San Marcelino Champagnat

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Martes, 25 Octubre 2016 15:46

Perder la vocación

En una oportunidad San Marcelino les habló los hermanos sobre el tema de la vocación, ya que le preguntaron si se podía perder la vocación. Y el santo les hizo una distinción, les dijo: "Fallar la vocación, perder la vocación, apostatar la vocación, y ser infiel a la vocación, son cosas muy distintas ".

 

Fallar la vocación

Es ignorar los designios de Dios sobre uno. Es cuando alguien no conoce lo que Dios quiere de sí o se equivoca en lo que cree que Dios le pide. Hay jóvenes buenos que se quedan en el mundo porque no saben lo que es la vocación, o nadie les predicó, o nunca conocieron una casa religiosa. Pero muchos de ellos no lo conocieron pero desearon vivir bien, y esa buena disposición suplirá en ellos la vocación que no pudieron seguir por falta de conocimiento.

 

Perder la vocación

Es abandonarla antes de ser religiosos por los votos. Después de conocerla suficientemente y de formar parte de alguna comunidad. Es no haber sabido o querido cultivar, entretener, afianzar y conservar la vocación recibida. Es dejar sin producir el talento que Dios nos dio. Es dejar de corresponder a la vocación recibida y que ya se había abrazado y merecer que Dios nos quite esta gracia por las siguientes causas:

  • Abuso de la  gracia y menosprecio de  las cosas pequeñas
  • Pasión desordenada por algo
  • Incumplimiento del reglamento
  • Negligencia y  descuido de  los ejercicios  de  piedad
  • Tentaciones violentas y graves y repetidas faltas
  • El desaliento, "que es la causa más frecuente"

Una sola de estas causas puede ser suficiente para perder la vocación. La pérdida de la vocación conlleva consecuencias gravísimas:

  • Vida desgraciada: Es como un miembro del cuerpo que está dislocado, hace

sufrir a todo el cuerpo y siempre está mal. El joven  que no está donde Dios quiere.

  • Una cadena interminable de faltas: El que abandona la vocación y se entrega al mundo, en todo encuentra ocasiones y peligros. Encontrará dificultades aún en las cosas más pequeñas. "Tres cosas muy funestas siguen a la pérdida de la vocación: la privación de gran número de gracias, una espantosa cadena de pecados, y la condenación casi segura".
  • El desaliento en todas las empresas. Todo lo que emprenda le saldrá mal. Se desalentará en las dificultades. Porque resistió a Dios y no puede encontrar en él su Emprenderá de todo, y tropezando en todo, no levará nada a feliz término.

 

Ejemplo de la Virgen a Santa Catalina de Suecia, hija de Santa Brígida, que estaba muy tentada de dejar la vocación. La mamá rogó por ella y a la noche Santa Catalina vio el mundo todo envuelto en llamas, y se encontraba ella rodeada de fuego por todos lados. Estando en este apuro vio a la Virgen y sin poderse contener le suplicó: ¡Ayúdame, oh santa Madre de Dios! Y la Virgen le respondió:  ¿Cómo? Con menosprecio de tu vocación  intentas  irte al mundo,  en medio  de todos los peligros, quieres  meterte intencionalmente en estas llamas, ¿y me llamas para que te ayude?

Catalina prometió ser fiel a la vocación y rechazar las tentaciones e inmediatamente cesaron las llamas.

"El hermano de María que ponga su vocación en manos de esta divina Madre, jamás la perderá".

 

Apostatar de la vocación

Corresponde a los que han hecho sus votos en la religión y luego abandonan este estado. La vocación no es ya un consejo sino una obligación. El abandonar la vocación luego de comprometerse con Dios conlleva frecuentemente la perdición del alma. Es como un naufragio en alta mar. Es la bancarrota universal.

San Agustín:  "No he visto almas más perversas y más hondamente corrompidas que las

que se han maleado en la religión ". Como dijo Cristo, que el que pone la mano en el arado y mira para atrás, No es apto para el Reino de los Cielos.

 

Ser infiel a la vocación

  • No adquirir las virtudes y el grado de perfección al que se está llamado No corresponder a la gracia y huir de la mortificación
  • Vivir en cobardía y tibieza
  • No hacer todo el bien que se debería y se puede El que descuida el avanzar en la perfección

 

Consecuencias:

  • Muchas faltas veniales y otras graves
  • Vida inquieta y sin alegría. Se vive triste de los compañeros, de uno mismo, y hasta del mismo
  • Peligro de perder la vocación y ser abandonado de Dios o  Gran temor de la muerte
  • Purgatorio dilatado y riguroso

 

Que Dios nos conceda ver lo importante que es no ser infieles a la vocación, y mucho menos ponemos en peligro de perder la vocación.

Que la Virgen María nos conceda la gracia de la perseverancia.

Lunes, 11 Abril 2016 15:30

Las cinco épocas de la vida religiosa

I. De los quince a los veinte años: época de la docilidad

Durante este período de la vida, el joven es cera blanda que admite con facilidad todas las huellas, todos los moldes. Es la edad en que necesita más dirección y cuidados asiduos, pero también en que es más fácil guiarle, porque su fe y confianza en los superiores son perfectas. ¡Ay del superior que, por ligereza de conducta, haga perder al súbdito semejantes sentimientos, precioso amparo de su virtud!

De los quince a los veinte años, el novicio estudia prácticamente la vocación, conoce el Instituto, debe ser probado

La época de los quince a los veinte años es, para el novicio, la de las recias luchas y tentaciones. En cuatro de éstas necesita especialmente dirección y ayuda (solo recogemos dos):

2.a El hastío de la oración.

Insístase mucho en que no permanezca ocioso durante la oración mental; oblíguesele a ocuparse en ella reflexionando o rezando vocalmente, recordando la presencia de Dios, o al menos leyendo algún libro que se le haya indicado.

Recuérdesele con frecuencia la fidelidad a la gracia y a las cosas pequeñas. Lo están pidiendo tres razones poderosas sobre las que nunca se insistirá bastante ante los religiosos jóvenes:

a. La fidelidad a la gracia y a los detalles preserva del pecado venial, que es la causa más común de la ruina de la piedad.

b. Los triunfos menudos que el religioso joven alcanza sobre sí mismo para observar la regla, ser fiel a la gracia y evitar faltas leves, le preparan para los combates mayores, los actos heroicos de virtud, y le preservan del pecado grave, que es la muerte del alma, de la vocación y de la piedad.

Don Bosco: Medios positivos para conservar la castidad: oración, evitar el ocio, frecuentar los Santos Sacramentos y ser cuidadoso en las cosas pequeñas. (Don Bosco, lx, 708)

c. Por otra parte, todo acto de virtud, por pequeño que sea, merece una nueva gracia. El que practica esa fidelidad, consigue la piedad, el fervor y una mayor participación del espíritu de Jesucristo, y va creciendo en virtud cual árbol plantado junto a las aguas.

4° El desaliento.

Es una de las tentaciones más comunes: pocos jóvenes se ven libres de ella.

El demonio del desaliento es muy astuto: se infiltra en el alma y penetra por todas sus facultades. Reviste todas las formas: la del vicio, la de la virtud, incluso la de la humildad, ya que las más de las veces uno se desalienta con el pretexto de la incapacidad.          

El desaliento es tentación peligrosísima. Es para el alma lo que la parálisis para el cuerpo: la hiere en todas sus facultades y le hace imposible la lucha contra las tentaciones. Engendra temor exagerado, tristeza, desgana y tedio: enfermedades, todas ellas, que arruinan y matan la piedad, la alegría santa, la confianza en Dios y el espíritu filial.

El desaliento es la tentación de Judas y de todos los réprobos. Por eso, el padre Caraccioli, célebre teólogo italiano, afirma que «es la causa de condenación de todos ellos, y que nadie se condenaría si no hubiera desaliento».

Póngase, pues, todo empeño en precaver a los hermanos jóvenes contra dicha enfermedad del alma. Para ello, hágaseles comprender perfectamente:

•   Que la vida del hombre es vida de lucha y, por consiguiente, que se han de esperar pruebas y tentaciones.

•   Que los mayores santos han sido los más tentados y probados de todas las maneras.

•   Que, dentro de los designios misericordiosos del Señor, son para nosotros medios de perfección, ejercicio de virtud, ocasión de mérito, y no precisamente obstáculos para la salvación.

•   Que es propio del hombre caer, y propio de Dios perdonar y volver a levantar. Por consiguiente, no nos han de extrañar nuestras caídas, ni menos aún desalentarnos, sino inducirnos a arrojarnos con toda confianza en los brazos de Dios.

• Que de los defectos, y aun de las faltas, podemos sacar tajada, porque nos obligan a montar la guardia sobre nosotros mismos, a rezar, a humillarnos y a contar sólo con Dios.

•   Que el hombre constante, inasequible al desaliento, llega siempre a capacitarse para la profesión, a cumplir cabalmente el empleo y a adquirir virtud sólida.

 II. De los veinte a los treinta años: época de la fijación.

En la vida religiosa es el tiempo en que se la abraza definitivamente con la profesión perpetua. Quien se ponga entonces a regatear[1], carece de ánimos, de generosidad y de fidelidad a la gracia. Es un defecto peligrosísimo por las malas consecuencias que de él se derivan. El que entonces no para de ponerlo todo en tela de juicio o permanece nadando entre dos aguas, compromete la vida entera y se arruina el porvenir. El examen y prueba de la vocación han de ser prudentes, pero no prolongarse demasiado. «Semejante lentitud no es necesaria dice Suárez, suele ser óbice para la llamada divina y la expone a graves peligros».

Una vez concluido el tiempo normal de probación, retrasar voluntariamente la profesión religiosa con frívolos pretextos y temores exagerados, es obrar contra la sabiduría, la sagrada Escritura, los santos padres y la recta razón; por el contrario, es sensato y ventajoso entregarse a Dios temprano y ligarse a la vocación tras las pruebas convenientes. Según el texto sagrado, a un adolescente fue a quien Jesucristo invitó con estas palabras: Si quieres ser perfecto, anda, vende cuanto tienes, y dáselo a los pobres...; ven después, y sígueme (Mt 19, 21).

Según san Juan Crisóstomo, el peor enemigo de la vida religiosa es el demonio, que pone en juego todas sus artimañas para apartar de la vocación a los que han sido llamados a ella y, cuando no puede nada contra ellos, intenta por lo menos persuadirles de que difieran la ejecución de tal proyecto, y estima que es buena ganancia si logra un retraso de un día para el ingreso en religión o la emisión de los votos». ¡Cuántas veces, con tales retrasos, el enemigo de la salvación logra arruinar buenas vocaciones y echar a perder una vida entera! «¡Cuántos vemos escribe san Bernardo a quienes la falsa prudencia del mundo ha seducido, extinguiendo en su alma todos los buenos sentimientos que el cielo les había inspirado! Nada hagáis con precipitación les había insinuado, pensadlo mucho, volved a examinarlo; ya que apuntáis tan alto, calculad vuestras fuerzas, consultad con los amigos, andad con cuidado, reflexionad y volved a reflexionar. Vais a dar un paso del que tal vez hayáis de arrepentiros más tarde»

Y sigue diciendo el santo: «Ésa es una sabiduría terrena y animal, rayana en la locura, enemiga de Dios y de vuestros verdaderos intereses; engendra tibieza e infidelidad a la gracia; provoca náuseas al mismo Dios, que os va a vomitar de su boca y alejar de su corazón».. ¡Cuántas vocaciones ha echado a perder! ¡A cuántos jóvenes ha descarriado y arrojado al infierno!

En la época de los veinte a los treinta años es cuando se contraen y arraigan los hábitos buenos o malos. Si el joven no se ancla entonces firmemente en los buenos principios y costumbres de sólida virtud, se encadenará para siempre en hábitos viciosos, en imperfecciones y defectos de los que no va a desenredarse en toda la vida.

De los veinte a los treinta es la época de desarrollar el juicio, levantar el espíritu y darle la mayor amplitud posible de miras. Si durante ese tiempo el joven queda abandonado a su libre albedrío y al propio criterio, si teme la dirección y la rehúye, tendrá siempre estrechez de miras y no será nunca hombre íntegro. «La vista de un hombre –decía el padre Champagnat–, aunque sea óptima, resulta siempre débil y de poco alcance. Los anteojos y demás instrumentos de óptica son los que la alargan y le permiten alcanzar las profundidades del espacio. De igual modo, por muchas luces y dotes que tenga un hermano, si se le abandona y deja consigo mismo y su débil razón, quedará corto de juicio o se descarriará».

Al llegar a los veinte años, el joven está expuesto a tres nuevas tentaciones:

1.a Se para a pensar, examina la vida pasada, se pone a dudar de la vocación; le entran ganas de comenzar otra carrera, so pretexto de haber ingresado y permanecido en la vida religiosa sin darse cuenta de lo que hacía. Es argumento erróneo, que sólo pueden inspirar las pasiones y el demonio. A un adolescente de catorce a quince años, sin suficiente capacidad de reflexión, Dios no le habla por medio de la mente, sino del corazón. Hace a éste dócil para seguir los atractivos de la gracia, los consejos de un director prudente, de un padre, de una madre, de un amigo; le infunde amor a la piedad, a la vida religiosa, y le concede la gracia de seguir el camino señalado. Ese modo de llamar a la vida religiosa es un colmo de misericordia: preserva al niño de un sinnúmero de faltas, le protege contra los peligros del mundo, en los que su virtud sin duda habría naufragado, y es tanto más seguro cuanto que para nada intervienen aquí el criterio propio ni los móviles humanos. Desestimar gracia tan insigne, ser infiel a una llamada que puede calificarse de divina, no querer ver, en una obra tan providencial, la mano de Dios, su protección y designios misericordiosos, es hacerse reo de negra ingratitud.

2.a La presunción es el segundo peligro. El joven se las da de hombre cabal, presume de las propias fuerzas, confía demasiado en sus talentos; quiere que se le consulte sobre el destino de su persona y mil detalles que no le conciernen; de sus labios brota incesantemente un monosílabo: ¡YO! Yo a troche y moche, no hay más que el yo. Se trata escuetamente del orgullo egocéntrico, lastimoso defecto que, de no combatirse y enmendarse, echa a perder los mejores temperamentos.

3.a La tercera tentación es consecuencia de la segunda: el joven, al creerse capaz de orientarse solo, abandona la dirección de los superiores y se confía a su propio criterio, exponiéndose a faltas considerables y a lanzarse por sendas perdidas que le llevarán al abismo. De los veinte a los treinta años, el joven necesita la dirección igual que de los quince a los veinte. ¡Ay de él, si abandona ese único medio de formar el juicio y de afirmarse en el camino de la virtud y de los buenos hábitos!

 III. Cuando el joven ha llegado a los treinta años, puede ya decirse de él: genio y figura, hasta la sepultura.

Sus aficiones y hábitos están ya formados; tal como los dejó arraigar y crecer en sus facultades, así los va a conservar toda la vida. Su manera de ser podrá admitir ligeras modificaciones, pero fundamentalmente no va a cambiar. Si no está entonces sólidamente afirmado en la virtud, es muy de temer que no lo esté nunca; si ha adquirido algún resabio vicioso, lo va a tener toda la vida.

¿Se ha visto alguna vez a un religioso, tras diez o quince años de infracción habitual de la regla, que, pasados los treinta, haya empezado a aficionarse a la observancia y haya llegado a ser modelo de regularidad? Poquísimas veces.

¿Quién ha visto a un religioso fluctuar, de los veinte a los treinta años, por tibieza, tedio de los ejercicios de piedad y abandono injustificado de los mismos, que haya llegado a ser, pasado ese término, sólidamente piadoso y ferviente? Será un caso rarísimo.

¿Se habrá visto alguna vez un religioso ancho de conciencia, despreciador de los detalles, sin temor al pecado venial y cometiéndolo con frecuencia sin el menor remordimiento, que haya dejado arraigar en el alma, desde los veinte hasta los treinta años, el hábito de toda clase de faltas y que, después de esa edad, se haya vuelto fiel a la gracia, cabal cumplidor de la regla, de conciencia delicada y timorata? Casi nunca.

¿Sabéis de algún religioso poco firme en la vocación, que no para de ponerla en tela de juicio, indeciso y nadando entre dos aguas desde los veinte hasta los treinta años, y que, pasado ese tope, se haya consolidado realmente en la vocación, haya perdido el hábito de la inconstancia y se haya entregado con toda el alma al servicio de Dios y a su santo estado? El religioso que, de los veinte a los treinta años, no ha echado raíces, no las echará nunca. Aunque profese entonces, no lo deis por seguro: dejará siempre una puerta abierta, ocultará segundas intenciones, y la menor ocasión bastará para derribarle y echarle al mundo. «Esos individuos –decía nuestro venerado padre– son de la misma ralea que los aludidos por el Espíritu Santo, cuando afirma: El necio se muda como la luna (Ecclo 27, 12); fluctúan toda la vida y no son constantes en nada».

¿Habrá algún religioso que, de los veinte a los treinta años, ande jugando con las víboras, deje penetrar en el corazón la raíz de la impureza, luche flojamente contra esa vil pasión y se le rinda, que se corrija luego y guarde fielmente el voto de castidad? Ese religioso aficionado a las víboras, jugará más o menos con ellas toda la vida; cada uno de sus años quedará señalado con la vergonzosa mancilla de algunas faltas graves contra la virtud angelical.

Finalmente, ¿cuándo se ha visto a un religioso esclavo, desde los veinte hasta los treinta años, de cualquier pasión como la ira, la afición al vino, la insubordinación o cualquier otra mala tendencia, que la haya desarraigado, corregido y dominado, pasada esa edad? Nunca o rarísima vez. Llegado a los treinta años, lo dicho: genio y figura, hasta la sepultura.

Tal vez alguien pregunte: ¿No puede una persona corregirse y convertirse en cualquier época de la vida? Sí, la gracia no falta nunca, uno puede convertirse en cualquier momento; eso no quita que tal clase de conversiones sean excepcionales. Un defecto que, a esa edad de los veinte a los treinta y con los medios más abundantes para corregirlo, ha pasado a ser hábito, es lo más difícil que hay de desarraigar y extirpar. Nadie hay más difícil de conmover y convertir que el religioso que ha abusado de la gracia durante diez o quince años. Es preciso un milagro de la gracia para conseguirlo y realizar tal trueque: se trata, pues, de conversiones tan raras como los milagros.

La perturbación atmosférica de una sola estación del año sobre todo cuando se trata de la primavera basta para comprometer la cosecha, estragar todos los productos del año y hacer que la esterilidad y el hambre se abatan sobre la tierra. De igual modo, el trastorno y desorden en una sola época de la vida sobre todo si se da en la juventud basta para malear toda esa vida y hacerla estéril en virtud. El religioso que, de los veinte a los treinta años, no llega a ser piadoso, sino que se deja dominar por lamentables hábitos, echa a perder toda la vida; nunca será sino un simulacro de religioso.

«Con el abuso de la gracia y el descuido de las cosas pequeñas –dice san Gregorio–, insensiblemente seducido y sin darse cuenta, cae uno en las grandes». Entonces se peca sin remordimiento, y cuando se ha llegado a ese grado de perversidad, ya no hay remedio. San Juan Crisóstomo enseña: «El alma, una vez corrompida y envilecida por el hábito del mal, padece enfermedad incurable. Por muchos remedios que Dios le ofrezca, ya no sanará».

El pecado que llega a ser habitual, se identifica en cierto modo con el hombre que lo comete: el pecador habitual se ha convertido en pecado; por eso es casi imposible que se corrija. La sagrada Escritura echa mano de tres comparaciones espantosas para expresar la desgracia del hombre que se halla en semejante estado: Vistióse de la maldición como de un vestido; penetró ella como agua en sus entrañas, y caló como aceite hasta sus huesos (Sal 108, 18). La maldición envuelve al pecador habitual como un vestido, ya que le rodea por todas partes, se adueña de todas sus acciones y palabras; penetra como el agua en su interior, donde va a malear todos sus pensamientos e intenciones; finalmente cala como el aceite hasta sus huesos, es decir, hasta el alma, el corazón y la mente, arruinando y reduciendo a la nada todas sus facultades.

No parecen entenderlo esos hermanos jóvenes que dicen: No hay prisa para entregarse al Señor y comprometerse con él. Ya habrá tiempo, más adelante, para corregir los defectos, luchar contra las pasiones y sujetarse a la regla. ¡Hombres aturdidos, habláis como insensatos! Habéis olvidado el oráculo del Espíritu Santo: La senda por la cual comenzó el joven a andar desde el principio, esa misma seguirá también cuando viejo (Pr 22, 6). Y este otro: Sus huesos estarán impregnados de los vicios de su mocedad, los cuales yacerán con él en el polvo del sepulcro (Jb 20, 11). Eso es lo que os espera, lo que seréis más tarde.

IV. Llegado a los cuarenta años, si el religioso ha descuidado el cultivo del alma y no es sólidamente virtuoso, es infeliz y está descontento.

Si preguntáis las causas de su desazón y de sus penas interiores, se os responderá:

1.a La mirada retrospectiva sobre el pasado le espanta y llena de amargura: ve claramente que ha sido infiel a la gracia, que ha abusado de los dones de Dios y que no ha aprovechado los muchos medios de salvación y perfección que se le habían prodigado. Al cabo de veinte años de vida religiosa se halla carente de virtud; después de tantas confesiones, comuniones, plegarias, buenas lecturas y ejercicios espirituales, sus defectos siguen siendo los mismos; peor aún, han crecido y echado más raíces. Siente y ve que todos esos medios de perfección, de que ha abusado, le han dejado estéril y no le producen más que remordimientos intolerables y un vacío espantoso. Ve con temblor que la vida se le ha ido en vanidades y que todas sus obras están agusanadas por la rutina y el amor propio, debido a que las ejecutó sin dirigir la intención a Dios, o con intenciones torcidas.

2.a Está, pues, insatisfecho. ¿De qué? De todo: del lugar de destino, en el que se ha desgastado; del empleo, que se le hace costoso; del instituto, cuyo espíritu ha perdido; de la vocación, que ya no estima; de sí mismo, pues comprende que su triste situación es fruto de sus obras. Y lo que recrudece sus penas y angustias es sentir que Dios no está contento de él, ni lo están los superiores ni los hermanos que viven con él, aun en el supuesto de que nada reprensible se hallare en su conducta, pues sabe que no ha vivido como buen religioso, ni difundido el buen olor de la virtud y el buen ejemplo.

3.a Por todos los conceptos, le asusta el porvenir: la regla y los deberes religiosos se le hacen incomportables; no les tiene afición, le causan tedio. El yugo de Jesucristo, tan suave y leve para las almas fervorosas, se le hace carga abrumadora que no puede aguantar. Todo le desagrada, todo le resulta penoso, todo se le convierte en suplicio. Le asaltan las tentaciones más horribles, más peligrosas, más terribles. Siente inclinaciones y tendencias extrañas, que no había experimentado en el tiempo normal de las grandes tentaciones y luchas. Se produce en él un vacío espantoso; pierde el apego a cuanto le rodea, a todo lo que debiera amar, a los hermanos, a los superiores y al instituto; su corazón empecinado se pega a las criaturas y a lo que debiera despreciar y aborrecer. La clase se le hace insufrible; la casa religiosa le parece una cárcel; todo le desagrada en la comunidad; sus pensamientos y aficiones están en el mundo.

El religioso que se halla en esa triste situación, está en religión como un preso en la cárcel; igual que éste, está al acecho de la primera ocasión favorable para escapar del convento, que se le ha convertido en prisión. Pero, ¿qué va a ser de él en el mundo? El Espíritu Santo nos lo enseña con estas palabras: El hombre perverso es perniciosísimo, no habla más que iniquidades: guiña los ojos, refriega los pies, habla con los dedos, maquina el mal en su depravado corazón, y en todo tiempo siembra discordias. De repente le vendrá a éste su perdición, y súbitamente quedará hecho añicos, sin que tenga ya remedio (Pr 6, 1215).

Entre los treinta y los cuarenta años es deber del buen religioso seguir creciendo en virtud sólida y formarse en el arte de la dirección de las almas. ¿Cómo podrá lograrlo? Manteniéndose muy unido a los superiores, sometiéndoles todas las dificultades que se le presenten y siguiendo con fidelidad sus orientaciones. Puede lograrlo con la práctica, ya que es la época en que accede a los cargos, a la dirección de una casa, y en que se le prueba, según sus talentos, un poco en todo aquello de que es capaz. Si, pues, es dócil e inteligente, aprende con facilidad a tratar los negocios, a guiar a los hermanos, a dirigir escuelas y aprovechar sus dotes.

Y ya que el arte de gobernar se basa en estos tres puntos: mente amplia, sólida y profunda, buen corazón y buen carácter, pondrá empeño particular en perfeccionar el criterio; en santificar el corazón para que sea bueno, generoso y lleno de caridad; en reformar y limar el carácter, hasta llegar a hacerse con facilidad todo para todos, a adoptar todas las formas para ser útil al prójimo y lograr el mayor bien posible. El hermano que así se deja formar, podar y dirigir por los superiores, y que se ha labrado a sí mismo en cuanto le ha sido posible, al llegar a los cuarenta años, es capaz de todo lo que concierne al fin de su vocación.

V. De los cincuenta años para arriba. Si carece de fervor, piedad y virtud sólida, el religioso de esa edad cae en la segunda infancia.

Con frecuencia, aun antes de esa edad, comienza a perder juicio de tal modo que, a los cincuenta años, ya no es capaz de seguir desempeñando el empleo y hay que jubilarlo. La ociosidad le ha hecho perder los conocimientos que había adquirido; las infidelidades a la gracia y la desidia para alimentar la mente con las verdades santas, le han hecho perder el espíritu y el sentido religioso; a menudo razona peor que un hombre mundano. A su parecer, los Hermanos jóvenes y los niños no son como en otros tiempos; les achaca toda clase de defectos, los juzga orgullosos, rebeldes, indisciplinados y no reconoce en ellos virtud alguna. Según él, el mundo ya no es el mismo, todo ha cambiado en esta tierra. Y no se da cuenta de que el único que ha cambiado es él mismo, pues con la edad ha ido perdiendo el espíritu de su estado y la sensatez. La gracia y los sacramentos, que hubieran debido reformarle el corazón, dilatárselo y llenárselo de bondad e indulgencia, se lo han dejado frío, duro, egoísta e insensible a los males ajenos. Junto con el juicio y el corazón, también se le ha agriado el carácter: se ha vuelto suspicaz, melancólico, enojadizo, vidrioso hasta el extremo, de modo que por menos de nada se ofende, pierde la serenidad, se sulfura y se torna quejoso y molesto para todo el mundo. Las facultades del alma se le debilitan cada vez más y llega a un punto en que ya no tiene suficiente criterio ni virtud para mandar ni para obedecer.

El hombre es un ser perfectible: puede seguir creciendo siempre en entendimiento, virtud y experiencia; pero si descuida la obra de la perfección, si no lima sin tregua sus defectos, si abusa de la gracia, si, llevado de las tendencias naturales, se entrega a la rutina y la tibieza, pierde sus dotes y malogra sus facultades: se debilita y degenera, llegando a ser un hombre inepto, inútil, por no decir cosa peor.

¡Cuán distinta es la situación del buen religioso! Éste va siempre adelante, medrando en inteligencia, experiencia, virtud, bondad de carácter y en toda perfección. La edad y los achaques a menudo le abruman el cuerpo, pero no le alteran en absoluto las hermosas cualidades del alma. La verdad, con la que toda la vida alimentó la mente, le proporciona luces tan abundantes y da a sus juicios y miras tal altura y profundidad, que capta el bien y la justicia, y distingue, en el acto, lo verdadero de lo erróneo.

De tal modo la piedad y los sacramentos le han transformado el corazón y perfeccionado el carácter, que la bondad, la generosidad, la indulgencia, la compasión y la misericordia se le han hecho connaturales. La inteligencia, el juicio, la bondad de corazón y la afabilidad de carácter siguen creciendo en él con los años, a pesar de los achaques y debilitamiento de la naturaleza. La edad, los trabajos, las enfermedades pueden inmolarle el cuerpo, arrebatarle vigor y energías, y clavarlo en un lecho de dolor; pero le dejan intactas la inteligencia, que brilla como una luz en sus ojos hundidos; la bondad de corazón, que se manifiesta en su mansedumbre e imprime un sello especial a todas sus obras; la afabilidad de carácter, que de continuo le mantiene sereno, alegre, santamente jovial, y hace que todos le aprecien.

 

(San Marcelino, Avisos y Sentencias; CAPÍTULO XXIII)

 

 

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[1] Cuando se escribieron estas líneas las Constituciones de los hnos Maristas, aún no aprobadas, daban la posibilidad de demorar la profesión.

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