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Todos los necesitamos

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Quiero tratar un tema que es bastante recurrente en las comunidades católicas. De hecho, es natural que hacia el final de las misas en muchos lugares se escuche hacer una oración pidiendo por el aumento, la perseverancia y la santidad de las vocaciones a la vida sacerdotal y religiosa en general. Eso está muy bien y ciertamente que hay que rezar, porque es la gran fórmula que Dios nos dejó para conseguir vocaciones.

Lo primero que quiero decir es que necesitamos de las vocaciones, necesitamos de los sacerdotes todos y el que les está hablando es un sacerdote. Yo también necesito de ellos y necesitamos de la vida religiosa que es una entrega: una especie de holocausto hecho a Dios por amor a él, una entrega total hacia los hermanos, una entrega total a la vida de la oración. ¡Los necesitamos!

Nosotros somos personas que tienen fe, y como personas que tienen fe, no nos podemos quedar simplemente con lo material. Esa gente que dice: “si el cuerpo está bien, si la salud está bien, todo tranquilo”, ciertamente que son personas que, si piensan realmente así, no piensan como gente de fe. La cosa está tranquila cuando el alma está bien y sin sacerdote, sobre todo hablo de los sacerdotes ahora, el alma no puede estar bien.

El sacerdote nos trae el perdón de los pecados, porque Jesucristo así lo quiso; el sacerdote nos trae a nosotros la Santa Eucaristía, sacramento sublime, el más perfecto de todos. El sacerdote nos da la posibilidad de entrar al cielo por el bautismo y nos despide el día que tenemos que volar hacia el allá haciéndonos la unción de los enfermos. Es el sacerdote el que consuela a los que quedan en el responso. ¡Necesitamos de los sacerdotes!

Nuestro mundo ha prescindido de ellos. El mundo no los considera necesarios, no considera un servicio siquiera el trabajo del sacerdote. Es un trabajo arduo, un trabajo duro y nosotros como católicos sabemos esa importancia y rezamos, pero hay una cosa más que yo quiero decir, porque rezar está bien, pero la oración ciertamente que es mucho más perfecta y es más oída por Dios, si va unida al ofrecimiento.

Me contaba un sacerdote que estuvo misionando en el Alto Perú durante casi 15 años que, la gente de una de las parroquias donde él estaba, que era gigantesca y en la cual tenía que moverse durante días para llegar a distintas comunidades, en un momento, al venir el obispo a visitar la parroquia le presentaron la queja: “Monseñor nosotros queremos más sacerdotes, necesitamos más sacerdotes” y el obispo, entonces, de forma inmediata, les respondió: “Perfecto. Ustedes quieren más sacerdotes, yo se los voy a dar, pero vamos a hacer lo siguiente: ahí afuera está mi camioneta, suban a todos sus hijos y yo en ocho años se los devuelvo sacerdotes”. La gente se quedó ciertamente sorprendida por la respuesta, pero es a esto a lo que quiero ir.

Tenemos que rezar por las vocaciones es importantísimo y hay que hacerlo todos los días. El mundo está sufriendo una espantosa escasez de sacerdotes, no se consiguen sacerdotes para confesarse en muchos lugares, no se consiguen sacerdotes para celebrar Misa. Un mismo sacerdote tiene que atender varias parroquias y parroquias se cierran porque no hay quien las atienda. Hay que rezar, pero también hay que hacer actos generosos. Es momento de heroísmo y hablo ahora a los padres y madres que puedan estar leyendo: Ustedes rezan por las vocaciones, los felicito, pero ¿cuántas veces le dicen a Dios Señor: “acá están mis hijos te los entrego para que sean consagrados, para que sean religiosos, religiosas o para que sean sacerdotes?” Es algo difícil.

¡Cuántos rezan por las vocaciones!, pero cuando les toca en la familia, les duele y es como que se desangran y hablo en este momento a los jóvenes, ¿cuántas veces le han dicho a Dios: “Señor estoy dispuesto a hacer tu voluntad, si me consideras digno o digna si ves que te puedo servir, llámame, elígeme me para la vocación.?”.

Tanto para los padres como para aquellos jóvenes que se animen a hacer este pedido, sepan que Dios va a colmar de bendiciones esos ofrecimientos, pero también sepan que Dios escucha.

Es momento de rezar y es momento de ofrecer al Señor los hijos: “Señor acá está mi vida, la vida es una, la vida se acaba y tenemos que entregarla por amor a Dios. Los hijos no son nuestros. Los hijos son de Dios, te los tenemos que devolver”. ¡Esa es la tarea de los padres!

Nuestra vida no es nuestra se la tenemos que entregar a Dios dándole Gloria, es por eso que en este día los muevo a todos a seguir rezando por las vocaciones y a ofrecer. Yo sé que puede doler en muchos casos mirar a ese hijito que un día tenías en brazos o tal vez es un niño o un adolescente y puede doler decirle a Jesús: “Señor, si quieres, es tuyo, llámalo para que se entregue totalmente a tu servicio, aunque lo alejes de mí”. Esas cosas duelen. Es natural, pero ciertamente que, visto desde el punto de vista sobrenatural, es un ofrecimiento tremendo. Y Dios va a premiar enormemente a aquellos que sean capaces de hacerlo y va a dar vocaciones.

No habrá mayor alegría para un padre y una madre que ver el día de mañana a su hijo celebrar la Santa Misa o a su hija consagrada como religiosa haciendo sus votos perpetuos. No habrá mayor alegría para ese joven que se anima a decirle al señor: “Señor, si me quieres, si te puedo servir, acá estoy”, que el día de mañana poder levantar entre sus manos la víctima sin mancha, poder perdonar los pecados o poder ser un fiel holocausto entregado a Dios viviendo los votos.

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