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Santa Rita y la voluntad de Dios

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Cuando se recuerda a un santo, hay ciertos elementos de su vida que deben ser resaltados, cosas que hacen que con el tiempo los identifiquemos con esos elementos, así por ejemplo, San Francisco de Asís es sinónimo de pobreza, Santo Tomás de Aquino sinónimo de ciencia católica fiel, San Francisco de Sales sinónimo de mansedumbre, etc. Santa Rita de Cascia no escapa a esta constante, y si quisiésemos identificarla con algo ejemplar de su vida, tal vez tendríamos que hacerlo con la perfecta conformidad de su voluntad a los deseos divinos.

Desde niña esta santa mostró una gran inclinación hacia las cosas de Dios, y ya en esa tierna edad el Señor le mostró que su deseo era que ella fuese religiosa. Mas no le aclaró inmediatamente que ese deseo no se realizaría hasta después de pasados muchos años. Es así que, habiendo ella decidido ser religiosa, sus padres arreglan que se case con un hombre llamado Pablo Fernando, quien no era exactamente un modelo de buen cristiano. Por el contrario, resultó ser una persona caprichosa y violenta (y sabemos que estas son dos de las características que más hacen sufrir a los que están cerca de estas personas). Sin embargo, Santa Rita aceptó este triste matrimonio como algo venido de la misma voluntad divina, y se santificó junto a este hombre tan poco virtuoso.

Para entender esta actitud de la Santa podríamos usar la siguiente imagen: Es como si hubiese decidido caminar sobre las pisadas de Dios fuera Él a donde fuera. Cuando uno camina por la arena, los pies quedan grabados en la arena. Santa Rita, en cada circunstancia que su vida le presentaba sabía mirar las pisadas divinas y se esforzaba por hacer que sus pies caminaran sobre las mismas huellas de Dios. Eso, ciertamente no es nada fácil, pues implica un renunciar a seguir otros miles de caminos posibles. También implica decidirse a continuar a pesar de la dificultad. Pensemos esto, si el que va adelante marcando las huellas es de paso corto, será cansador tener que multiplicar pasos, así también, si el que va adelante tiene tranco largo, será desgastante tener que estirarse de más para llegar a pisar justo en sus huellas. Esa es la sensación que podemos tener al caminar detrás de Cristo, por momentos nos puede parecer que podría avanzar más rápido y no lo hace, o por otro nos puede parecer que podría esperarnos respetando nuestro ritmo, y tampoco lo hace. Pues esos pensamientos son tentaciones, pues Dios da justo los pasos que necesitamos, ni muy largos ni muy cortos, sino exactos.

Con el paso del tiempo, naturalmente vinieron los frutos del matrimonio de Rita, naciendo hijos gemelos de la unión. Dios, por su parte, como premio a la obediencia a su voluntad de la Santa le concede la conversión de su esposo. Sin embargo, las secuelas de su vida pasada lo alcanzan y cae asesinado. Una vez más la pobre Rita debe bajar la cabeza y repetir al modo de la Santísima Virgen “hágase en mí según tu palabra”.

Los hijos de esta admirable mujer crecen sanos y fuertes, pero una idea empieza a manifestarse en ellos, es la sed de vengar la muerte de su padre. El corazón cristiano de esta madre tiembla ante esta posibilidad, por ello, una vez más se coloca frente al trono divino y hace un extraordinario pedido: “Señor, llévate a mis hijos, si es esa tu voluntad, pero no permitas que la sed de venganza manche sus almas y arruine sus vidas”. Y Dios la escuchó, muriendo prontamente ambos.

Siempre con una gran mirada de fe, Rita acepta la voluntad misteriosa del Señor, y queda viuda y sin hijos. Es entonces cuando los deseos del pasado vuelven a tomar cuerpo. Piensa una vez más en la vida religiosa, pero tendrá que afrontar grandes pruebas para llegar al convento en donde Dios la quería.

Con claridad entiende la santa que Dios la quiere monja, y es por eso que persevera solicitando ser admitida en tres ocasiones en el convento de las agustinas de Cascia, recibiendo siempre un no por respuesta. No obstante, la voluntad de quien la llama se manifestará esta vez de modo prodigioso para las monjas de ese convento en el hecho de que Rita es introducida en la casa religiosa de modo milagroso en una aparición en la que ve a San Juan Bautista, a San Agustín y a San Nicolás de Tolentino.

Cuarenta años vivirá esta viuda y madre de hijos muertos en el convento, profundizando cada vez más su deseo de hacer en todo la voluntad divina, lo cual, como siempre le pasó, le acarreó grandes penas y sufrimientos.

Su sed de hacer en todo lo que el Señor pidiera, unido al acto de fe que le hacía ver en los superiores al mismo Dios que mandaba, la llevó a obedecer sin protestas y con alegría, una orden aparentemente ridícula de su superiora, pues así hacen los santos, que le mandaba regar una rama seca cada día. Dios premió su fidelidad y nos dejó un ejemplo claro de cómo le agrada que obedezcamos así en el hecho de que la rama seca brotó.

Es conocido el milagro de la espina, por el cual la santa, luego de pedir a Dios que le conceda sufrir al menos algo del misterio de su Pasión, recibe en su frente una espina de la corona de espinas del Señor que se desprende del crucifijo frente al cual ella rezaba. Este portento, tan bello signo de amor para los siglos venideros, fue uno de los peores tormentos físicos de la santa, ya que el dolor desde ahí en más fue constante y cruel, agregándose el hecho de que la herida despedía un olor tan espantoso que las mismas monjas de la comunidad decidieron aislarla totalmente.

Fue tan sumisa en su vida a la voluntad de Dios, que llegado el momento final, Dios la premió sujetándose Él a sus deseos de moribunda. Es por esto que ante su anhelo de comer higos y tener rosas en pleno invierno el Señor permite que la higuera trabaje fuera de época dándole su precioso fruto a la débil enferma, y la corola de la rosa se abre para engalanar a la sierva del Señor. A su muerte un sublime aroma de rosas invadió la habitación de la que durante años había estado aislada por los malos olores de su frente, y las campanas de la iglesia repicaron solas de alegría, pues la que había seguido las pisadas de su Amado Dios había llegado a la morada eterna, Rita, por su obediencia perfecta a la voluntad divina, había entrado al Cielo.

Que ella, al igual que nuestra Madre la Virgen sean para nosotros estímulo a la hora de dejar que Dios nos marque el camino. Nos alcancen ambas la gracia de nunca cambiar los planes que el Señor ha trazado para nuestro bien, aunque nos parezcan misteriosos.

 

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