Venerable Padre Fr. Juan de la Cruz, primer descalzo carmelita, II, 9, 6): «Cuantos saben de él en la pintura, han admirado que lo más dificultoso de ella, que es la perspectiva en escorzo, la hubiese ejecutado tan diestra y fácilmente quien no hubiese, y por muchos años, ejercitado el arte de pintar. Pide tan singular destreza, que los mayores maestros de esta Arte, que lo han visto, tienen a particular milagro haber hecho este dibujo quien no fuese muy ejercitado y diestro pintor».

[8] Alonso, Dámaso, La poesía de San Juan de la Cruz (desde esta ladera), Aguilar (Madrid 1958), 147. Allí mismo: «Por eso estos poemas que del lado literario son ya un prodigio, representan al mismo tiempo [...] el soplo, la inspiración del Espíritu de Dios sobre la lengua de los hombres». A este respecto puede verse mi artículo «San Juan de la Cruz: arte mística y experiencia poética» en Diálogo LXII (2013), 51-93.

[9] Crisógono, «Vida», 312.

[10] Royo Marín, A., Los grandes maestros de la vida espiritual, BAC (Madrid 1973), 351.

[11] «Fue realmente providencial su aparición en aquella hora políticorreligiosa de la España del siglo XVI, que le cedió la reciedumbre de la raza; y fue también providencial en la hora de aquella Europa, que remataba una época de siete siglos entre gritos desaforados de Reforma y entre estertores de muerte y desolación, mientras abría nuevos rumbos a la acción en todos los sectores donde anidaban las fuerzas motrices de la Historia en su factor humano» (Lucinio, «Prólogo», XXVIII).

[12] Cf. Torres, Alfonso, «San Juan de la Cruz, Doctor de la perfecta abnegación» en Manresa XIV (1942), 193-201. Reproducido en Obras completas del p. Alfonso Torres, S. I., t. IX: «El escándalo de la cruz», BAC (Madrid 1973), 386-395. Cito de esta nueva edición.

[13] «Prólogo», XXXI. «Si la Iglesia lo venera como Doctor Místico desde el año 1926, es porque reconoce en él al gran maestro de la verdad viva acerca de Dios y del hombre» (Juan Pablo II, Homilía en la celebración de la palabra en honor de san Juan de la Cruz, Segovia, 4 de noviembre de 1982, 9).

[14] Rodríguez, José Vicente, Cien fichas sobre san Juan de la Cruz, Monte Carmelo (Burgos 2008), 296.

[15] Cf. Canciones entre el alma y el esposo [Cántico espiritual] – segunda redacción (CB), canción 25. En San Juan de la Cruz. Obras completas, Monte Carmelo (Burgos 2007-2ª reimpr.), 850. Todas las veces que cito textos del santo los tomo de esta edición, preparada por el p, Eulogio Pacho, con abundantes comentarios, a mi entender no acertados en su totalidad, aunque sí en gran parte.

[16] Carta a la M. Ana de Jesús, 6 de julio de 1591 [Obras, 1329].

[17] Rodríguez, J., Cien fichas..., 296.

[18] Subida al Monte Carmelo, pról., 9 [Obras, 159]. Señala allí mismo (nota 8) el p. Eulogio Pacho que el contenido «es válido para todos, pero sólo serán “los menos” quienes se aprovechen de ello. Depende de una opción radical: querer, o no, pasar por la desnudez (léase, noche-purificación) espiritual». La profesión religiosa es la rúbrica de un contrato de aceptación de este «querer».

[19] Cf. San Juan Pablo II, Exh. ap. Vita consecrata, 16.

[20] «... in statu perfectionis proprie dicitur esse aliquis, non ex hoc quod habet actum dilectionis perfectæ, sed ex hoc quod obligat se perpetuo, cum aliqua solemnitate, ad ea quæ sunt perfectionis» (Santo Tomás de Aquino, S. Th., II-II, 184, 4, c.).

[21] San Juan Pablo II, Exh. ap. Vita consecrata, 9.

[22] Torres, A., «San Juan de la Cruz, Doctor de la perfecta abnegación», 387.

[23] Subida al Monte Carmelo, pról., 8 [Obras, 159].

[24] CB 28 [Obras, 874].

[25] Royo Marín, A., Los grandes maestros..., 354-355.

[26] Efrén-Steggink, Tiempo y vida..., 80.

[27] «Desde luego, no es la suya una resolución repentina» (Crisógono, «Vida», 56).

[28] Cf. Crisógono, «Vida», 34; 49-50.

[29] Cf. Crisógono, «Vida», 55; 106.

[30] EE, 98.

[31] Jerónimo, Historia del Venerable Padre..., I, 4, 5.

[32] Alonso, Vida, virtudes y milagros..., 52.

[33] Efrén-Steggink, Tiempo y vida..., 110.

[34] «Este es el sentido de la vocación a la vida consagrada: una iniciativa enteramente del Padre (cf. Jn 15, 16), que exige de aquellos que ha elegido la respuesta de una entrega total y exclusiva» (San Juan Pablo II, Exh. ap. Vita consecrata, 17).

[35] Dichos de luz y amor, 26-27 [Obras, 96].

[36] Llama de amor viva, canción III, 62 (3Ll 62) [Obras, 1092-1093]. Habla aquí el santo propiamente de aquellos que cumplen función de guías espirituales y aconsejan según estos criterios mundanos («Que, teniendo el espíritu poco devoto, muy vestido de mundo, y poco ablandado en Cristo, como ellos no entran por la puerta estrecha de la vida, tampoco dejan entrar a los otros») en contra de la vida religiosa de quienes quieren profesar o ya lo han hecho. Si bien es norma general que en toda defección se encuentre algún consejo de este tipo, es preciso también señalar que la asunción de este criterio depende siempre en último lugar de la persona que decide según ello.

[37] Rodríguez, J., Cien fichas..., 299.

[38] Rodríguez, J., Cien fichas..., 298.

[39] «La experiencia de este amor gratuito de Dios es hasta tal punto íntima y fuerte que la persona experimenta que debe responder con la entrega incondicional de su vida, consagrando todo, presente y futuro, en sus manos. Precisamente por esto, siguiendo a santo Tomás, se puede comprender la identidad de la persona consagrada a partir de la totalidad de su entrega, equiparable a un auténtico holocausto» (San Juan Pablo II, Exh. ap. Vita consecrata, 17).

[40] Subida al Monte Carmelo, libro I, capítulo 11, 7 (1S 11, 7) [Obras, 207].

[41] Cf. 3Ll 6 [Obras, 1040]: «... y como él sea liberal, conoces que te ama y hace mercedes con liberalidad sin algún interese, sólo por hacerte el bien».

[42] Cf. 1S 6, 4 [Obras, 184]: «Por lo visto se verá cuánto más hace Dios en limpiar y purgar una alma de estas contrariedades [apetitos y bienes del mundo, lo que no es Dios], que en criarla de nonada».

[43] Cf. 1S 11, 4-5 [Obras, 204-206].

[44] Obras, 127-131.

[45] Avisos, 3 [Obras, 128].

[46] Instrucción y cautelas de que debe usar el que desea sea verdadero religioso y llegar a la perfección [Obras, 119-126].

[47] Cautelas, 15: «Primera cautela contra sí mismo y sagacidad de su sensualidad» [Obras, 125].

[48] Recordemos aquí lo que dicen algunos de sus contemporáneos de su época de prior del Convento del Calvario, en la Sierra del Segura: «El tiempo que le sobraba de sus ocupaciones y obligaciones, que eran muchas, lo gastaba como por recreación en labrar unos cristos de madera que hacía»: y otro: «En las horas de recreación, con una punta como de lanceta, labraba curiosamente imagencitas». Las referencias las trae Crisógono, «Vida», 212, y pertenecen a los Memoriales historiales en orden a las obras de santa Teresa y san Juan de la Cruz, recogidos del Archivo General de la Orden por fray Andrés de la Encarnación (Manuscrito 13.482 de la Biblioteca Nacional de Madrid, ff. 24. 58).

[49] 1Ll 9 [Obras, 961]; texto similar en 3S 31, 7 [Obras, 494].

[50] Así lo dijo el santo a los carmelitas de la granja de Santa Ana, que estaba a su cargo, al despedirse de ellos para regresar a Baeza, probablemente en 1580. La historia la trae Alonso y la recoge Crisógono, «Vida», 261.

[51] S. Th., I, 8, 3, c.: «... omnia eius potestati subduntur»; «... omnia sunt nuda et aperta oculis eius».

[52] Carta a una religiosa, 22 de agosto de 1591 [Obras, 1332].

[53] Cf. Rom 8, 28: «scimus autem quoniam diligentibus Deum omnia cooperantur in bonum his qui secundum propositum vocati sunt sancti».

[54] Avisos, 3 [Obras, 129].

[55] Cf. Efrén-Steggink, Tiempo y vida..., 109-113. Estos autores se apartan de la opinión general de haber nacido el santo el año de 1942, y ponen esta fecha en 1940 (24 de junio), con respetables argumentos, no decisivos (Cf. Tiempo y vida..., 53-54).

[56] Cf. Crisógono, «Vida», 57-58.

[57] Cf. 3S 32, 3 [Obras, 497]: «... cuanto Dios es más creído y servido sin testimonios y señales, tanto más es del alma ensalzado. Pues cree de Dios más que las señales y milagros le pueden dar a entender».

[58] Efrén-Steggink, Tiempo y vida..., 109.

[59] Alonso, Vida, virtudes y milagros..., 52.

[60] Cf. Efrén-Steggink, Tiempo y vida..., 110.

[61] Cf. Efrén-Steggink, Tiempo y vida..., 123-126. El autor del Speculum y de la Institutio fue, según la crítica, el catalán Felipe Ribot, muerto en 1391. El texto de que disponían san Juan de la Cruz y sus contemporáneos era una codificación hecha en Venecia en 1507, en base a los varios manuscritos de este autor. Del Speculum ha dicho el beato Tito Brandsma (Dictionnaire de Spiritualité, Beauchesne [París 1932], «Carmes»): «Jamás Orden religiosa ha tenido un libro que, como éste, ofrezca a sus súbditos una norma y un fin de vida tan explícito, anunciando formalmente la vocación a la vida mística».

[62] Cf. Efrén-Steggink, Tiempo y vida..., 194.

[63] Historia del Venerable Padre..., I, 5, 5-6.

[64] P. José de Jesús María Quiroga, Historia de la vida y virtudes del Venerable P. Fr. Juan de la Cruz, Imprenta de Iván Meerbeeck (Bruselas 1628), l. I, c. 3. De las primeras biografías del santo, preparada por el p. Quiroga, que fue cronista oficial de la Reforma.

[65] Carta a d. Francisco de Salcedo, fines de septiembre de 1568. En Santa Teresa de Jesús, Obras completas, BAC (Madrid 1979), 681.

[66] Libro de las fundaciones, 3, 17. En S. Teresa, Obras completas, 528.

[67] El p. Domingo Báñez testifica haber oído al p. Rubeo decir estas palabras a la santa (cf. Efrén-Steggink, Tiempo y vida..., 221).

[68] Tenía la santa apalabrado a fray Antonio de Heredia, prior del Convento carmelita de Medina del Campo, y futuro compañero de san Juan de la Cruz en la primera fundación de la Reforma. Este fraile tenía tomada la decisión de pasar a la Cartuja, pero optó por su Orden una vez conocidos los planes y licencias con que contaba santa Teresa. Ella no se fiaba del todo de él, pues con ser bueno, notaba le faltaba arrojo, y por ser demasiado prolijo «parecía uno de los que autorizaban la Religión más con autoridad de mundo que con menosprecio y bajeza». Por eso se alegró sobremanera al dar con Juan de Santo Matías, de quien no tuvo dudas, e hizo de su parte por lograr se descalzase primero (cf. Fundaciones, 3, 16; 13, 1-4; 14, 1. En S. Teresa, Obras completas, 528; 554-556. También cf. Efrén-Steggink, Tiempo y vida..., 213-214).

[69] Puede verse a todo este respecto Efrén-Steggink, Tiempo y vida..., cc. 11-13 (168-218); en especial el c. 11, titulado «En una noche oscura», en el cual se da una muy apropiada idea del estado existencial de san Juan de la Cruz antes de unirse a la Reforma.

[70] Crisógono, «Vida», 89.

[71] S. Th., II-II, 189, 8, c.: «Potest tamen aliquis laudabiliter de una religione transire ad aliam». Recojo aquí ideas de un escrito breve del p. Miguel Ángel Fuentes, IVE, titulado Relativo a los votos religiosos, que está a disposición y del que he sido hecho partícipe, donde aclara especialmente el recto sentido de la segunda de las causas que pone a este respecto santo Tomás: «propter declinationem religionis a debita perfectione».

[72] Cf. Crisógono, «Vida», 285-287.

[73] Efrén-Steggink, Tiempo y vida..., 196.

[74] Efrén-Steggink, Tiempo y vida..., 197. La cita interior, referida a la Virgen, es del santo: 3S 2, 10 [Obras, 410].

[75] «Deus omnia simul videt, quia omnia videt per unum, quod est essentia sua» (S. Th., I, 85, 4, c.). El entendimiento entiende todo por partes, y tiende naturalmente a darle más entidad a las partes que al todo (es el criterio humano, natural, recto hasta cierto punto). Cuando se considera a Dios, y a todas las cosas estrictamente desde Dios, en la medida en que nos está dado aquí, entonces las partes, «lo finito» digamos, lo que no es Dios, se desdibuja en sí y se clarifica en unidad y dependencia, se comprende mejor a la luz del todo ordenado, del plan original y eterno (es el criterio verdaderamente realista, y tomista, sobrenatural). «Por este principio pretendía Fr. Juan llegar al “punto de vista” de los místicos, que para recibir la luz de Dios sobrenatural, a la cual se ordena la contemplación, hay que abandonar las semejanzas del conocimiento natural, que va por partes, para remontarse por ellas a la causa suprema» (Efrén-Steggink, Tiempo y vida..., 198).

[76] Stein, E., Ciencia de la Cruz, 265.

[77] Ciencia de la Cruz, 241.

[78] Noche oscura, l. I, c. 7, 3 (1N 7, 3) [Obras, 560]. Hago notar la traducción bien propia del santo: «el que perdiese su voluntad».

[79] 3Ll 11 [Obras, 1046].

[80] Stein, E., Ciencia de la Cruz, 220.

[81] Avisos, 1 [Obras, 127].

[82] 3Ll 11 [Obras, 1046].

[83] Grados de perfección, 15 [Obras, 133].

[84] 2N 16, 5 [Obras, 647].

[85] Avisos, 3 [Obras, 129].

[86] Crisógono, «Vida», 105. Santa Teresa fundó el Convento de San José contando casi 50 años, y casi 30 de religiosa, mientras que san Juan de la Cruz no era por entonces ni siquiera novicio carmelita. Como se señaló antes, una vez ganado éste para la Reforma, hizo la santa, y con razón, para que fuese el primero, con lo cual se le confería una autoridad agregada a la que ya él mismo se procuraba con su práctica radical de la vida profesada: «El título de primer descalzo, por voluntad de Dios y querer de santa Teresa, con todas las dimensiones y matices de la expresión explica todas sus actividades en la Reforma. Como a cabeza de un movimiento espiritual, que ha de tener una sucesión e influjo notabilísimo en la Iglesia, Dios le confiere las primicias, las riquezas y el valor del espíritu carmelitano» (Rodríguez, J., Cien fichas..., 304).

[87] «Certifícolas que estimara yo tener por acá a mi padre fray Juan de la Cruz, que de veras lo es de mi alma, y uno de los que más provecho le hacía al comunicarla» (Carta a las carmelitas de Beas, fin de octubre de 1578. En S. Teresa, Obras completas, 943); «En gracia me ha caído, hija, cuán sin razón se queja, pues tiene allá a mi padre fray Juan de la Cruz, que es un hombre celestial y divino [...] Miren que es un gran tesoro el que tienen allá en ese santo, y todas las de esa casa traten y comuniquen con él sus almas y verán que aprovechadas están y se hallarán muy adelante en todo lo que es espíritu y perfección; porque le ha dado nuestro Señor para esto particular gracia» (Carta a la M. Ana de Jesús, mediados de noviembre de 1578. En ídem).

[88] Rodríguez, J., Cien fichas..., 304.

[89] Cf. Crisógono, «Vida», c. VI: «Formador de los descalzos» (109-123).

[90] Fundaciones, 13, 5. En S. Teresa, Obras completas, 555.

[91] «Y Fr. Juan inventaba un tipo de vida históricamente arraigado en la tradición de la Iglesia, y juntamente vivido al unísono por él como por la M. Teresa. Fr. Juan había entrado en la madurez espiritual el día de su Primera Misa; con ello desterraba de su idiosincrasia todo tipo de servilismo; mientras la M. Teresa no había alcanzado tales alturas místicas hasta más tarde, aunque Dios la llevaba siempre infundiendo en ella el Espíritu de la Reforma del Carmen. Por ser común la fuente interior, tenían que se comunes las aguas que corrían de ella» (Efrén-Steggink, Tiempo y vida..., 239).

[92] Alonso, Vida, virtudes y milagros..., 151.

[93] «Era, para sus novicios y para los demás, como regla viva, porque lo que la escrita ordena lo veían puesto en ejecución en su persona» (Alonso, Vida, virtudes y milagros..., 151).

[94] En Baeza la gente llamaba a los carmelitas «santos», por su «vida ejemplar de virtud, penitencia y recogimiento»; y dice Crisógono («Vida», 231) que «a ellos contribuye, sobre todo, el prestigio de fray Juan de la Cruz, animador y mantenedor de aquella vida».

[95] En el Calvario «es el primero en los oficios más humildes [...] Cristóbal de la Higuera le ha sorprendido algunas veces en la cocina fregando los platos en unos lebrillos. Y al comentar después con los frailes la humildad del Prior, éstos le dicen que siempre es el primero que acude a estos ministerios» (Crisógono, «Vida», 212); en Baeza «es el primero en los actos de comunidad; el primero también en barrer, fregar, en adornar los altares del templo, porque le gusta que estén bien limpios y aderezados. Se preocupa de las obras de ampliación del Convento, y para el decorado de la iglesia llama a Juan de Vera, pintor y escultor de Úbeda. Muchos ratos, mientras el artista trabaja, fray Juan está a su lado» (Crisógono, «Vida», 234).

[96] «Una temporada que está achacoso y no puede asistir a los actos de comunidad, le basta ir por la noche al refectorio para hacer el capítulo de faltas; les hace algunas reflexiones, un día sobre el silencio, otro sobre el retiro, otro sobre la mutua caridad, y los religiosos se conservan fervorosos, observantes» (Crisógono, «Vida», 295); «Si sorprende en falta a alguno, le llama a solas y le reprende en particular, evitando que los demás lleguen a enterarse de la falta cometida» (Crisógono, «Vida», 293); «Por las noches llama sus súbditos, cada noche a uno, y le examina el espíritu, el camino que lleva en la oración, los progresos que hace en ella, las tentaciones que le acosan, las virtudes que practica. Y les va dando normas de vida interior según la particular disposición de cada uno [...] No se olvida en ellas de preguntarles por el estado de su salud, por su bienestar corporal, examinándoles hasta “en el sustento”» (Crisógono, «Vida», 296). Son testimonios de su época de Prior en Granada.

[97] «En los actos de comunidad, por ocupaciones que tuviese no faltaba, y cuando oía la campanilla que hacía señal para ellos, decía que era la voz de Dios y que no se podía dejar de acudir a donde Él llamaba, aunque faltase a otras cosas, y particularmente al coro y al refectorio: en aquellos para hallarse presente a las alabanzas divinas y procurar se celebrasen con gravedad y devoción, y en éstos, para seguir la vida común, igual a súbditos y prelados, y procurar la siguiesen todos» (Alonso, Vida, virtudes y milagros..., 151).

[98] Pongo un ejemplo de su Rectorado en Baeza, que refiere a Juan de San Pablo, jurista de Salamanca, admitido al hábito por el p. Juan de la Cruz y que comienza allí su Noviciado: «Un poco aburrido de los libros espirituales que tiene en la celda, solicita del Maestro de novicios algún libro de derecho para repasar las materias cursadas en la Universidad de Salamanca. El Maestro lo consulta con el Rector, y fray Juan de la Cruz, que se da cuenta del espíritu de suficiencia que esta actitud implica, le quita todos los libros de devoción y le da una cartilla de la doctrina cristiana y un puntero, como a los niños, para que haga todos los días oración. El novicio obedece y su compañero de celda, fray Jerónimo de la Cruz, le ve pasar largos ratos, como un párvulo, con el puntero en una mano y la cartilla en la otra, derramando lágrimas de devoción y ternura, porque Dios premia su humildad y su obediencia llenándole el alma de espirituales dulcedumbres. Así curó fray Juan aquellos primeros brotes de altivez del jurista salmantino. Otra relación asegura que, además, “le puso en la cocina buena parte del año, ejercitándole en varias mortificaciones”. Fray Juan de San Pablo salió un descalzo cabal» (Crisógono, «Vida», 233).

[99] «Cuando la enfermedad es grave, organiza la vela del enfermo entre todos los religiosos, que se turnan por horas. Él se levantará a medianoche o a las dos de la madrugada para hacer el mismo oficio o para ver cómo sigue el paciente» (Crisógono, «Vida», 236); el año de 1580, que fue el del catarro universal, volvía el santo a Baeza desde Beas y encontró a todo el convento en cama, dieciocho religiosos sin atención: «Su primera disposición es que se traiga un cuarto de carne; lo hace condimentar y él mismo se lo sirve a los enfermos, animándoles a comer y si es preciso, mandándoselo. A ratos les habla de cosas espirituales, a ratos de cosas indiferentes y de honesta recreación; hasta cuentos graciosos le oyen los enfermos. Y para que no se escandalicen, les advierte que todo aquello es necesario para alivio de la enfermedad» (Crisógono, «Vida», 237).

[100] Fray Agustín de la Concepción, súbdito del santo en Granada, testimonia esta razón, oída de él mismo (Cf. Crisógono, «Vida», 296). «Fray Juan, muy humano, espíritu afectuoso para sus frailes, les saca de paseo para que se huelguen, merienden y descansen. Hasta permite que vayan con ellos algunos seglares, amigos y bienhechores del Convento» (Crisógono, «Vida», 212); «No puede ver tristes a sus frailes. Cuando lo está alguno, le llama, sale con él a la huerta o se le lleva incluso al campo para distraerle y consolarle; ya no para hasta que logra trocar la tristeza en alegría» (Crisógono, «Vida», 301).

[101] «En vez de alejarse de fray Juan, los religiosos le rodean, oyen sus charlas, espirituales unas veces, indiferentes y de distracción otras, haciéndose después lenguas de su amenidad» (Crisógono, «Vida», 235).

[102] Efrén-Steggink, Tiempo y vida..., 564.

[103] Se puede cf. especialmente 1S 11.

[104] Cf. Crisógono, «Vida», 217-219.

[105] Tiempo y vida..., 642.

[106] El texto en Obras, 127-131. Cierto que mejor que cualquier glosa sería la transcripción directa de la letra sanjuanista, inmejorable de todo punto de vista. Pero por estar tan a mano, me atengo a unas notas y extractos, para incitar a la lectura y meditación completa de cada uno.

[107] Cien fichas..., 172.

[108] Cautelas, 8 [Obras, 121].

[109] Cautelas, 8 [Obras, 121].

[110] Añade Eulogio Pacho en nota a este párrafo (Obras, 130): «Síntesis de lo que dice el santo en el Montecillo de perfección, en el cap. 13 del lib. 1º de la Subida y en los nn. 16-17 de las Cautelas».

[111] Avisos, 3 [Obras, 129].

[112] «... los consagrados confiesan que Jesús es el Modelo en el que cada virtud alcanza la perfección. En efecto, su forma de vida casta, pobre y obediente, aparece como el modo más radical de vivir el evangelio en esta tierra, un modo –se puede decir– divino, porque es abrazado por Él, Hombre-Dios, como expresión de su relación de Hijo Unigénito con el Padre y con el Espíritu Santo. Este es el motivo por el que en la tradición cristiana se ha hablado siempre de la excelencia objetiva de la vida consagrada» (San Juan Pablo II, Exh. ap. Vita consecrata, 18); «... la profesión de los consejos evangélicos está íntimamente relacionada con el misterio de Cristo, teniendo el cometido de hacer de algún modo presente la forma de vida que Él eligió, señalándola como valor absoluto y esjatológico» (29).

[113] Rodríguez, J., Cien fichas..., 302.

[114] 2N 18, 4 [Obras, 659].

[115] Obras, 119-126.

[116] Rodríguez, J., Cien fichas..., 303.

[117] 2N 6, 5-6 [Obras, 607].

[118] 2N 3, 3 [Obras, 597].

[119] 2N 4, 1 [Obras, 598].

[120] CB 3 [Obras, 722].

[121] CB 3, 2 [Obras, 723].

[122] Cf. CB 3, 6-10 [Obras, 726-728].

[123] S. Teresa, Carta a Dº. Luisa de la Cerda, 7 de noviembre de 1571. En S. Teresa, Obras completas, 700.

[124] Declaración del propio fray Brocardo en el documento titulado Fragmentos historiales para la vida de nuestro santo padre fray Juan de la Cruz (Manuscrito 8.568 de la Biblioteca Nacional de Madrid, f. 310).

[125] José de Jesús María, Historia de la vida y virtudes..., l. I, c. 54.

[126] Alonso, Vida, virtudes y milagros..., 186.

[127] CB 3, 9 [Obras, 727-728].

[128] Cautelas, 10 [Obras, 122-123].

[129] S. Tomás de Aquino, Comentario a la Carta a los filipenses, c. 2, l. II, 65, Ediciones del Verbo Encarnado (San Rafael 2008), 137.

[130] Cautelas, 10-11 [Obras, 123].

[131] Cautelas, 12 [Obras, 123-124]. Dice santa Teresa que «Dios permite algunas veces que se haga este yerro de poner personas semejantes [malos superiores], para perficionar la virtud de la obediencia en los que ama» (Fundaciones, 23, 9. En Obras completas, 586).

[132] Stein, E., Ciencia de la Cruz, 161.

[133] 1N 6, 1-2 [Obras, 555-556]. En el mismo punto 2 y los dos siguientes refuerza lo que se dijo, que este espíritu procede del demonio, que a ello empuja, y que es contrario a la humildad (4: «tienen tan poco conocida su bajeza y propia miseria y tan echado aparte el amoroso temor y respeto que deben a la grandeza de Dios»).

[134] Cf. Stein, E., Ciencia de la Cruz, 165. También 1S 13, 4 [Obras, 214].

[135] Ciencia de la Cruz, 179.

[136] «Al entrar a un Instituto hacemos un pacto de alianza con Dios y con los hermanos en religión, mediante el cual, y en cierto modo, renunciamos anticipadamente a nuestras visiones, valoraciones en relación a los contingentes singulares y preferencias cuando no concuerden con las del superior, e incluso cuando fuesen mejores que las del mismo. Este es uno de los criterios principales e inefables para la formación de la recta conciencia» (P. Carlos Walker, IVE, La obediencia y la autoridad en la vida religiosa, 4; cf. Gambari, Elio, Vita Religiosa secondo il concilio e il nuovo Diritto Canonico, Edizioni Confortane [1984], 331).

[137] Stein, E., Ciencia de la Cruz, 167.

[138] Stein, E., Ciencia de la Cruz, 168.

[139] S. Th., II-II, 186, 5, ad 5um: «nihil maius homo potest Deo dare quam quod propriam voluntatem propter ipsum alterius voluntati subiiciat».

[140] http://biblia.verboencarnado.net/2015/10/19/la-virtud-de-la-obediencia-en-santo-tomas-su-naturaleza-volitiva-e-intelectual/.

[141] Stein, E., Ciencia de la Cruz, 213.

[142] Avisos, 3 [Obras, 129].

[143] S. Tomás, Com. a filipenses, 2, II, 65-66 (136-139); 2, III, 75 (154-155). Quien considere que las frases, así sueltas, están falseadas o quitadas del contexto, puede acudir al comentario directamente, y ver todo el texto completo, y notará que tienen más fuerza aún.

[144] Tomo la cita de Fabro, C., «Il conforto del Paradiso in Sören Kierkegaard» en Momenti dello spirito II, 429. Referencia: Vangelo delle sofferenze, tr. it. di C. Fabro, Sansoni editori (Fossano 1971), 146: «Solo la sofferenza forma per l’eternità; perché l’eternità è nella fede, ma la fede è nell’obbedienza, ma l’obbedienza è nella sofferenza. L’obbedienza non è fuori della sofferenza, la fede fuori dell’obbedienza, l’eternità senza la fede. Nella sofferenza l’obbedienza è obbedienza, nell’obbedienza la fede è fede, nella fede l’eternità è eternità». En otro artículo recogido en el mismo volumen, tomado del Vangelo della sofferenza (850-852) de Kierkegaard, titulado «Egli imparò l’obbedienza da ciò che soffrì» (Momenti..., 318-320), se encuentra la misma idea: «Tanto stretto è il rapporto dell’obbedienza con la verità eterna che colui che era la Verità imparò l’obbedienza».

[145] Crisógono, «Vida», 256.

[146] Carta al p. Juan de Santa Ana, finales de 1591 [Obras, 1334].

[147] Alonso, Vida, virtudes y milagros..., 541.

[148] Lo hace en la nota 51 a Crisógono, «Vida», 235.

[149] 2S 19, 13 [Obras, 327-328].

[150] Declaración de su compañero el p. Inocencio de San Andrés (en Crisógono, «Vida», 179). No entro al detalle de que estaba el santo puesto en cárcel contra la ley y por quien no tenía la autoridad de hacerlo, porque el p. Jerónimo Gracián había recibido del nuncio Ormaneto las facultades de Visitador de los descalzos, y ésta no había sido revocada aún por el nuncio Sega en favor del p. Jerónimo Tostado, que fue quien lo encarceló. Cuando el nuncio Sega revocó los poderes de Gracián, estando en prisión san Juan de la Cruz y sin conocimiento de la nueva disposición, el rey Felipe II vetó la normativa por no haberse dado cuenta de ella al Consejo Real, con lo cual tampoco entonces la autoridad del Tostado era real sobre el santo. Dicho queda.

[151] «Egli imparò...», 320: «Il primo atto di obbedienza è l’aver detto queste parole, il secondo è l’aver vuotato l’amaro calice. Se egli avesse vuotato l’amaro calice senza dire quelle parole, la sua obbedienza non sarebbe statta perfetta. Poiché l’obbedienza perfetta esige anche e anzitutto la domanda che supplica e la preghiera che chiede: se questa è la Volontà del Padre, se non è possibile altrimenti».

[152] Crisógono, «Vida», 405.

[153] Crisógono, «Vida», 412.

[154] Efrén-Steggink, Tiempo y vida..., 806.

[155] Efrén-Steggink, Tiempo y vida..., 844-847. Cuando en 1594 fue elegido General de la Reforma el p. Elías de San Martín, «haciendo apretada diligencia para haber a las manos la información que contra el V. Padre se había hecho, la hizo quemar delante de sí, abominando de que en Religión tan santa hubiese habido quien imitando a Cam, hijo de Noé, procurase hacer alarde de las deshonras de su Padre» (José de Jesús María, Historia de la vida y virtudes..., l. III, c. 21).

[156] Crisógono, «Vida», 361.

[157] Cf. Alonso, Vida, virtudes y milagros..., 546.

[158] Carta a una religiosa carmelita, finales de 1591 [Obras, 1334]. Cf. Avisos espirituales, 174 [Obras, 115].

[159] 1Ll 30 [Obras, 986].

[160] Avisos, 3 [Obras, 129].

 

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