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La lectio divina

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Práctica de la Lectio Divina para principiantes

 Lic. José A. Marcone, I.V.E.

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 Definición de Lectio Divina

 La Lectio Divina es un diálogo con Dios tomando como punto de partida y como argumento de este diálogo la Palabra de Dios escrita, que es la Biblia, también llamada Sagrada Escritura o Escritura Divina. Por eso también puede definirse como una lectura orante de la Biblia.

 Es muy importante estar convencidos que si bien el título que lleva esta acción es de ‘lectura’ (lectio), se trata de una lectura en la que se entabla una relación dialogal, un diálogo: “En realidad, no sería preciso que los padres y otros maestros espirituales aconsejaran asociar la oración a la lectura. Cuando la lectio divina se practica como enseña la tradición, es decir, cuando la «lectura divina» es verdaderamente «lectura divina» y no mera «lectura espiritual» ni está dominada por preocupaciones intelectuales o utilitarias; cuando la lectio es atención a Dios y contacto personal e íntimo con su Palabra, la oración brota espontánea e irresistiblemente. Esmás, la oración forma parte de la lectio. En efecto, a Dios no se le lee como se lee un autor cualquiera. Se ha insistido mucho en que leer es ponerse en íntima comunicación con el autor, y es cierto. Para leer bien, para que un autor nos comunique de verdad su pensamiento y conteste a nuestras interrogaciones, es preciso-que consideremos que estamos conversando con él. Claro que esto es una ficción, porque ni el autor nos conoce ni está presente, y por tanto no puede responder a nuestras preguntas sino en cuanto las respuestas están ya escritas en su texto. Con la Biblia es diferente. Dios, que está presente en ella, es un Dios vivo, un Dios que no sólo habló sino que habla, que me habla. Por eso, «lectura de Dios» equivale a «conversación con Dios»”[1].

 También podemos definirla de la siguiente manera: “La Lectio Divina es una lec­tura personal de la palabra de Dios, mediante la cual nos esforzamos por asimilar su substancia; una lectura que se hace en la fe, en espíritu de oración, creyendo en la presencia actual de Dios que nos habla en el texto sagrado, mientras nos esforzamos por estar nosotros mismos presen­tes, en espíritu de obediencia y de completa entrega tanto a las promesas como a las exigen­cias divinas”[2].

 “Si se mantiene el concepto auténtico de «lectura divina» se mantendrá ipso facto la neta distinción entre ella y el estudio. Esto no implica, claro es, ningún desprecio para el estudio. Una vida espiritual profunda requiere, por lo general, una buena formación intelectual, teológica, en quienes son capaces, y tienen oportunidad de adquirirla. Dom Ambrose Southey, como de ordinario, acierta plenamente cuando escribe: «La lectio divina se refiere a un tipo de conocimiento especial; el estudio, a un conocimiento más conceptual. Como es natural, no hay que reaccionar exageradamente contra la insistencia actual sobre la inteligencia de Occidente, cayendo en un anti-intelectualismo. No; ambos conocimientos van a la par. Son complementarios, y no mutuamente exclusivos»”[3]

 “La convicción fundamental de fe que guía este modo de acercarse a la Sagrada Escritura es la expresada, entre otros, por Adalgero: “cuando oramos, nosotros hablamos con Dios; cuando leemos (lectio) Dios habla con nosotros”. También San Jerónimo decía: “oras, hablas con el Esposo; lees, Él te habla a ti”[4].

“La lectio es una lectura desinteresada. Se lee por leer. Se penetra en la lectura como si se entrara en la sala de audiencia de Dios, de Jesucristo. Lo que interesa es estar con Dios, con Jesús; escuchar su voz para responderle primero, en la misma lectio, con palabras y luego, a lo largo de la vida, con obras. Pero todo esto no significa que el hombre no recoja otros frutos de su diálogo con Dios, además de la gran merced de haber sido recibido en audiencia.

“Muchos y muy sabrosos son los frutos de la lectio divina. Según san Benito, nos conduce a la perfección; según san Bernardo, nos infunde sabiduría; según san Ferreolo, engendra el fervor espiritual; según Bernardo Ayglier, disipa la ceguera de la mente, alumbra el entendimiento, sana la debilidad del espíritu, sacia el hambre del alma, engendra la compunción de corazón187. Resumiendo los frutos de la «lectura de Dios» entre los monjes antiguos, se ha escrito: «La lectio divina era el paraíso del monje, el lugar de sus deleites espirituales. Ella le consolaba en sus pruebas, le purificaba de sus pasiones, le mantenía fervoroso en el servicio divino y le procuraba las lágrimas de la compunción, la voz de su oración y el alimento de su contemplación»”[5]

 La Lectio Divina bien hecha provoca en el alma una profunda consolación. Alcuino decía: “Como la luz alegra los ojos, así la lectura de la Biblia el corazón”[6]. “La «lectura de Dios»—no se insistirá nunca bastante en ello—es una lectura gustosa y gustada, paladeada. Es saborear al Verbo, sabo­rear a Dios, en el Espíritu Santo, que vivifica la letra y suscita en el lector un gusto secreto para que se ponga en armonía con lo leído y responda con su oración y toda su vida a la Palabra del Padre. Es una experiencia de Dios, pues en ella se verifica una comunicación de vida, una parti­cipación, una comunión”[7]

Hacer la Lectio Divina trae grandes provechos. “Dietrich Bonhoffer tiene a este propó­sito unas líneas preciosas: «Si fuera yo quien tuviera que determinar dónde hallar a Dios, encon­traría siempre a un Dios que está de acuerdo con mi manera de ser. Pero si es Dios quien esta­blece el lugar de encuentro, en tal caso no será un lugar para halagar a la humana naturaleza, un lugar conforme a mi gusto. Este lugar es la cruz de Cristo, y todo aquel que quiera hallarlo debe acudir al pie de la cruz, como lo exige el Sermón de la Montaña. Esto no complace en nada a nuestra naturaleza, sino que le es enteramente contrario. Pero tal es el mensaje bíblico, no sólo en el Nuevo Testamento, sino también en el Antiguo. Y quisiera haceros una confidencia personal: desde que considero la Biblia como el lugar de encuentro con Dios, 'el lugar que Dios me ofrece para encontrarlo', todos los días voy de maravilla en maravilla.

“La leo mañana y tarde, y con frecuencia, a lo largo del día, medito un texto que he escogido para la semana y procuro sumergirme en él profundamente para poder entender de verdad lo que en él nos dice. Estoy convencido de que sin esto no podría vivir verdaderamente y ciertamente ya no podría creer...»”[8]

Preparación remota

Como preparación remota para poder hacer la Lectio Divina sólo hace falta:

  1. a) Saber que la Sagrada Escritura es la Palabra de Dios viva, y tener firme fe en esa verdad. Esto significa que se trata de una “convicción de que la Biblia es un libro actualmente vivo y operante. Bajo las fórmulas, está la presencia misteriosa de Dios que me interpela. Escu­chando sus palabras “es como si viese su propia boca”. Por tanto, Dios inspira siempre al que la lee con fe. La palabra “es fecundada milagrosamente por el Espíritu”, que continúa animándola con su soplo y asegura su juventud perenne. No sólo transmite un mensaje, una doctrina, sino que además es una presencia, es alguien (de aquí que la consideremos un modo de contemplación). Es el acto con que Dios me busca, se revela a mí y exige que me comprometa con Él. De ahí que se diga que la lectura de la Sagrada Escritura tiene una eficacia salvífica: en ella “se bebe la salvación”[9].

Pero es necesario, como decíamos recién, que no basta con creer que Dios ha hablado. “Dios ha hablado; Dios habla; Dios me habla. Se dirige a mí, personalmente, aquí y ahora. Así pensaban los monjes antiguos, profesionales de la «lectura divina». Estaban convencidos de que cada uno de los vocablos contenidos en la Escritura es una palabra que Dios dirige a cada uno de los lectores para su salvación y santificación: siendo la Biblia «ciencia de salvación», creían sin la menor vacilación que todo tiene en ella un valor personal, actual, para la vida pre­sente y con vistas a la vida eterna.

“Dios dirige a cada uno de sus lectores un mensaje personal y único. Este mensaje personal está contenido en e! gran mensaje universal, enderezado a la comunidad de los hombres. San Gregorio lo ha explicado. Dios —viene a decir— nos lo ha dicho todo. Ha hablado una vez, y es suficiente. No hay que esperar otra revelación. Dios no responde al corazón de cada uno por revelaciones privadas porque ha preparado una palabra que puede solucionar todos los proble­mas. En la Palabra de su Escritura, en efecto, si sabemos buscar, encontraremos respuesta a cada una de nuestras necesidades... Para poner un solo ejemplo: si estamos afligidos por un sufrimiento cualquiera o por una enfermedad corporal, encontramos alivio al conocer sus causas ocultas. Como a cada una de nuestras pruebas no se nos responde en particular, recurrimos a la Sagrada Escritura. Allí encontramos que Pablo, tentado por la fragilidad de la carne, oye esta respuesta: 'Te basta mi gracia, porque mi fuerza se manifiesta en la flaqueza' 81. Dios ha recogido en la Escritura Santa todo lo que puede suceder a cada uno y nos ha dado por modelo los ejemplos de los que nos precedieron»82. Admirable lección sobre la actualidad de la Palabra de Dios.

“Claro que Dios no se ha quedado aprisionado en la Biblia. Dios es un Dios vivo que habla «ora por la Escritura, ora por una inspiración secreta». Pero la norma de toda «inspiración secre­ta» es la Biblia. «Se cae fácilmente en el error si no se sabe confrontar lo que se ha recogido en la contemplación secreta con la eminente verdad de la Escritura Santa». Hasta aquí san Gregorio Magno”[10].

 Esta actitud de fe intensa en la Biblia en cuanto verdadera palabra de Dios implica también la entrega total del creyente, del lector y del orante al texto bíblico. “Los maestros de la espiritualidad cristiana, especialmente los Padres, pueden y deben iniciar­nos en esta lectura espiritual de la Biblia. Pero todos los libros del mundo son incapaces de formarnos en esta sabrosa ciencia si no ponemos de nuestra parte una generosidad total. Casiano lo subraya con gran energía. Si no nos entregamos con alma y cuerpo a la Palabra de Dios, ésta nunca se entregará plenamente a nosotros. La Sagrada Escritura tiene una gracia especial: sus vocablos, además de su sentido literal, poseen una profunda resonancia espiritual, que el hombre sólo puede descubrir gracias a cierta connaturalidad. El hombre, cuanto más haya progresado en el trabajo de purificarse de sus vicios y pecados y en la adquisición de las virtudes cristianas, tanto más percibirá este sentido hondo y escondido. Sólo el hombre espiritual puede gustar el sentido espiritual.128

San Gregorio Magno observa por su parte que si la Biblia resulta en parte fácil, en parte difícil, esto se debe a que ha sido escrita para todos, tanto para los fuertes como para los débiles; ejercita a los primeros por sus oscuridades y se muestra indulgente con los segundos gracias a su simplicidad. Se pone al alcance de cada lector. «Si buscas en las palabras de Dios algo elevado, estas palabras santas se elevan contigo y suben contigo a las alturas». Como el maná en el desier­to, la Escritura se adapta al gusto de cada uno; conviene a todos y, permaneciendo fiel a sí mis­ma, condesciende con las posibilidades de los que la utilizan” [11]

  1. b) Tener deseos de conversión; tener deseos de llevar una vida santa. No es posible extraer frutos del diálogo que se establece con Dios en la Lectio Divina si no hay un decidido propósito de cambiar nuestra conducta moral diaria. Incluso más, los frutos de la oración serán muy escasos si no aspiro un perfeccionamiento continuo  en la virtud de la caridad. La Lectio Divina hecha a modo de ejercicio puramente intelectual y animado sólo por la curiosidad del contenido de la Biblia trae frutos escasísimos, por no decir nulos[12].

Preparación próxima

Como preparación próxima solamente hace falta una cosa: ponerse en la presencia de Dios. Lograr el recogimiento interior “que haga confluir en la escucha todas las energías del ser” [13]. Invocar al Espíritu Santo.

Breve descripción de lo que es la Lectio Divina

Usaremos para esta breve descripción un texto de Benedicto XVI: “Quisiera recordar aquí brevemente cuáles son los pasos fundamentales: se comienza con la lectura (lectio) del texto, que suscita la cuestión sobre el conocimiento de su contenido auténtico: ¿Qué dice el texto bíblico en sí mismo? Sin este momento, se corre el riesgo de que el texto se convierta sólo en un pretexto para no salir nunca de nuestros pensamientos. Sigue después la meditación (meditatio) en la que la cuestión es: ¿Qué nos dice el texto bíblico a nosotros? Aquí, cada uno personalmente, pero también comunitariamente, debe dejarse interpelar y examinar, pues no se trata ya de considerar palabras pronunciadas en el pasado, sino en el presente. Se llega sucesivamente al momento de la oración (oratio), que supone la pregunta: ¿Qué decimos nosotros al Señor como respuesta a su Palabra? La oración como petición, intercesión, agradecimiento y alabanza, es el primer modo con el que la Palabra nos cambia. Por último, la lectio divina concluye con la contemplación (contemplatio), durante la cual aceptamos como don de Dios su propia mirada al juzgar la realidad, y nos preguntamos: ¿Qué conversión de la mente, del corazón y de la vida nos pide el Señor? (…) Conviene recordar, además, que la lectio divina no termina su proceso hasta que no se llega a la acción (actio), que mueve la vida del creyente a convertirse en don para los demás por la caridad” [14].

Resumamos lo dicho por Benedicto XVI. La Lectio Divina consta de cuatro pasos. Los expresamos en sus nombres latinos porque son nombres técnicos que es necesario recordar.

  1. Lectio: es la lectura de la Palabra de Dios.
  2. Meditatio: es la meditación de lo leído en el texto bíblico.
  3. Oratio: es la oración que brota del que lee la Biblia como respuesta a la Palabra de Dios.
  4. Contemplatio: es la contemplación o admiración que surge de entrar en contacto con la Palabra de Dios. Esta contemplación implica también el tomar decisiones para cambiar aquellas cosas que haya que cambiar en nuestra propia vida.[15]

Junto con el Papa Benedicto XVI podemos agregar un quinto paso, la actio, es decir la acción que sigue a la oración, el llevar a la acción lo que se ha rezado, el llevar a la vida lo que se ha considerado en la oración.

“La actio consiste en poner en práctica el fruto de todos los otros aspectos descriptos en los pasos anteriores. (…) La actio se refiere sobre todo a la elección de la vocación y al modo de llevar adelante mi vocación”[16]. En este breve escrito sobre la Lectio Divina no nos vamos a extender sobre la actio dado que queremos concentrarnos en el acto mismo de oración, constituido por los cuatro primeros pasos: lectio, meditatio, oratio y contemplatio, mientras que la actio dice relación a una acción que viene a ser una consecuencia de la oración, importantísima sin duda, pero que ya entra en el aspecto conductual o moral del sujeto orante. De ninguna manera queremos quitar importancia a la consecuencia moral de la oración que es la actio, es decir, la puesta en práctica de lo que se ha tratado en el trato íntimo con Dios, sino solo poder enseñar lo esencial de la Lectio Divina que, por otra parte, si se hace bien, de ella la actio brotará sola y espontáneamente.

Una tarea ardua y penosa

No hay que imaginarse que hacer la lectio divina implica pocos esfuerzos. Dice García Colombás: “La Biblia es «el libro de los buscadores de Dios»; la «lectura divina», una tarea propia de los buscadores de Dios. Ahora bien, buscar supone siempre algún esfuerzo. Aunque reposada y apacible, la lectio divina requiere a menudo una notable, una perseverante aplicación.

“Hay que desechar de una vez para siempre la idea de que la lectio consiste o puede consistir en una especie de «pasatiempo espiritual», una leve recreación piadosa. (…)

“La lectio, fundamentalmente, representa el ejercicio del «hombre interior»; un ejercicio que requiere, sin excusa posible, la total atención, la enérgica aplicación de las potencias del alma: la memoria, el entendimiento, la afectividad. Implica la lectio una gran firmeza de ánimo para escrutar, captar y comprender, en el sentido más pleno del vocablo, la Palabra de Dios. Hay que aplicarse a ello (…) con perseverante esfuerzo.

“Ahora bien, el cansancio, el sueño, la desgana, el tedio, la pereza son realidades demasiado humanas para que no afecten, al menos de vez en cuando, al lector de la Escritura. (…). Mucho más a menudo, sin duda, el individuo está poco dispuesto a leer, sobre todo con la atención y la total dedicación propias de la lectio divina. Casiano nos pinta una pequeña escena que debía repetirse con cierta frecuencia en la prosaica realidad cotidiana del desierto cuando escribe: «Tal vez deseo dar fir­meza a mí corazón forzándome a leer la Escritura; pero un dolor de cabeza me lo impide, y hacia las nueve de la mañana me he dormido con la cabeza sobre el libro». Otras veces, el alma se siente como sumergida en el letal sopor de la akedía, y la lectura causa aversión y dis­gusto. Perseverar en ella, cueste lo que cueste, supone una voluntad casi heroica. En la senten­cia de la Regla de San Benito: «Lectiones sanctas libenter audire» (“Hay que aplicarse con gusto a la lectura de las Sagradas Escrituras”), el adverbio libenter (con gusto) se refiere a la repugnancia que ciertos espíritus sentían por la lectura. San Benito reprime severamente tales negligencias.

“A estas dificultades de tipo más bien subjetivo se añaden otras de carácter objetivo, derivadas de la naturaleza misma de la Escritura. Porque, no nos engañemos, la lectura de la Biblia es una lectura austera en muchísimas de sus páginas. Por varias razones. Una de ellas son sus oscurida­des, las dificultades de interpretarla correctamente. Incluso el Evangelio las presenta”[17] .

Otro de los peligros que hace de la Lectio Divina una tarea ardua y penosa es “«el querer conseguir resultados inmediatos». Vivimos en la sociedad de consumo, en la que «todo está organizado para producir lo más posible en el menor tiempo». Esto engendra una «mentalidad utilitarista», y por eso «nos es difícil el dedicarnos a algo que no esté orientado a resultados inmediatos»”[18].

“Otro enemigo acaso más temible y poderoso es el ritmo trepidante, desenfrenado, de la vida moderna, al que difícilmente podemos sustraernos: no hay tiempo; las ocupaciones apremiantes nos absorben, y, si hallamos unos momentos para la lectio, sentimos demasiado a menudo un real vacío interior”[19]

Una pequeña observación sobre el tiempo y el lugar

Mi opinión personal es que no puede hacerse la Lectio Divina  de otro modo que en el espíritu de la sentencia de Nuestro Señor Jesucristo: “Tú, cuando vayas a orar, entra en tu aposento y, después de cerrar la puerta, ora a tu Padre, que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará” (Mt 6,6). A mi modo de ver la soledad es condición indispensable para hacer la lectura de Dios, como la llama García Colombás[20]. Esta soledad puede entenderse de diversas maneras: puede ser la soledad exacta de la que habla Jesucristo, es decir, la propia habitación; puede ser la soledad que a veces nos regala la naturaleza, un bosque, una montaña, etc.; puede ser la soledad de una Iglesia con la compañía del Santísimo Sacramento que se encuentra en el sagrario, aun cuando en la misma Iglesia haya otros fieles que adoran en silencio e incluso, pienso yo, puede ser la soledad que nos proporciona un viaje de un tiempo de cierta duración en medios públicos, cuando se tiene mucha gente al lado pero uno puede abstraerse en la lectura de la Biblia y en la realización de los pasos subsiguientes. Nos convertimos por un momento en ermitaños urbanos.

También puede hacerse la Lectio Divina de manera grupal. Conozco parroquias donde el sacerdote explica un trozo de la Sagrada Escritura y luego cada oyente se retira a la soledad de la Iglesia a realizar por su propia cuenta los pasos propios de la Lectio Divina. Este es un medio óptimo, ya que se tiene una explicación de un especialista en la Biblia que favorece mucho la lectio y los demás pasos. Además, el hecho de haberse comprometido a concurrir a un lugar y a un horario determinado ayuda mucho a la voluntad para que el ejercicio de la Lectio Divina se haga efectivamente.

Pero debe quedar absolutamente claro que la Lectio Divina puede ser hecha por cualquier cristiano que sepa leer, que tenga fe en que la Biblia es Palabra de Dios y que tenga verdaderos deseos de convertirse, es decir, de cumplir cada vez mejor los mandamientos de Dios.

Descripción más detallada de cada paso de la Lectio Divina o Lectura orante de la Biblia

1) Lectio: consiste en la lectura de un trozo unitario de la Sagrada Escritura. Esta lectura implica la comprensión del texto, al menos en su sentido general.

“La Lectio es el primer paso, por el cual se lee con la convicción de que Dios está hablando. No es la lectura de un libro, sino la escucha de alguien. Es “escuchar la voz de Dios hoy”. Se trata de leer un pasaje de la Sagrada Escritura, que debe ser ni demasiado largo ni excesivamente corto. Es necesario que el texto elegido tenga cierta unidad y que haya en él un concepto clave que unifique los demás elementos. Para esto puede servir mucho seguir los textos que ofrece la liturgia de la Misa de cada día que están seleccionados ya con ese criterio”[21].

Éste es un trabajo objetivo, es decir, se trabaja sobre el texto sagrado, que tiene un mensaje objetivo. Nuestra labor en la lectio consiste en descubrir y desentrañar ese mensaje objetivo.

Esta actividad debe responder a la pregunta: ¿Cuál es el mensaje, cuál es el contenido de este texto de la Biblia?

Para llevar a cabo este primer paso (lectio) lo ideal es lo siguiente:

Hacer, con anterioridad, un estudio del texto que se va a utilizar en la Lectio Divina[22].

Luego, ya en la Lectio Divina misma:

  1. Tener solamente el texto de la Sagrada Escritura, teniendo en la memoria todo lo que se ha estudiado.
  2. Si no es posible manejarse solamente con la memoria, entonces hacer un resumen o un esquema de lo que se ha estudiado y tenerlo al lado del texto de la Sagrada Escritura.
  3. Si tampoco le es útil el resumen o esquema, tener junto al libro de la Biblia los apuntes completos que se han tomado del estudio.

Sin embargo, es necesario tener en cuenta lo siguiente. Hay distintos niveles para hacer el primer paso, la lectio. El primer nivel, indispensable, es la simple lectura de un trozo unitario. ‘Simple lectura’ significa leer varias veces el texto. Leer con paciencia y atención varias veces el texto propuesto. Esto debe hacerse hasta que se hayan encontrado ideas y temas suficientes para ser procesados y reflexionados en la meditatio. En este primer nivel, al alcance de todo cristiano que simplemente sepa leer, no hace falta un conocimiento científico de la Biblia. Bastan sólo dos cosas: saber leer y tener fe en que la Sagrada Escritura es Palabra de Dios.

Un segundo nivel para hacer el primer paso de la Lectio Divina, la lectio, es la lectura previa de algunos comentarios al trozo propuesto de la Sagrada Escritura. En esta lectura previa de algunos comentarios tienen preeminencia los textos de los Santos Padres. Luego los comentarios de Santo Tomás de Aquino a la Sagrada Escritura. Luego la de los santos en general. Finalmente, comentarios de la Sagrada Escritura modernos y de sana doctrina.

“La Lectio consiste en una repetida lectura de un paso de la Escritura con el fin de comprender el significado que el autor originario trataba de comunicar a sus lectores y auditores. Es necesario leer varias veces el texto. En la Lectio tratamos de captar el trozo en su contexto original histórico, geográfico, cultural. ¿Cuál era el motivo religioso que el autor tenía en mente? ¿Cuándo lo escribió? ¿Dónde? ¿En qué circunstancias? ¿Cómo ha sido recibido este mensaje por los destinatarios originales? Para este aspecto de la Lectio los comentadores pueden ser de gran ayuda (…). Pero es crucial el elemento religioso. En efecto, él trasciende las circunscriptas condiciones originarias en las cuales el texto ha visto la luz y por lo tanto este elemento religioso tiene una validez universal y duradera. La relectura continuada puede ayudarnos a comprender este elemento religioso”[23]

Un tercer nivel para hacer la Lectio es la investigación científica del trozo propuesto. Para esto es necesario leer no sólo comentarios a la Sagrada Escritura, sino estudios exegéticos. Para esto se requiere tener un cierto hábito y una cierta destreza que se adquiere con el estudio y la dedicación especial a la Sagrada Escritura. De esta manera uno puede captar con más profundidad y exactitud el sentido literal del texto de la Biblia, y de allí descubrir el sentido dogmático, el sentido moral y el sentido escatológico, que son los sentidos espirituales de la Sagrada Escritura.

Mientras más alto sea el nivel de la lectio al que podamos acceder, más profunda, más fructuosa y más gozosa será la Lectio Divina. Pero es necesario saber que aun cuando nos mantengamos en el primer nivel, la Lectio Divina despliega todo su poder y potencialidad, haciendo tocar al creyente la Palabra viva de Dios. La distinción de estos niveles debe ser un acicate para hacer crecer nuestros conocimientos sobre las Sagradas Escritura, pero la ausencia de la posibilidad de acceder a los dos niveles superiores no debe desalentar a nadie, sino convencerse que un lectura simple, bien intencionada y perseverante de la Biblia es suficiente para proporcionar la materia necesaria para realizar la Lectio Divina. “Orígenes, uno de los maestros en este modo de leer la Biblia, sostiene que entender las Escrituras requiere, más incluso que el estudio, la intimidad con Cristo y la oración” [24].

Es por eso que no hace falta para hacer la Lectio Divina tener una comprensión total del texto, con un estudio demasiado profundo. La Sagrada Escritura es un mar lleno de perlas y el que la lee o la medita puede concentrarse en alguna de esas perlas. Así por ejemplo, se da el caso de que algunos encuentran saciedad en algún versículo o incluso palabra, cuyo significado investigan en la lectio y que sirve muy bien para meditar y hacer la oratio y la contemplatio.

De todas maneras me parece conveniente que se lea numerosas veces el texto sobre el cual se hace la Lectio Divina, de tal manera de tener la comprensión general más exacta posible. Una vez que se hace eso entonces sí podemos detenernos en un versículo o una palabra que nos ha llamado la atención.

Una misma lectio (primer paso) puede servir para varias Lectio Divina. De la misma manera que los rumiantes traen a la boca varias veces el mismo alimento, así, se puede hacer la meditatio y el resto con el pan de la Palabra ya masticado en una lectio.

2) Meditatio: estando siempre en la presencia de Dios, reflexionar en nuestro interior y con nuestra inteligencia sobre lo que se ha leído y comprendido.

Reflexionar significa pasar de una verdad conocida a otra verdad que esté relacionada de algún modo con la primera, y todo esto usando como instrumento nuestra propia razón, nuestra propia capacidad de raciocinio, sin olvidar que estamos en presencia de Dios.

De este modo se van encontrando nuevas verdades y nuevas relaciones entre las verdades. También se van encontrando nuevas aplicaciones de estas verdades a mi vida personal, al contexto en el que se sitúa mi vida personal y al “aquí y ahora” de los tiempos que nos toca vivir.

Estas reflexiones deben suscitar en mí afectos de la voluntad que impriman con más fuerza en mi alma las verdades descubiertas. Nuestro corazón debe encenderse al reflexionar sobre la verdad divina aplicada a mi vida.

Es necesario advertir que en estas nuevas verdades que he descubierto, en las nuevas relaciones que he visto y en los afectos que han nacido en mi corazón está la voz de Dios. En efecto, si bien en la meditatio uso libremente de mis facultades intelectuales y volitivas, sin embargo, lo específico de este paso es la actitud de escucha de mi alma a todo lo que Dios quiera decirme y que toque de cerca mi vida personal, en la situación concreta en que me encuentre. Dios tiene muchas cosas que decirme y sólo espera que nosotros nos dispongamos a escucharlo. La meditatio es esa disposición del alma que usa de todas sus facultades intelectuales y volitivas para poder captar lo que Dios le dice … al modo de Dios.

Esta actividad debe responder a la pregunta: ¿Qué me dice Dios a mí, en mi situación actual, a través de este texto de la Biblia?

“La meditatio consiste en una reflexión sobre el objeto último del texto – el elemento religioso originario del autor humano y divino- que trasciende las limitaciones temporales y espaciales de la situación original del texto. La meditatio trata de reconocer lo que el texto me dice a mí hoy. (…) Las preguntas que la meditatio me provoca son las siguientes: ¿Cuál es la relevancia para el hoy del elemento religioso que el autor, humano y divino, expresa en el texto? ¿En qué modo soy provocado por este elemento religioso que es comunicado a través del texto?”[25]

3) Oratio: “es la plegaria que brota del corazón al toque de la divina palabra” [26]. En este paso los conceptos asimilados en la lectio y la meditatio se convierten en plegaria. “Dios habla, nosotros escuchamos y acogemos, y respondemos a Dios y le hablamos. El texto puede suscitar varios tipos de oración: alabanza, profesión de fe, acción de gracias, adoración, petición de perdón y de ayuda” (Card. Scherer).

“La oratio consiste en la oración que viene de la meditatio. Es un espontánea reacción del corazón en respuesta al texto”[27]

Los modos en que nuestra oración puede subir hacia Dios son: petición, intercesión, agradecimiento y alabanza.

Se pueden usar los mismos textos de la Sagrada Escritura, cuando ayudan para este fin, por ejemplo, los Salmos.

Esta actividad debe responder a la pregunta: ¿Qué me hace decirle a Dios este texto?

Si se hacen bien la Lectio y la Meditatio, la Oratio aparece casi como una exigencia del espíritu, nace sola, sin forzarla[28].

Cuando en la meditatio, la Palabra me hace una reprensión, sola hace nacer en la oratio una oración de súplica de perdón. Cuando en la meditatio, la Palabra me llena de gozo o me alienta, nace espontáneamente en la oratio una oración de acción de gracias.

Una de las preguntas importantes para pasar de la meditatio a la oratio es: ¿qué sentimientos ha generado en mí la meditatio? Puede ser que haya sentido sentimientos de culpa, ante un trozo de la Escritura que denuncia un pecado mío o una carencia moral o intelectual. Un ejemplo. En Mc.1,16-20 se dice que los hombres llamados se ligan a Jesús como discípulos y, por lo tanto, Jesús también se compromete a ligarse a ellos como maestro. La misma cercanía que Jesús pide que los discípulos tengan con Él, la tiene Él con ellos en cuanto Maestro. Él también se compromete a estar muy cerca del que lo sigue, del que va detrás de él. Y por esta razón la vocación también es un don, porque es el llamado a una vida íntima con Jesús. Al hacer yo la meditatio me doy cuenta que no he considerado suficientemente la vocación como un don. Siento una carencia. Ese es el sentimiento que generó en mí la meditatio. Por lo tanto, en la oratio elevaré al Señor un pedido de perdón por mi falta de agradecimiento, agradeceré el don de la vocación y le pediré que crezca en mí la concepción de la vocación como un don y que crezca, por lo tanto, el agradecimiento por ese don.

El paso que se da entre la meditatio y la oratio es el mismo movimiento que sucede cuando alguien viene navegando en cayac por un rápido montañés y de golpe llega a un gran remanso. Allí cesa la actividad de la razón y se encuentra cara a cara con Dios para hablarle y decirle todo aquello que la lectio y la meditatio le han hecho decirle a Dios. Y luego con la contemplatio viene una calma mayor aun.

La imagen del cayac que viene por un rápido de la montaña está tomada del hecho que en la lectio y en la meditatio el creyente investiga diligentemente en el texto, va y viene, de una palabra a otra, luego vuelve a la misma palabra, anota, etc. En cambio en la oratio se acabó toda actividad de investigación. Ahora es el momento de encontrarse con Dios. Y la contemplatio es el momento de compenetrarse con Dios: hacer que Dios penetre en nosotros y que nosotros penetremos en Dios.

De acuerdo a esto la Lectio Divina es un proceso de interiorización siempre mayor. De la lectio a la meditatio, de la meditatio a la oratio y de la oratio a la contemplatio hay una flecha que indica el interior del corazón del hombre, donde habita Dios. Por lo tanto el movimiento es del exterior del hombre a lo más interior. Pero como Dios mora en lo más interior del hombre este mismo movimiento es también de una interiorización en Dios; es decir, es un movimiento que va de lo más exterior de Dios a lo más interior de Dios. Por eso podemos decir que hay como una progresión de mayor intimidad con Dios de la lectio a la contemplatio.

4) Contemplatio: como último paso de la Lectio Divina debemos abandonarnos totalmente en los brazos de Dios. Esta actividad de la Lectio en realidad no es una actividad sino más bien una cesación de toda actividad. La mejor imagen que nos puede dar a entender lo que es la contemplatio es aquella que nos presenta el salmo: “Señor, yo estoy callado y tranquilo, / como un niño recién amamantado / que está en brazos de su madre. / ¡Soy como un niño / recién amamantado!” (Sal.130,2). El bebé de brazos que ha sido recién amamantado por la madre se siente absolutamente seguro, pleno y feliz; no tiene necesidad de más nada; no tiene necesidad de decir nada para expresar su felicidad.

Otra imagen que nos puede ayudar a comprender lo que es la contemplatio es la de aquel que mora dentro del templo de Dios. Como cuando estamos en un templo y la realidad sagrada nos rodea por todos lados y nos sentimos como sumergidos en ese ambiente sagrado, así debemos morar y permanecer en el misterio de Dios durante la contemplatio. Así como la nube llenó el Templo de Jerusalén (cf. 2Crón 7,1-3), así también durante la contemplatio debe rodearnos el misterio de Dios, debemos introducirnos en Dios, morar en Él, morar en la Palabra. Dejar que la Palabra nos penetre y nos ‘empape’.

Otra imagen que puede ayudarnos es la de aquel que toma sol. Debemos estar en la Contemplatio como aquel que plácidamente recibe los rayos benéficos del sol. Debemos estar en silencio y sin esfuerzo alguno recibiendo la acción del “Sol que nace de lo alto” (Lc.1,78), que es la Palabra.

La contemplatio debe hacerse sobre Dios mismo y no sobre las verdades de Dios. El objeto de nuestra contemplación no pueden ser los conceptos acerca de Dios que hemos encontrado en la meditatio, sino  Dios mismo. Así por ejemplo, no puede ser objeto de la contemplatio el concepto de bondad de Dios, sino el Dios bueno, cuyo concepto de bondad he encontrado en la meditatio. La contemplatio tiene un gran carácter de adoración y esa es una de las razones por las que tiene por objeto a Dios mismo.

“La contemplatio consiste en la adoración, en la alabanza y en el silencio delante de Dios que se está comunicando conmigo. Es un tentativo de estar delante de Dios omnipotente teniendo expuesto nuestro corazón. (…) La contemplatio confiere a todo el proceso de lectura de un texto el aspecto del deleitarse en el comprender”[29].

“Contemplar es un acto más simple que la oración, pero muy rico; a él pertenecen sentimientos como el estupor, la admiración, el reconoci­miento, la adoración, la confesión de las grandezas de Dios, la alabanza”[30].

Si quisiéramos resumir la contemplatio en una sola palabra, esa palabra sería ‘estupor’. Puede ayudarnos el saber la definición de ‘estupor’ según el Diccionario de la Real Academia Española: “Estupor. Asombro, pasmo. Disminución de la actividad de las funciones intelectuales, acompañada de cierto aire o aspecto de asombro o de indiferencia”. Y la definición de ‘pasmo’: “Pasmo. Admiración y asombro extremados, que dejan como en suspenso la razón y el discurso”. Según esto, debemos ponernos ante la Palabra, ante su grandeza y su belleza, con un corazón lleno de asombro y admiración, dejando como en suspenso la razón y el discurso.

“Entre los antiguos esta última etapa de la Lectio Divina expresa una experiencia religiosa que se parece mucho al éxtasis” [31].

“Quédate impresionado, fascinado, en silencio, en calma. Déjate animar por el ardor de la Palabra, como quien recibe el calor del sol” (P. Irure).

 Otro de los modos de hacer la  contemplatio es contemplar al Espíritu Santo, que es el que engendra la Escritura. Contemplarlo y entrar en contacto con Él.

 Toda la LD es un proceso que parte de la palabra de Dios escrita y debe llegar a la Palabra, el Verbo. Así, la contemplatio se convierte en una contemplación de la Palabra. De la palabra a la Palabra.

La contemplatio es como la flor y la coronación de toda la Lectio Divina [32].

Si fuera posible, anotar las luces y las gracias que Dios me ha concedido, y los propósitos que he formado.

La Lectio Divina, un proceso unitario

La Lectio Divina puede compararse al proceso de alimentación de los animales rumiantes. Éstos, una vez que ya han ingerido los alimentos, los vuelven a llevar a la boca para volver a masticarlos y poder así extraerle toda la sustancia. Así también nosotros masticamos el pan de la Palabra cuando hacemos el primer paso, la lectio; rumiamos el alimento de la Palabra cuando hacemos la meditatio; y lo asimilamos, lo hacemos parte de nosotros mismos, con la oratio y la contemplatio. “La lectio presenta un manjar sólido, la meditatio lo mastica,... la oratio lo saborea,... la contemplatio es el sabor mismo”[33].

“El Evangelio es el libro de la vida del Señor y está escrito para que se convierta en el libro de nuestra vida. No sólo hay que leerlo, sino interiorizarlo. Cada Palabra es Espíritu y vida, y está esperando un corazón hambriento para entrar en él” (M. Delbrel).

“La LD es un modo de leer la Sagrada Escritura que implica varios aspectos, que no deben ser considerados como fases netamente separable, sino puntos de vista de un solo acto que es al mismo tiempo simple y complejo: simple, porque fundamentalmente es un tentativo de responder  a la Palabra de Dios con todo el corazón; complejo, porque fundamentalmente es un tentativo de responder a la Palabra de Dios con todo nuestro corazón” [34]

Otro modo en que pueden definirse los pasos de la Lectio Divina es:

  1. Comprensión de la Palabra de Dios (lectio)
  2. Escucha de lo que la Palabra de Dios me dice a mí (meditatio)
  3. Reacción espiritual y orante a la escucha (oratio)
  4. Gozo sapiencial de toda la realidad aprehendida en los tres pasos anteriores, es decir, gozo sapiencial del mismo Dios (contemplatio)

Si bien la Lectio Divina es un proceso unitario, sin embargo podemos distinguir, sin destruir su unidad, dos binomios: la lectio y la meditatio constituyen el primer binomio; la oratio y la contemplatio constituyen el segundo binomio. En otras palabras, podemos organizar la Lectio Divina en dos grupos: el primero conformado por lectio y la meditatio; el segundo conformado por la oratio y la contemplatio.

  1. Lectio
  2. Meditatio

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  1. Oratio
  2. Contemplatio

En el primer binomio o grupo predomina más la acción de la razón discursiva. En el segundo predomina la razón contemplativa. En el primero predomina más la reflexión; en el segundo predomina la contemplación. En el primer binomio predomina la conversación con uno mismo (siempre en la presencia de Dios). En el segundo binomio predomina la conversación con Dios.

Otra característica del primer binomio es que la lectio y la meditatio se compenetran mutuamente. A medida que uno va haciendo la lectio es imposible no meditar sobre lo que se está leyendo, es decir, es imposible que no se haga meditatio mientras se hace la lectio. Espontáneamente el espíritu humano en una verdad descubierta de la Sagrada Escritura percibe si esa verdad lo toca personalmente o no. Y ese percibir que lo toca personalmente pertenece a la meditatio[35].

“No debemos considerar la lectura, la meditación, y la oración como grados sucesivos, sino como tres ramales de una misma cuerda. Sus grados o peldaños no se suceden uno después de otro: son elementos que coexisten pacíficamente. Y no sólo coexisten sino que se interfieren y presentan características tan semejantes que con frecuencia, es muy difícil distinguirlos entre sí” [36].

Otro aspecto que resalta la unidad de la LD es el siguiente: como la LD se trata verdaderamente de rumiar, es lógico que estando haciendo la oratio o la contemplatio, quiera volverse a la meditatio y a la lectio, para cotejar lo que estamos hablando con Dios con la norma objetiva de lo que hemos estudiado y meditado. Esta vuelta a la meditatio y a la lectio cuando ya se está en las dos etapas posteriores (que son de relación directa con Dios) también tiene el objetivo de recrear el motivo por el cual nos habíamos sentido inclinados a hablar a Dios, y recrear el tema original que motivó la conversación con Dios en la oratio y la contemplatio.

En la meditatio hay una  mayor introspección y, por lo tanto, una relación del yo consigo mismo, siempre en la presencia de Dios. La oratio es el paso del tú a tú con Dios; se habla en intimidad con Dios. Y la contemplatio es el momento del abrazo con Dios. Dos personas que se quieren mucho hablan confidencialmente y en intimidad un cierto tiempo, hasta que esa conversación se hace tan íntima que provoca un abrazo de unión, que sella de una manera afectiva todo lo que se ha estado hablando. Esa es la relación que hay entre la oratio y la contemplatio.

Diferencia entre la Lectio Divina y la meditación clásica

Una de las preguntas que puede brotar en aquel que se dispone a ejercitar la Lectio Divina es: ¿qué diferencia hay entre la meditación que hago todos los días y la Lectio Divina? Trataremos de dar a esta pregunta una respuesta lo más concreta posible.

En primer lugar debemos decir que meditación clásica (también llamada ‘oración mental’) y Lectio Divina son de naturaleza distinta y, por lo tanto, son esencialmente distintas.

Esta distinción esencial entre una y otra consiste fundamentalmente en el objeto sobre el cual se aplica el alma para hacer oración. En la meditación clásica u oración mental la mente se aplica a un texto escrito por un teólogo o un autor espiritual. En la Lectio Divina el alma se aplica a la Palabra de Dios escrita que es la Biblia, y que ha sido escrita por un hagiógrafo con Inspiración Bíblica. Ambas, meditación clásica y Lectio Divina, coinciden en que ambas ‘trabajarán’ sobre verdades reveladas por Dios, pero hay una diferencia esencial entre tomar esas verdades de un texto humano de tomarlas de un texto divino, como es la Biblia. El que hace la Lectio Divina entra en contacto directo con la Palabra viva.

De esta distinción fundamental brota la dificultad y el gran desafío que comporta la Lectio Divina. En la meditación clásica la lectio de la Lectio Divina se ofrece ya hecha, de manera que no hace falta más que leer lo que es presentado en el libro que se usa para meditar, para comprender el sentido. En cambio, Lectio Divina implica un trabajo personal en buscar las verdades reveladas directamente del texto sagrado. Hacer la Lectio Divina es arrojarse a un océano inmenso y lleno de riquezas, pero que requiere la ausencia de temor al mar. En la meditación clásica otro, el autor, ha hecho la lectio por nosotros.

Otra distinción muy importante está en el hecho que en la meditación clásica se destina el mayor tiempo de ella a lo que en la Lectio Divina es la Meditatio, es decir, el pasar de una verdad conocida a una verdad desconocida por el método de la reflexión discursiva, dándole a la conversación directa y formal con Dios un espacio pequeño, al final de la meditación en el coloquio. En cambio, en la Lectio Divina, la meditatio ocupa un espacio menor, el mínimo indispensable para que abra al orante a la conversación con Dios, para que incite al orante a hablar con Dios, para que invite al que ora a decirle a Dios lo que tiene en su corazón, todo esto en la oratio. Y luego, de este dirigirse a Dios con la oratio, se abre a la compenetración con Dios en la contemplatio.

Otra diferencia muy importante está en el método en que se desarrolla una y otra. El método en la Lectio Divina es mucho más simple y más unitario. El método en la meditación clásica implica pasos distintos (materia, composición de lugar, historia, petición, reflexión, coloquio, propósitos).

Otra diferencia importante consiste en que la Lectio Divina implica una confrontación mucho más franca con la vida concreta del hombre. Esto se hace en la meditatio. En cambio, en la meditación clásica, si bien no puede estar desprovista de propósitos concretos, se va de verdad en verdad sin que tenga una parte particular en la cual hacer la confrontación de la verdad contemplada con la vida concreta del que medita.

Otra diferencia entre meditación clásica y LD es que la misma meditación de la LD es distinta de la meditación clásica. Y esto es así porque es muy distinto meditar sobre una verdad abstracta (aun cuando sea un dogma) que meditar sobre una palabra o una frase de la SE, que evoca, no solamente una verdad abstracta sino un grupo de existentes concretos. Por eso en la LD la meditación será siempre un movimiento de desentrañar el sentido de las palabras, mientras que en la meditación clásica se trata de relacionar verdades ya conocidas y comprendidas por el solo hecho de comprender sus términos.

Podemos decir, entonces, de acuerdo a lo dicho recién, que la LD es más existencial y más integral, hace implicar en la oración a todas las potencias y posibilidades del hombre. La meditación clásica, en cambio, es más abstracta e involucra sobre todo la razón del que reza.

De esto no podemos concluir que la Lectio Divina sea más importante que la meditación clásica. Simplemente afirmamos que se diferencian esencialmente. Aún más, en todo aquel que se encuentra en un estado de perfección (sacerdocio, vida religiosa), no debe faltar ni la meditación clásica u oración mental, ni la Lectio Divina.

Conclusión

Debemos, entonces, animarnos a hacer la Lectio Divina. Dice Benedicto XVI: “Orígenes, uno de los maestros en este modo de leer la Biblia, sostiene que entender las Escrituras requiere, más incluso que el estudio, la intimidad con Cristo y la oración. En efecto, está convencido de que la vía privilegiada para conocer a Dios es el amor, y que no se da una auténtica scientia Christi sin enamorarse de Él. En la Carta a Gregorio, el gran teólogo alejandrino recomienda: «Dedícate a la lectio de las divinas Escrituras; aplícate a esto con perseverancia. Esfuérzate en la lectio con la intención de creer y de agradar a Dios. Si durante la lectio te encuentras ante una puerta cerrada, llama y te abrirá el guardián, del que Jesús ha dicho: “El guardián se la abrirá”. Aplicándote así a la lectio divina, busca con lealtad y confianza inquebrantable en Dios el sentido de las divinas Escrituras, que se encierra en ellas con abundancia. Pero no has de contentarte con llamar y buscar. Para comprender las cosas de Dios te es absolutamente necesaria la oratio. Precisamente para exhortarnos a ella, el Salvador no solamente nos ha dicho: “Buscad y hallaréis”, “llamad y se os abrirá”, sino que ha añadido: “Pedid y recibiréis”»

 “ (…)

 “La lectio divina, que es verdaderamente «capaz de abrir al fiel no sólo el tesoro de la Palabra de Dios sino también de crear el encuentro con Cristo, Palabra divina y viviente»” [37].

Recordemos, como lo hace Benedicto XVI, que media hora de lectura de la Biblia trae aparejada, con las condiciones necesarias, el don de la indulgencia plenaria [38].

Terminemos con una mención a la Virgen María, tomada de Benedicto XVI: “Encontramos sintetizadas y resumidas estas fases de manera sublime en la figura de la Madre de Dios. Modelo para todos los fieles de acogida dócil de la divina Palabra, Ella «conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón» (Lc 2,19; cf. 2,51). Sabía encontrar el lazo profundo que une en el gran designio de Dios acontecimientos, acciones y detalles aparentemente desunidos” [39].

Dos apéndices interesantes

Presentamos dos textos de García Colombás sobre dos complementos de la Lectio Divina y que algunos los consideran como dos pasos más dentro del mismo proceso de la Lectio Divina.

Uno de ellas, la collatio, ciertamente que es un elemento que completa la Lectio Divina, pero que no necesariamente forma parte de su estructura esencial.

La otra, la eructatio, es una consecuencia de la Lectio Divina, la cual, hecha con asiduidad y seriedad, crea en la persona que la practica aquella disposición de la que habla Jesucristo: “De la abundancia del corazón habla la boca” (Mt 12,34)[40].

He aquí los textos.

Collatio

“La lectio divina hecha en privado, encuentra un complemento frecuente, por lo menos según los textos monásticos antiguos y medievales, en la collatio. La palabra es expresiva. Viene de confero, en el sentido de «confrontar» y también de «contribuir».

“¿En qué consistía la collatio? En un coloquio de tipo estrictamente espiritual, en el que se po­nían en común las experiencias individuales obtenidas al contacto de la Palabra de Dios. En dicho coloquio cada participante era libre de exponer lo que el texto sagrado, leído y saboreado en la intimidad del diálogo con Dios, le había sugerido: ideas, sentimientos, propósitos...; lo que redun­daba en edificación y enriquecimiento de todos. Con frecuencia el fin que pretendían los partici­pantes en el coloquio no era otro que ayudarse mutuamente a resolver los problemas que el texto bíblico planteaba: qué significaba tal o cual vocablo, cómo debía interpretarse determinado pasaje... Y siempre con un propósito práctico: amoldar mejor la propia vida a la Palabra de Dios.

“(…) En el suplemento sobre san Orsiesio a una vida de san Pacomio leemos: «Desde los principios, acostumbraban todos los días por la tarde, después del trabajo y la refección, sentarse juntos y discutir sobre las Escrituras».

“El interés y provecho de tales conferencias espirituales para los que tomaban parte en ellas es patente. Compartir las experiencias personales al contacto con la Escritura, contrastarlas con las de otros monjes, no podía menos de constituir un estímulo poderosísimo para seguir adelante por el camino del ascetismo y en la práctica asidua de la «lectura de Dios»”[41].

Eructatio

“La palabra eructatio, tan desagradable para la sensibilidad moderna, es el sustantivo del verbo eructare, «eructar». Pertenece, pues, a la terminología de la comida y la digestión. Eructa el que está harto, ahíto, repleto de alimento. Probablemente, sugirió el uso de este término el principio del salmo 44 en versión de la Vulgata: «Eructavit cor meum verbum bonum», que hoy traduci­mos mucho más finamente: «Me brota del corazón un poema bello».O acaso el versículo 7 del salmo 144: «Memoriam abundantiae suavitatis tuae eructabunt», que hoy suena así en nuestros templos: «Difunden la memoria de tu inmensa bondad». Hay que notar que no son infieles estas traducciones al texto original, puesto que eructare significa también «proferir», «expresar», y se usa sobre todo para hablar del lenguaje inspirado de los profetas.

“¿Qué querían significar los autores espirituales al utilizar este vocablo, símbolo bíblico del entusiasmo y del amor? Simplemente, que toda nuestra conversación, todos nuestros escritos, no deberían ser otra cosa que una efusión, un rebosar, de la superabundancia e intensidad de los pensamientos y afectos que la lectio divina, la meditatio, la frecuentación asidua, personal e íntima de la Palabra de Dios, han ido engendrando y acumulando en nuestro espíritu.

“El abad Hiperiquio decía: «Que el monje desborde de palabras de bondad; que de su boca broten las palabras del Altísimo».  Y, según san Juan Crisóstomo, los solitarios de Siria reco­gían en la lectura de los libros sagrados «la miel de sus oraciones y de su conversación». Son pensamientos hermosos y verdaderos. La Palabra de Dios escrita nos proporciona «las palabras del Altísimo», «la miel»—es decir, lo mejor—que podemos devolver al mismo Dios, después de apropiárnosla, en la oración, y compartir con los hermanos en nuestro trato con ellos. Una miel que fluye espontáneamente de los labios y del corazón, sin premeditación, sin esfuerzo, sin dar­nos siquiera cuenta de ello. Que todo esto no es una pura imaginación, nos lo prueba una multi­tud de escritos debido a hombres y mujeres que, en realidad, no son otra cosa que un desborda­miento, una comunicación irreprimible, una efusión irrestañable, de lo mejor que había en su alma; y que todo ello era efecto de la lectio divina, de la meditatio, nos lo prueban irrebatible­mente las continuas citas, reminiscencias, imágenes, expresiones y vocablos procedentes de la Escritura que forman la trama de tales escritos[42].

“En resumen, podría decirse que la lectio divina, en que se gusta la Palabra de Dios, en que uno se maravilla al contacto y comunión con esta Palabra, sólo es posible en el espacio interior del corazón, caja de resonancia en que los ecos dan vida a una meditación, un continuo revolver de la verdad y la vida que se nos revelan y comunican. Como María conservaba y revolvía en su corazón todas las palabras pronunciadas a propósito de su Hijo 221, el lector fiel de la Escritura no deja de ejercitarse en la meditatio para profundizar la Palabra de Dios, para apropiársela y con­vertirla en sustancia de su propio ser. Y luego la comunica naturalmente a los hermanos, la comparte, como canta la liturgia de la Iglesia en las fiestas de sus doctores: «La boca del justo expone la sabiduría, su lengua explica el derecho, porque lleva en el corazón la ley de su Dios». Lo que exponen sus labios lo ha meditado largamente, lo ha vivido en su interior.

“A propósito de la predicación de san Agustín ha escrito F. van der Meer: «Apenas toca él los textos, éstos se abren como flores al sol de la mañana. Y cuando los textos lo tocan a él, seconvierten en fuentes de agua que salta hasta la vida eterna. Entonces, de los más recónditos pasajes de la Escritura brota de sus labios agua viva ». Ésta es la eructatio de que hablan los antiguos”[43].

Un tercer apéndice interesante

Con otra frase tomada de García Colombás afirmamos la siguiente verdad, que es también un complemento para el ejercicio de la Lectio Divina: para San Benito las obras de los Santos Padres eran también objeto de la Lectio Divina.

He aquí el breve texto de García Colombás: “Dice la Regla de San Benito en el capítulo 73 y último: «El que tenga prisa por llegar a una perfección de vida, tiene a su disposición las enseñanzas de los Santos Padres, que, si se ponen en práctica, llevan al hombre a la perfección. Porque ¿hay alguna página o palabra inspirada por Dios en el Antiguo o en el Nuevo Testamento que no sea una norma rectísima para la vida del hombre? ¿O es que hay algún libro de los Santos Padres católicos que no nos repitan constante­mente que vayamos por el camino recto hacia el Creador? Ahí están las Colaciones de los Pa­dres, sus Instituciones y Vidas, y también la Regla de nuestro Padre san Basilio. ¿Qué otra cosa son sino medios para llegar a la virtud de los monjes, obedientes y de la vida santa?» (Regla, 72,2-6)

“San Benito recomienda aquí, evidentemente, tres clases de lecturas: la Biblia, los Padres católicos y los Padres monásticos. No dice que se lean las obras de los Padres durante el tiempo destinado a la lectio, pero es evidente que, en particular, o se leían entonces, o no se leían, pues no quedaba otro tiempo disponible durante la jornada, ni en los días laborables ni en los domin­gos y fiestas. Las obras de los Padres, por consiguiente, eran objeto de la lectio divina, según san Benito”[44].

Y unas páginas más adelante vuelve a repetir: Además de la Sagrada Escritura, “para saber lo que se puede y lo que no se debe leer en la lectio divina, la Regla de San Benito nos proporciona un criterio precioso: sólo se deben leer obras de los «Santos Padres católicos» (Regla, 73,4)”[45] 

 

***

 

[1] Colombás, G., La lectura de Dios. Aproximación a la lectio divina, BAC, Madrid, 2004, p. 29-30. Ya casi al final de su trabajo, este mismo autor tiene una página hermosísima acerca del “Concepto de lectio divina” (ese es el subtítulo). En ella hace como un resumen de lo dicho en todo el libro en palabras que no tienen desperdicio (Colombás, G., La lectura de Dios…, p. 64). Lo mismo puede decirse del colofón con el que termina el librlo (p. 69)

[2] Bouyer, L., Parola, Chiesa e Sacramenti nel Protestantesimo e nel Cattolice­simo, Brescia, 1962, p. 17, citado en Fuentes, M., Rezar con la Biblia, Colección Bíblica. Como una breve introducción a la necesidad y al provecho de la lectura de la Biblia aconsejamos leer este breve y profundo opúsculo del P. Fuentes.

[3] Colombás, G., La lectura de Dios…, p. 67-68.

[4] Fuentes, M., Rezar con la Biblia, Colección Bíblica.

[5] Colombás, G., La lectura de Dios. Aproximación a la lectio divina, BAC, Madrid, 2004, p. 47.

[6] Citado en Fuentes, M., Rezar con la Biblia, Colección Bíblica.

[7] Colombás, G., La lectura de Dios. Aproximación a la lectio divina, BAC, Madrid, 2004, p. 25.

[8] Colombás, G., La lectura de Dios. Aproximación a la lectio divina, BAC, Madrid, 2004, p. 20-21.

[9] Fuentes, M., Rezar con la Biblia, Colección Bíblica. Otro texto que aclara esta verdad es el siguiente: “La característica primera y fundamental de la lectio divina es la fe que la anima. Sin una fe viva, radical, en que Dios ha escrito la Biblia, en que el autor último, principal y verdadero de la Escritura es el propio Dios, ¿cómo sería posible «leer a Dios»?

“Pero no basta estar persuadido de que Dios ha escrito, de que Dios ha hablado. Es preciso hacer un acto de fe en que Dios sigue hablando. No se leen sus palabras como se leen las de un autor de otros tiempos. Dios no está muerto. Es el «Dios vivo». Su palabra está viva. «La Pala­bra de Dios es viva y enérgica», dice la Carta a los Hebreos (Heb 4,12). Sin creer firmemente que «abrir la Biblia es encontrar a Dios», que «en los libros sagrados, el Padre que está en el cielo sale amoro­samente al encuentro de sus hijos para conversar con ellos», que «Cristo está presente en su palabra», la verdadera «lectura de Dios» resulta completamente imposible” (Colombás, G., La lectura de Dios…).

[10] Colombás, G., La lectura de Dios…

[11] Colombás, G., La lectura de Dios…, p. 31.

[12] “Otra de las disposiciones fundamentales para acercarnos a Dios que nos espera en la Escritura son la sencillez, el desprendimiento, la docilidad, la entrega. (…)

“El desprendimiento debe liberarnos, como dice A. Southey, del «deseo ansioso de los resulta­dos». Pues no se debe «ir a la búsqueda de sentimientos, de 'experiencias', de ideas bonitas para comunicar a los demás... La lectio es una labor de larga duración, que lleva a una profundiza­ción incesante, pero normalmente imperceptible, de nuestra intimidad con Dios» 166.

“En el simposio cisterciense sobre la lectio divina ya citado se notó con insistencia que solemos acudir a la Biblia para ver qué podemos sacar de ella, no para ver lo que ella puede sacar de nosotros... Esto, naturalmente, es de la mayor importancia. Para que la «lectura de Dios» sea auténtica, es preciso acercarse a ella con espíritu de entrega, de perfecta disponibilidad a lo que el Señor va a pedirnos. «La lectio es una verdadera ascesis. No se queda en un nivel teórico, sino que, como la misma Palabra de Dios, es una espada de doble filo, que llega a las profundi­dades más íntimas y requiere una respuesta personal. (…)

“Esta disposición fundamental de escudriñar las Escrituras para cumplir y poner por obra la voluntad del Señor que en ella se mani­fiesta, esta actitud generosa del corazón abre a los sencillos y menos preparados el sentido de los preceptos divinos que ignoran por negligencia espíritus mejor dotados. «El ojo del amor ilumina las tinieblas de su rudeza... Llegan así a las cumbres del entendimiento, porque no dejan de cumplir lo que han comprendido, hasta las cosas más pequeñas»” (Colombás, G., La lectura de Dios…, p. 40-41)

[13] Fuentes, M., Rezar con la Biblia, Colección Bíblica

[14] Benedicto XVI, Exhortación Apostólica post-Sinodal Verbum Domini, nº 87.

[15] La letra t de cada  palabra debe pronunciarse como la letra c castellana cuando está delante de una i o un e; es decir: debe leerse: leccio, meditacio, oracio  y contemplacio.

[16] Swetnam, J., La Lectio Divina, 1999, p. 2

[17] Colombás, G., La lectura de Dios. Aproximación a la lectio divina, BAC, Madrid, 2004, p. 35-36.

[18] Colombás, G., La lectura de Dios…, p. 66.

[19] Colombás, G., La lectura de Dios…, p. 67.

[20] “La «lectura divina» sólo puede florecer y fructificar en un clima hecho de recogimiento, de paz, de oración. Hay que restaurar ese clima si se quiere restaurar la lectio. Porque «nadie puede penetrar el sentido del Evangelio si no ha descansado como Juan, en íntimo coloquio, sobre el pecho de Jesús», como dice Orígenes . ¿Y quién puede desmentirle?” (Colombás, G., La lectura de Dios…, p. 67)

[21] Fuentes, M., Rezar con la Biblia, Colección Bíblica, San Rafael.

[22] “Pedro el Grande, zar de todas las Rusias, dio este decreto: «Los monjes no sólo lean las Sa­gradas Escrituras, sino que las entiendan» De nada, en efecto, sirve leer la Biblia si no se la entiende. La lectura de la Palabra de Dios nunca fue considerada por la Iglesia como un rito mágico.

“Unas páginas de la Biblia son claras; otras, oscuras. Considerada globalmente, la Escritura resulta más bien oscura que clara. No es fácil, muchas veces, entender perfectamente lo que quiere decir. La transmisión del texto ha sido a menudo defectuosa; la lengua hebrea, como toda lengua, ha ido evolucionando a través de los siglos; la forma de expresarse de autores tan remo­tos y tan personales como san Pablo dista mucho de la nuestra... Descubrir el significado preciso de ciertos vocablos, de ciertos pasajes, no sólo del Antiguo Testamento, sino también del Nue­vo, presupone un esfuerzo, un estudio.

“Es un esfuerzo y un estudio del que el lector de la Escritura no puede prescindir, según nos advierten los maestros de la lectio divina. Esto no significa, naturalmente, que todo lector de la Biblia tenga que ser maestro consumado en exégesis; pero sí que hay que utilizar los trabajos de los maestros en exégesis. Recordemos los sudores de un Orígenes, de un san Jerónimo, para llegar a poseer un texto correcto de la Escritura y penetrar su verdadero sentido. Ante todo, su sentido literal, al que debe ajustarse la «lectura divina». Nada debe quedar borroso, vago, impre­ciso, en cuanto sea posible. La filología, las ciencias naturales, todo el saber humano debe po­nerse en juego para descubrir el sentido histórico de la Palabra de Dios escrita” (Colombás, G., La lectura de Dios..., p. 30-31).

 [23] Swetnam, J., La Lectio Divina, 1999, p. 1

[24] Benedicto XVI, Exhortación Apostólica post-Sinodal Verbum Domini, nº 86.

[25] Swetnam, J.. La Lectio Divina, 1999, p. 1

[26] Fuentes, M., Rezar con la Biblia, Colección Bíblica.

[27] Swetnam, J.. La Lectio Divina, 1999, p. 2

[28] “No olvidemos nunca que la lectio divina es a la vez lectura y oración. Cuando san Jerónimo escribía a santa Eustoquia: «Cuando oras, hablas a tu Esposo; cuando lees, él te habla a ti», no quería significar que debe terminarse primero la lectura para dedicarse luego a la oración. Leer y orar—lo hemos visto— eran para los antiguos dos actividades espiri­tuales que se compaginaban, que debían compaginarse en la lectio divina. Y es perfectamente claro que los antiguos y los medievales no conocieron otro método de oración que la «lectura divina» y que oraban habitualmente teniendo el texto sagrado ante los ojos o, al menos, en la memoria” (Colombás, G., La lectura de Dios…, p. 65)

[29] Swetnam, J., La Lectio Divina, 1999, p. 2.

[30] Fuentes, M., Rezar con la Biblia, Colección Bíblica

[31] Fuentes, M., Rezar con la Biblia, Colección Bíblica.

[32] Existe un libro italiano que divide la Lectio Divina en, fundamentalmente, tres partes: Lectura, Interpretación y Actualización. Entendemos que la Lectura y la Interpretación corresponden a lo que en la Lectio Divina tradicional se señala por Lectio, mientras que la Actualización corresponde a la Meditatio; cf. Stock, K., Vangelo secondo Marco, Edizioni Messaggero Padova, Collanna Dabar – Logos – Parola, Lectio divina popolare, Padova, 2002, 225 pp. (ver documento de Word aparte).

[33] Guigo II, gran prior de la Cartuja, Scala claustralium, sive de modo orandi. VPL 184,476, citado en Colombás, G., La lectura de Dios…, p. 54

[34] Swetnam, J., La Lectio Divina, 1999, p. 1.

[35]

[36] Dicesare, P., Lectio Divina, trabajo no publicado todavía.

[37] Benedicto XVI, Exhortación Apostólica post-Sinodal Verbum Domini, nº 86.87.

[38] Cf. Benedicto XVI, Exhortación Apostólica post-Sinodal Verbum Domini, nº 87, nota 298.

[39] Benedicto XVI, Exhortación Apostólica post-Sinodal Verbum Domini, nº 87.

[40] En esta cita Jesucristo se refiere a los fariseos, para hacer resaltar las palabras malas que salen de un corazón malo. Sería la eructatio en su sentido más desagradable. También puede citarse como una eructatio mal aplicada aquella que lleva a una conversación trozos bíblicos para aplicarlos humorísticamente a situaciones concretas.

[41] Colombás, G., La lectura de Dios…, p. 55.

[42] Nota nuestra: de esta manera se explica cómo era posible que Jesucristo citara constantemente el AT. Y también explica cómo era posible que muchos de los cánticos del NT (Benedictus, Magnificat, etc.) estén tan llenos de reminiscencias bíblicas

[43] Colombás, G., La lectura de Dios…, p. 55-56.

[44] Colombás, G., La lectura de Dios…, p. 58.

[45] Colombás, G., La lectura de Dios…, p. 65.

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