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LOS RELIGIOSOS FRENTE A LA OBEDIENCIA

Escrito por Santa Catalina de Siena
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La humildad, disposición previa del verdadero obediente.

¿Cómo debe proceder el que quiere entrar en la nave de la perfecta obediencia? Debe poseer la luz de la fe, con la que debe matar la propia voluntad, odiando su propia pasión sensitiva y tomando por esposa la verdadera y pronta obediencia, con su hermana, la pacien­cia, y la nodriza de la humildad. Si no tuviese esta nodriza, la obediencia perecería de hambre, porque en el alma don­de no hay humildad, la obediencia muere pronto.

La humildad no está sola, sino que tiene consigo la sirvienta de la modestia, del desprecio del mundo y de sí mis­ma, que hace que el alma se tenga en poco, y no apetezca honores, sino afrentas.

El religioso debe adquirir y conservar en sí esta perfección, tomando pronta y alegremente la llave de la obediencia. Esta llave abre el postigo o puertecita que hay en la puerta del cielo, como sucede en las puertas que tienen postigo.

La fe les hace descubrir los males que de la desobediencia les vienen

Los verdaderos obe­dientes ven que con la carga de las riquezas y el peso de su voluntad no podrán pasar por este postigo sin gran fatiga ni sin peligro de perder la vida, y ven que no podrán pasarla con la cabeza alta sin riesgo de rompérsela; de ahí se desprendan de sus riquezas y de la propia voluntad, eligiendo la pobreza. Si no observasen el voto de pobreza voluntaria, faltarían a la obediencia, y caerían en la soberbia, que les hace llevar alta la ca­beza de su voluntad. Y si debiendo obedecer, no inclinan su cabeza con humildad, sino que la bajan a la fuerza, cumpliendo lo que le mandan con desagrado, poco a poco, se verán caídos también en el otro voto, quebrantando la continencia. Porque el que no tiene ordenado su apetito ni se ha despojado de sus bienes temporales, siempre halla amigos con quien conversar, que le quieren para su propio provecho. De estas conversaciones pasan a las amistades íntimas y a recrearse en placeres, porque no tienen humildad y carecen del menosprecio de sí mismos. Viven regalada y delicadamente, no como religiosos, en vigilias y oración, sino como señores. Estas y otras muchas cosas les suceden porque tie­nen dinero para gastar; que, si no lo tuvieran, no les sucedería esto.

El obediente domina su sensualidad y descubre a todos sus enemigos

Por esto el perfecto obediente se levanta sobre sí y domina su propia sensualidad, echando fuera al enemigo del amor propio, porque no quiere que sea ofendida su es­posa, la santa obediencia, a la que se unió por la fe. De este matrimonio nace el vivir las santas costumbres y observancias de la orden, y las virtudes verdaderas: la paciencia, la humildad y el desprecio de sí mismo. El alma queda con paz y sosiego, porque ha arrojado afuera a sus enemigos.

¿Cuáles estos enemigos? El principal es el amor propio, origen de la soberbia. Después están la impaciencia, la desobediencia; la infidelidad; la presunción y confianza en sí mismo; la incoherencia, el desorden; el que­brantar las reglas de la orden, y las malas conversaciones. Está también la ira, la crueldad de corazón, el odio de las virtudes; la impureza; la negligencia, y el mucho dormir.

Virtudes y ganancias del obediente

Cuando el religioso conoce, a la luz de la fe, que estos son los enemigos que iban a ofender a su esposa, la santa obediencia, los echa fuera. De ahí que mate su perversa voluntad propia, la cual engordada por el amor propio y es la que da vida a todos estos enemigos de la obediencia. Cortada la cabeza del enemigo principal que sustenta a los demás el alma queda libre y en paz, sin ningún enemigo; nada hay en ella que la pueda amargar o entristecer.

¿Qué combates tiene el verdadero obediente? ¿Le dan guerra las injurias? No, porque es paciente. ¿Le son pesadas las cargas de la vida religiosa? No, porque es obediente. ¿Le entristece la dureza de la obediencia? No, porque ha pisoteado su voluntad y no quiere indagar ni juzgar sobre la voluntad de su superior, antes bien a la luz de la fe descubre en ella la voluntad de Dios. ¿Considera humillantes los quehaceres más bajos o sufrir las afrentas, los improperios, los escarnios o menosprecios que se le puedan hacer o decir? No, porque ama la ab­yección y el menosprecio de sí mismo, y antes se alegra con paciencia y se regocija con su esposa, la verdadera obediencia.

No se entristece más que por las ofensas que ve que se hacen a mí, su Creador. Mantiene trato con los que me aman en verdad. Y si trata con los que viven separados de mi voluntad, lo hace para sacarles de su miseria. Como un hermano, el bien que tiene lo quiere comunicar a los otros. Por esto se esfuerza en atraerlos con la palabra y la oración. Por todos los medios busca sacarlos de las tinieblas del pecado mortal.

Ya trate con justos o con pecadores, las conversaciones del verdadero obediente son siempre buenas. De todos sus momentos ha hecho un cielo, gozándose de hablar y tratar conmigo, su Padre, huyendo de la ocio­sidad mediante la humilde y continua oración. Cuando los malos pensamientos le asaltan, no se echa en la cama de la negligencia, abrazando la ociosidad, ni se pone a escudriñar los pensamientos que se le ocurren. Huye la ociosidad, se domina, se le­vanta sobre su estado de ánimo y con verdadera humildad y paciencia sobrelleva estas pruebas del espíritu; resiste en vigilia y humilde oración, viendo con la luz de la fe que yo soy su defensor y que permito lo que le sucede para que sea más solícito en huir de sí y venir a mí. Si la oración mental le parece difícil, por las tinieblas que obscurecen y fatigan su espíritu, recurre a la oración vocal o a sus ocupaciones manuales para evitar la desidia.

De esta manera, con fe y en obediencia pasa este mar tempestuoso de la vida dentro de la nave de su instituto religioso.

El obediente sólo envidia santamente al que ve más obediente y esmerado que él. Su celda está llena del perfume de la pobreza y no de rico ajuar. No sufre pensando que puedan venirle ladrones para robárselo o que la polilla le echen a perder sus vesti­dos. Si recibe algún regalo, no piensa en guardárselo para sí, sino que lo comparte con sus hermanos, sin inquietarse por el futuro. Remedia su necesidad en el día de hoy y piensa sólo en el reino de los cielos y en cómo observar la verdadera obediencia. Y, puesto que se observa mejor cuando se va por el ca­mino de la humildad, se doblega lo mismo al pequeño que al grande, al pobre que al rico. Se hace sier­vo de todos, no rehusando trabajo alguno, mas sirviéndolos a todos caritativamente. El obediente no quiere obedecer a su manera, eligiendo tiempos y lugares, sino según lo prescriben su reglas o su superior.

Todo esto lo hace sin pena ni hastío. Con esta llave de la obediencia en la mano, pasa por la puerta estrecha de la vida religiosa holgadamente y sin violencia. Es humilde, paciente y perseverante. Vence el ataque de los demonios mortificando y macerando su carne, despojándola de las delicias y placeres, entregándose a los trabajos de la vida religiosa. A él se refería mi Hijo cuando los discípulos discutían sobre cuál de ellos sería el mayor: Quien no se humille como uno de estos pequeños, no entrará en el reino de los cielos (Mc 10,14). El que se humilla será ensalzado, y el que se ensal­za será humillado (Mt 23,12).

Justamente estos pequeños, que por amor se han humillado obedeciendo verdaderamente, sin oponerse a lo que manda su superior, son ensalzados por mí, sumo y eterno Pa­dre, junto con los ciudadanos del cielo, donde son premiados por todos sus trabajos y ya en esta vida gustan la vida eterna.

En el obediente tie­ne cumplimiento la promesa evangélica: «Reci­birán el ciento por uno en este mundo, y una eter­nidad feliz en el otro»

Se cumple en ellos lo que respondió mi Hijo a Pedro cuando éste le preguntó: Maestro, nosotros lo hemos dejado todo por tu amor, y aun a nosotros mismos, y te hemos seguido a ti; ¿qué nos darás? (Mt 19,27). Y mi Verdad le dijo: Os daré el ciento por uno y la vida eterna (Mt 19,29). Como si dijera: «Has hecho bien, Pedro, dejándolo todo, yo, ya en esta vida, te daré el ciento por uno de lo que has dejado.» ¿Cuál es este ciento por uno, al que sigue luego la vida eterna? ¿Los bienes temporales? Propiamente no, sino el fuego de mi caridad, por el que rebosa de alegría vuestro corazón. Porque en la caridad no cabe la tristeza, sino la ale­gría; la caridad ensancha el corazón y lo hace generoso, sin doblez ni ava­ricia.

Los desobedientes: males que les sobrevienen

Muy distinta suerte corre el desobediente, pues ya en esta vida gusta los preludios del infierno. Siempre está triste, con turbación de espíritu y remordi­miento de conciencia; disgustado de la orden y de su supe­rior. Viene a hacerse insoportable a sí mismo. ¡Qué triste espectáculo ofrece! Esclavo de la desobediencia, impaciente y soberbio, sigue su propio parecer, nacido del amor propio!

Privado de la caridad, vive en gran pesadumbre. Inclina de mala gana la cabeza de su voluntad, y la soberbia se la hace levantar. Todos sus deseos están en desacuerdo con los de su instituto religioso. Este le manda la obediencia, él ama la desobediencia. La orden le manda la pobreza voluntaria, y él desea riquezas. Quebrantando los tres votos cae en la ruina y en miserables defectos. Le engaña su amor propio, haciendo caso a su propia sensualidad y a los criterios del mundo. Ha dejado el mundo con el cuerpo, pero permanece en él con el afecto. La obediencia se le antoja pesada y para evitar su peso desobedece, lo que le hace sufrir, pues no vive de amor.

¡Cómo se engaña a sí mismo! Buscando contentar sus gustos, vive en un continuo trabajo, pues no le queda más remedio que hacer muchas cosas a la fuerza. El quiere vivir en grandes deleites y tener el cielo en esta vida, mientras que la orden quiere que sea peregrino y a cada paso se lo da a entender, porque cuando goza de des­canso en algún sitio en donde permanecería con gusto, le manda que se mude a otro. De esta forma sufre con los cambios de residencia. Y si no obedece, queda sujeto a sufrir la corrección; y así vive en conti­nuo tormento. Queriendo huir del trabajo, los tiene mayores. Su ceguera le impide conocer el ca­mino de la verdadera obediencia, camino fun­dado por el obediente Cordero, mi Hijo unigénito. Mas él va por el camino de la mentira, pensando encontrar placer en él, y sólo encuentra dolor y amargura. ¿Quién le guía? Su pasión de desobedecer; él se guía a sí mismo, confiando en su propio saber. Vive en un mar tempestuoso, sacudido por muchos vientos peligrosos, y no se da cuenta que está en peligro de muerte eterna. No es que no lo vea, sino que se engaña miserablemente. Cegado por el amor propio, por el que ha desobedecido, se ha privado de la luz, que no le permite ver su desgracia.

El desobediente: árbol con frutos de muerte

¿Qué frutos produce el árbol del desobediente? Frutos de muerte, nacidos de su soberbia. De ahí que todo él árbol este corrompido: las flores, las hojas, los frutos, las ramas. Las hojas, es decir, su conversación; si ha de anunciar mi palabra, procura hacerlo, no con sencillez, sino con grandilocuencia, más preocupado de agradar que de hacer bien a las almas.

Sus flores exhalan hedor. Son los malos pensamientos que acoge con complacencia, llenos de impureza y de falta de caridad, pensando siempre mal de sus superiores. Engaña a sus superiores cuan­do no le permiten hacer lo que quiere según su perversa voluntad; oculta sus engaños bajo palabras halagadoras o ásperas. No soporta a su hermano ni sufre la más mínima palabra de reprensión que se le diga.

Sus frutos están envenenados por la impaciencia, la ira y el odio hacia su hermano. No tiene caridad fraterna, porque él sólo se ama a sí mismo.

Buscando contentarse a sí mismo, huye de la celda como si fuese un veneno, porque antes ya se ha salido de la celda del propio co­nocimiento, por lo que ha venido a caer en la desobediencia.

Es siempre el último en entrar en la iglesia y el primero en salir. No guarda vigilias ni hace oración. Muchos son los males que acaecen sobre el desobediente y muy dolorosos sus frutos.

¡Oh miserable! Esto produce tu desobediencia. No has tenido los hijos de las virtudes, como el verdadero obediente.

¡Oh desobediencia, que despo­jas el alma de toda virtud y la vis­tes de todo vicio! Privas al alma de la paz y le das la guerra; le quitas la vida y le das la muerte; le vistes de toda miseria y le haces morir de hambre; le das continua amargura y le privas de la dulzura. Conduces al alma a la condenación eterna, donde están los demonios, los que caye­ron del cielo porque fueron rebeldes a mí.

Modos de salir de la tibieza en la vida de obediencia

¡Oh hija querida! Entre los perfectos y estos mise­rables están los religiosos que viven mediocremente. No son perfectos, como deberían ser, ni son tan malos; no están en pecado mortal, pero viven en la tibieza y frialdad de corazón. Estos, si no se ejercitan virtuosamente en la obediencia, están expues­tos a grandes peligros. Por esto han de tener mucho cuidado, no dormirse, y salir de su tibieza. Si en ella permanecen, están muy próximos a caer. Si no caen, vivirán según criterios humanos, aparentando ser religiosos en lo exterior pero sin serlo en espíritu. Y muchas veces por su poca luz estarán en riesgo de juzgar mal a los que en lo exterior no observen las reglas tan bien como ellos, aunque las observen más perfectamente en su interior que ellos.

Estos tales van con­tra el estado de perfección en que entraron y que deberían observar. Y aunque hagan menos daño que los otros de los que te he hablado, lo hacen, sin duda; por­que salieron del mundo para renunciarse a sí mismos, para ser humildes y vivir en amor ardiente.

Debes saber, queridísima hija, que éstos pueden llegar a una gran perfección si quieren, porque están más cerca de ella que los otros. Pero tienen una gran desventaja respecto a los ellos. ¿Sabes por qué? Porque en el malo aparece con toda claridad que obra mal, y la conciencia se lo dice. El amor propio le ha debilitado, y no se esfuerza en salir de aquella culpa que reconoce. Si alguien le preguntase: ¿No obras mal, acaso, al obrar así?, diría: Sí, pero es tanta mi fragi­lidad, que me parece imposible salir del pecado. Ciertamente no dice la verdad, porque con mi ayuda, si quiere puede salir. Sin embargo, reconoce que obra mal, y por este conoci­miento le es posible salir, si quiere.

Pero estos tibios, que por una parte no cometen graves pecados ni por otra hacen obras buenas, no reconocen la frialdad de su estado. Al no reconocerla, no se preocupan de salir de ella. Y si alguien se lo advierte, dada la frialdad de su cora­zón, permanecen atados a su vieja costumbre.

¿Qué medio puede haber para hacer levantar a éstos? Que odien su propia complacencia y reputación, y lleguen al conocimiento de sí mismos, contemplando el fuego de mi divina caridad. Que se desposen de nuevo, como si de nuevo entraran en la orden, con la verdadera obediencia. Se les podrían aplicar aquellas palabras: Malditos los tibios, ojalá fuerais fríos o calientes. Si no os corregís, seréis vomitados de mi boca (Apoc 3,15-16). Si no salen de la tibieza, se exponen a caer, y, si caen serán reprobados por mí.

Levántense, pues, con santos ejercicios, vigilias, humildes y continuas oraciones. Mírense en el espejo de su orden, en los patronos de esta nave, hombres como ellos. Yo soy ahora el mismo Dios de entonces. No ha disminuido mi poder, ni mi voluntad, ni el deseo de vuestra salvación, ni mi sabiduría en daros luz para que conozcáis mi bondad.

Este es el remedio eficaz que emplea el verdadero obediente cada día con mayor celo para aumentar su obediencia. Desea sufrir ultrajes y que el superior le imponga duros mandatos. Por esto se ejercita en el deseo santo de someterse y no, pierde ocasión, porque tiene hambre de obedecer.

 

Santa Catalina de Siena

El diálogo, Parte III, Cap. IV.

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